¿Qué te arruina el día?
Re:Post. Dibujando a Dios
Con los Ojos en Cristo
¿Pero es en ellos en donde debemos de fijar nuestros ojos? No. Ni siquiera en los que corren con nosotros. Puestos los ojos en Jesús. ¡En Jesús! No en los meros humanos, sino en el Dios-hombre, Cristo Jesús, quien es el que comenzó y consumó nuestra fe, quien sufrió por nuestros pecados sin importarle la vergüenza, y ahora está sentado en majestad como el Rey de reyes y Señor de señores.
Que esta sea una realidad en tu vida y en la mía.
No te la creas
Braulio
Braulio, de acuerdo a su propio testimonio (levantó dos dedos cuando le pregunté), tiene dos años y vive en un barrio de remolques junto con su pequeño hermano, su mamá y papá. El barrio es pobre y algo sucio,aunque he visto mucho peores. He estado visitando este barrio junto con varios amigos los sábados por la mañana para tener un club bíblico y compartir el evangelio. Como la semana pasada se canceló la ida, un amigo y yo visitamos en martes.
Nos estacionamos en el parque, en donde hay una cancha de básquet con sólo una canasta, una mesa de madera muy vieja que usamos los sábados para el club, unos columpios y algunos otros juegos. Fuimos primero a tocar a la casa de don Rafael, pero nadie abrió la puerta. Lo visitaremos de nuevo, ya que la semana pasada le dejamos una Biblia en su buzón y esperamos que la esté leyendo.
Caminamos, entonces, y tocamos en varias casas sin éxito, hasta que por fin llegamos a una donde nos abrió una señora, y al instante salió de la casa Braulio, con su camisa celeste con un balón de futbol dibujada en el centro.
Mi amigo le entregó un folleto a la señora y comenzó a compartirle el evangelio, pero ella se distraía mucho porque Braulio andaba corriendo por todos lados, e inclusive se subió al auto detrás de nosotros, caminó por el techo, se bajó por el cofre, y repitió su hazaña varias veces, asegurándose de que lo viéramos.
Decidí jugar con él. Como no traía conmigo dulces, globos, libros, ni siquiera un truco de magia, tomé del piso la tapa verde y jugamos al frisbee. Después de unos diez minutos, Braulio se aburrió y decidió que lanzar piedras era una mejor idea. El problema es que las lanzaba hacia arriba y caían peligrosamente cerca de su propia cabeza, así que modifiqué el juego, y terminamos jugando a “lanza la piedra a la tapa sin que se salga de ella”.
“¡Gané!” me decía cada que lanzaba la piedra y ésta no salía de la tapa. (Claro, la lanzaba a unos cuantos centímetros por encima de la tapa, pero bueno). Luego para su sorpresa hice “desaparecer” varias veces la piedra en mi mano, así que él intentó imitarme varias veces, fingiendo poner la piedra en la mano pero manteniéndola en la otra, para luego gritar, “¡Dapareció!”. “Sí, desapareció” le confirmé.
Jugamos como por unos diez minutos más. Escuché que mi amigo terminaba la conversación. El esposo de la señora le había subido bastante al volumen de la TV, de manera que podíamos escuchar claramente la narración del partido de futbol. Tal ves era su forma de molestar a mi amigo; quizá intentaba distraer a su esposa; o puede que simplemente tiene problemas auditivos, pero aún así mi amigo siguió con su conversación hasta terminar.
“Ya me voy, Braulio”. Él me miró. No sé si feliz o triste, no pude descifrar su mirada. “Pero tú ganaste” le dije. Pronto me alejé de allí, pensando en Braulio, su pequeño hermano, su mamá y su padre enviciado con la TV. No tengo idea de que clase de familia es la de éste pequeño, pero espero que se conviertan a Cristo, de lo contrario no sé qué tan feliz será la infancia de Braulio y su pequeño hermano. Cuando miré atrás, Braulio nos decía “adiós” con la mano. O tal vez “nos vemos pronto”.
Conversando con un Pescador
Conversando con un Ateo
Si es verdad que no hay Dios, que no hay un juez justo, que nadie pagará por lo que hace, entonces todo fin es justificado sin importar el medio. La meta es ser felices en los setenta años que tenemos, así que no importa qué esté a nuestro paso, hay que deshacerse de ello sin importar si hay que usar la fuerza o el tacto, la veracidad o deshonestidad. No hay verdadero "mal", pues si el fin es ser feliz, todo cuenta siempre y cuándo uno tenga esa meta en mente. Después de todo, no hay Dios.
El Accidente
adelante de mí. Cuando lo vi, ya estaba haciendo zig zag por el carril,
echando humo por las llantas, tal vez a causa del freno, y mi primer
pensamiento fue "Se va a volcar. Tengo que evitar el golpe."
Había salido a las once de la mañana rumbo al aeropuerto de la ciudad
para recoger a un amigo, y la meta era regresar al trabajo en una hora
con mi amigo y una hamburguesa y papas en el estómago. Salí en mi
Mercury Mistique sin saber que veinte minutos después quedaría
prácticamente inservible.
Estaba a unos diez minutos del aeropuerto, circulando por una avenida de
velocidad y una de las más peligrosas en el estado, cuando una señora
perdió el control de su auto. Su auto se coleteó por su carril, y en ese
segundo en que la vi, tenía una decisión que tomar: acelerar o frenar.
El problema era que si frenaba tenía un sin número de autos detrás de mi
viajando a la misma velocidad que yo, y si aceleraba, tal vez podría—
No hubo tiempo de tomar la decisión, porque el auto de la señora se
estrelló contra el muro de contención, cambió de trayectoria y salió
disparado hacia mí.
Uno siempre piensa que habrá tiempo. Uno siempre piensa que a la hora de
la verdad, en un momento crítico, nuestro cuerpo y sentidos reaccionarán
mejor que los de Bruce Willis en sus películas de Arma Mortal. Pero la
ficción se queda en los libros y películas. Lo único que pude hacer para
evitar el impacto en mi puerta fue girar el volante, esperando que nadie
circulara a mi derecha.
Ese giro probablemente me salvó de algunos huesos rotos. El golpe fue
ligeramente detrás de mi puerta, con tal magnitud que giró mi auto
ciento ochenta grados. Mientras me deslizaba por la carretera en
reversa, con los carros viniendo a mí a gran velocidad, recuerdo haber
dicho en voz alta repetidas veces, "Ayúdame Señor ayúdame Señor ayúdame
Señor ayúdame Señor. . ." Mi pensamiento era que si quedaba en la
autopista recibiría un impacto de frente que me mandaría sin duda alguna
al hospital o al tercer cielo.
Mi auto se detuvo al salirse del la autopista e impactar lateralmente el
riel metálico que evitaba caer en una zanja. Cuando salí del auto ya
había llegado la policía. Con manos que temblaban levemente hice
varias llamadas, y pronto llegaron paramédicos, bomberos, patrullas, y
gente a ayudar.
Nadie salió gravemente herido. Ni la señora que me pegó, ni su perrito,
ni yo. Dios nos protegió. No me cabe duda de que Dios me protegió.
Mi cuello y espalda sufrieron daño considerable, así que estaré en
tratamiento por cuatro meses. El carro fue pérdida total. Espero comprar
uno nuevo pronto.
De algo estoy seguro. A los que aman a Dios, todas las cosas nos ayudan
a bien. De eso no tengo duda alguna. Dios es soberano. Y Dios es bueno.
Episodio con mi ventana rebelde.
Ayer viajé por tres horas «disfrutando» de la brisa y de la llovizna. Bueno, no. La verdad es que la ventana de mi carro se descompuso y no quiere subir.
Fue un acto de completa rebelión. Manejaba por una estrecha calle, siguiendo a mi novia, cuando decidí bajar un poco la ventana. Presioné el botón, y cuando la ventana estaba media abierta (o media cerrada, depende de tu «optimismo») dejé de presionar el botón, pero para mi sorpresa, la ventana siguió su descenso.
Con la habilidad digna de Flash, pulsé el botón de nuevo hacia arriba esta vez. Escuché un sonido. Un clt clt clt. Como si mi ventana estuviera protestando mi decisión. Dejé de presionar el botón, y la ventana, alegremente, resumió su descenso.
«¿Qué?» me pregunté en esa fracción de segundo entre dejar de pulsar el botón y pulsarlo de nuevo. La ventana se quejó otra vez, como se queja un niño cuando, por quinta vez, se le dice que no meta el dedo al pastel.
Pues la ventana me ganó. Era o luchar contra ella y salirme de la calle y estrellarme, o dejarla seguir su voluntad y vivir. (¿A quién no le gusta el melodrama?).
Así que mi ventana sigue abajo. Cada que presiono el botón, me responde con su clt clt clt.
Ni hablar. Voy a conseguir un desarmador y forzarla a obedecerme. Después de todo, yo soy el dueño del carro, ¿no? Ah, los carros. Pueden ser una bendición, o sacarle a uno canas verdes. . . y amarillas, y azules, y de todos los colores.
Afinando
El estudio bíblico terminó con una deliciosa cena que consistía de ensalada con fresas, pasta con carne, acompañada de refresco o agua. Los estudios bíblicos de mi iglesia se llevan a cabo en casas, así que es un poco más informal (no hay que llevar saco ni corbata), relajado, y refrescante. Cantamos a capella una mezcla de himnos y coros, y después de la oración, el Pastor da una lección, esta vez acerca del dinero y las riquezas a la luz de la verdad bíblica.
Al terminar la cena, mientras algunos se retiraban entre abrazos y besos, el hermano anfitrión se me acercó y me preguntó si podía afinar su nueva guitarra. Me contó como no estaba satisfecho con ella, porque la primera cuerda no parecía afinar, y porque la guitarra no era lo que esperaba; era más pequeña, parecía una guitarra de niños.
Me la trajo. Una guitarra Ibanez negra, de cuerdas de metal, bonita. La afiné, y pronto pasamos a un cuarto en donde la conecté al amplificador, y comencé a tocar. No soy muy bueno con la guitarra, pero sé tocar algo. El sonido fue refrescante. Le expliqué al hermano que el tamaño era normal, estilo clásico, y que porque las cuerdas eran nuevas se desafinarían, «pero si la trae a la iglesia el Domingo se la afino de nuevo». Además le enseñé como afinarla por él mismo, por si quería intentarlo.
Al final terminamos hablando de Cuba, de los tiempos allí, de la situación mundial hoy en día, y la hora transcurrió rápido. Yo me quedé impresionado por las historias y anécdotas de cómo vive la gente en la isla, de las diferentes leyes que tienen los EUA hacia aquellos que logran pisar tierra, y de lo increíble que es vivir en un país libre.
A las diez de la noche salí con un poco de ensalada y pasta en un contenedor, dos refrescos en una bolsa, mi Biblia bajo mi brazo, y pensamientos de gratitud hacia Dios.
Norteado
No me he perdido en mi cuarto solamente porque es pequeño. Soy una persona que simplemente no es buena para ubicarse. Aún hasta hoy no recuerdo los nombres de las calles que recorrí miles de veces en mi ciudad, y todavía me confundo con los nombres de las calles que circulan alrededor de la universidad.
Ayer me di cuenta, una vez más, de mi problema de desubicación. Entré al supermercado por la noche, después de un largo día de trabajo, y saqué de mi bolsillo mi pequeña libreta negra con cuatro letras impresas en la tapa de cartón («MEMO»). Allí tenía la lista de compras.
Jabón, Cepillo de dientes, pasta, harina (all purpose), chorizo, huevo, tortillas, frijoles, crisco. . .
Una amiga me había dado la segunda parte de la lista, y mi meta era comprar esos diferentes productos alimenticios para disfrutar de unos tacos de chorizo con huevo para la cena del próximo día. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no tenía la menor idea de dónde encontrar algunas de las cosas. ¿Crisco? ¿Y eso qué es? ¿El nombre de un payaso?
Miré esos anuncios en la entrada de cada pasillo que ubican a gente como yo, pero porque no tenía mucho tiempo (y por desesperado), llamé a mi amiga y, para economizar tiempo y esfuerzo, le pregunté dónde podía encontrar lo escrito en la lista, sobre todo porque no veía ningún pasillo en donde se vendieran payasos con nombres ridículos.
Para mi sorpresa, mi amiga me pudo ubicar perfectamente bien, y de memoria. «Te vas hasta el final, por donde venden los huevos, y en la esquina venden el chorizo. Las tortillas están allí también, si las quieres de harina. Para los frijoles tienes que ir al tercer pasillo…».
Increíble. Se nota que no visito el supermercado mucho. Aunque algo me dice que, inclusive si lo hago, de todas maneras me voy a extraviar más veces de lo que jamás admitiré.
Episodio con el Sr. Gracioso
Las puertas automáticas se abrieron y entré al lobby del aeropuerto, con mi hermana pisándome los talones. Las filas para el chequeo de los boletos no eran tan largas, lo cual me tranquilizó un poco porque estábamos un poco tarde para el vuelo de mi hermana.
El hombre de los boletos—un señor de cabello blanco y nariz chata—me recibió con una sonrisa. Le pregunté que si mi hermana podía registrarse con él, o si tenía que usar la computadora de registro automático.
—Ella puede hacer lo que se le antoje—me dijo. Su respuesta me sorprendió un poco. Una nunca espera que le respondan con una indirecta, y menos de un empleado de una aerolínea. Repetí mi pregunta, no porque no lo había oído bien, sino porque la respuesta no satisfizo mi pregunta. Extrañamente, el hombre me contestó con las mismas palabras exactamente, sin siquiera mirarme a los ojos. Llegó mi hermana (porque yo había caminado rápido) y sacó sus boletos. Se los entregó al hombre.
—¿Podemos subir las maletas de una vez?—pregunté, refiriéndome a si las podíamos poner en la pesa para ver si no teníamos que pagar extra por sobrepeso. El Sr. Gracioso me respondió con gran sabiduría: «Ella puede hacer lo que se le antoje».
¿A sí? ¿Lo que se le antoje? ¿Y si se le antoja levitar? ¿Y si se le antoja pedirle a usted un millón de dólares? ¿Y si se le antoja darle la vuelta al mundo en treinta segundos? ¿Y si se le antoja traer veinte maletas con ella? ¿Y si se le antoja hacer un dueto conmigo de guitarra y violín encima de su mesa? ¿Puede hacer lo que se le antoje? No lo creo, Sr. Sólo-respondo-con-indirectas. No dudo de la capacidad de mi hermana para hacer cosas difíciles, de lo que dudo es de su capacidad mental para responder sencillas preguntas por un hombre frustrado porque está tarde para el vuelo de su hermana; de lo que dudo es de que. . .
Hmmm. . . Qué fácil es frustrarse, ¿no? Qué fácil es que una persona le arruine a uno el día, siempre y cuando esa persona sepa dónde pegarnos. Cuando nos dan en ese punto, la mecha se enciende y lamentablemente es corta muchas veces.
Si no estamos en guardia, caer en pecado es sencillo. Nuestro corazón es engañoso (Jeremías 17:9); si pudiéramos verlo bien, si pudiéramos examinarlo a fondo, si pudiéramos ver cada aspecto de él, terminaríamos horrorizados.
Mucha gente piensa que son «buenas personas», y puede que lo sean (bajo los estándares morales del mundo), pero basta que alguien les de en ese talón de Aquiles y adiós a la sonrisa. Súbitamente brotan todo tipo de gritos, maldiciones, golpes, muecas, y amenazas.
Hoy es un buen día para examinar nuestro corazón. La Palabra dice: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
La Voz de Dios
Afuera, la lluvia caía. No muy fuerte, pero lo suficiente para necesitar un paraguas. Paraguas que no tengo, por cierto, pues está perdido. Me senté en la silla azul, dentro de ese pequeño taller mecánico, a esperar a que le cambiar el aceite a mi auto para poder viajar tranquilamente en unos días más.
Se abrió la puerta y entraron dos personas: un señor joven, con un sombrero amarillo estilo safari, vestido con jeans y botas, y un medallón con la bandera de Puerto Rico en su cuello. Junto a él, un señorito, con un gorro estilo El Chavo del Ocho, color azul y blanco, y con dos monitos en sus manos: un Batman y un Power Ranger rojo. Se sentaron allí, a unos cuantos metros de mí.
«Quiero dulces» le dice el niño al Sr. Sombrero Amarillo, apuntando a una maquinita que promete dar un puñado de chocolates M&Ms por tan sólo 25 centavos. «Está bien» le contesta, con una sonrisa cálida, y minutos después los dos disfrutan de los coloridos chocolates.
Estoy convencido que fue el Espiritu Santo el que me habló. No escuché Su voz audible, no sentí que un rayo iluminó mi rostro, mucho menos escuché el Aleluya de Handel, pero la sentí en la forma en que mi corazón se aceleró y en ese cosquilleo que tanto incomoda. Háblales. Pero, ¡no tengo idea de quiénes son! Háblales. Además, estoy muy ocupado… eh… esperando. Entonces un pensamiento vino a mi rescate: mi iPod. Rápidamente lo saqué de mi bolsillo, me acomodé los audífonos, y escuché mi música cristiana. Esa que habla de glorificar a Dios en todo lo que hacemos, y de cómo Cristo dejó Su trono a morir por nosotros.
Por desgracia, la Voz fue más potente que la música. Miré al señor, y al niño, quienes dialogaban acerca de no tengo idea qué. Los dos con sonrisas en la cara y una necesidad interior tremenda. Y allí estaba yo, el estudiante de seminario, el estudiante de teología y de lenguas antiguas, sentado y sin hacer nada.
«Está bien, Señor. Pero me tienes que ayudar». Me quité los audífonos y los metí a mi bolsillo. «¿Cómo se llama?» le dije al señor, refiriéndome al niño. «Alberto» me contestó. Y al niño le dije, «Beto, ¿te gusta Batman?». El niño me volteó a ver. Después de parpadear una o dos veces comenzó a decir rápidamente y casi sin respirar: «Batman, Superman, Gatúbela, Flash, Robin, Spiderman, los Cuatro Fantásticos…». No pude evitar reírme, y pronto entablé una conversación casual con el hombre de sombrero.
Le pregunté de dónde era, a qué se dedicaba, y lo invité a visitar mi Universidad algún día. Me dijo que le gustaría ir a algún concierto de los que se organizan en el auditorio, en especial porque muchos de sus familiares son músicos. «Aunque yo soy roquero» añadió. «La de los ochentas. Esa es mi música». Le dije que yo tocaba la guitarra. «O bueno, intento tocarla». Pronto dirigí mi plática hacia mi Iglesia, y lo invité a asistir. Me dio las gracias, y poco después de eso, anunciaron que su carro estaba listo.
Yo me levanté, corrí a mi carro, ignorando la lluvia, y saqué un folleto el cual incluye una invitación a mi Iglesia y la dirección para llegar. Se lo di antes de que saliera. «Lo invito a mi Iglesia. Sin compromiso, obviamente». Con una sonrisa, me dio las gracias, y pronto se marchó en su camioneta junto con el pequeño súper héroe.
Regresé a mi asiento. De nuevo saque mi iPod. Me pregunté si algún día los volvería a ver. No tengo idea. Sólo me queda orar, y rogar a Dios que tenga misericordia de ellos y los atraiga a Él.
Y con la música en mis oídos, y la lluvia a mis espaldas, le rogué a Dios que nunca me dejara estar tan ocupado que su voz me pareciera inaudible.
Súper Poderes
En la mesa estábamos varios sentados, comiendo en silencio nuestra comida. Yo podía escuchar el sonido mezclado de las conversaciones en las demás mesas, pues el comedor de la Universidad estaba lleno.
El silencio en nuestra mesa se prolongaba y amenazaba con convertirse de un «silencio normal» a un «silencio incómodo». Así que decidí rescatar la situación. Busqué una buena pregunta qué hacer, miré a mi amigo Josh frente a mí y le pregunté: —Si pudieras tener un súper poder, ¿cual tendrías?
Mi amigo lo pensó un poco. Yo, para ayudarlo, sugerí que sería fantástico tener «mirada zoom». ¡Imagínate! Adiós a los lentes y a los binoculares. Si estás en la parte de atrás del salón y el maestro escribe en el pizarrón con letra pequeña, ¡zoooom! Y listo. O si ves a alguien que te parece conocido a lo lejos, ya no tienes que pasar por la vergüenza de ondear tu mano sólo para darte cuenta de que no era la persona que pensabas. Con «mirada zoom» todos esos problemas y mucho más podrían ser solucionados.
Mi amigo Josh dijo: «A mí me gustaría tener una hielera incluida. Así podría tener refrescos siempre conmigo». Nada mal, nada mal. Ese poder podría ser muy práctico, sobre todo en una misión en el desierto.
Pronto otros se agregaron a nuestra constructiva y edificante conversación. Algunos pedían poderes que ya han sido usados por otros, como volar, fuerza excepcional, o invisibilidad, pero otros pensaron en algunas opciones más creativas.
Alguien sugirió que si pudiera tener un poder, escogería tener todos los poderes. ¡Vaya trampa! Es como la típica persona que le preguntas, «Si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías?». Y entonces, con una sonrisa de sabios y con una voz de superioridad e inteligencia abrumadora responden: «¡Pedir más deseos!». Eso no se vale.
Pero bueno. Lamentablemente, como no tengo memoria eidética, no recuerdo todas las sugerencias hechas en ese día. Pero fue misión cumplida, porque el silencio fue derrotado una vez más por las fuerzas del bien.
Si pudieras tener un súper poder, ¿cual tendrías?
Una Nieve con Papá
Recuerdo que el restaurante estaba en el segundo piso, y nos sentábamos en una mesa donde se pudiera ver hacia el primer piso, donde vendían desde medicina hasta dulces y juguetes.
Era un tiempo a solas con papá. Era un tiempo que disfrutaba mucho.
La Biblia dice que Dios es nuestro Padre Celestial. Una forma de pasar tiempo con Él es leyendo Su Palabra. Los tiempos devocionales deben ser algo que anhelamos: de la misma manera que anhelamos ver la cara de un familiar o amigo; de la misma manera que un músico anhela tocar; de la misma manera que un sediento anhela el agua.
"Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida" (Salmo 42:1-2a, NIV).
"Relámpago" Celestial
En el camino, súbitamente el chofer dijo: "¡No puede ser! ¡Yo también dejé algo en el hotel!" Nos explicó que la tablita en la que tiene su itinerario debe estar encima del cenicero, olvidada. "Y no solo eso, sino que tengo un cupón que debo canjear para mi jefa, ¡y es de mil quinientos pesos!"
Ese fue el comentario que comenzó todo, pues de allí en delante, el chofer comenzó una especie de catársis con nosotros. Nos contó todo sobre su mal sueldo y la horrible jefa--un horrible tirano con un genio demoniaco--para quien él trabajaba.
"Llevo diez dias sin descanso," nos dice. "La patrona nos dijo, 'Hay que aprovechar ahora que hay mucha clientela', pero ¡la que se aprovecha es ella! ¡No nos paga nada y ella se hace rica!"
Yo iba dos asientos justo atrás del chofer, escuchando sus lamentos, un poco extrañado por su comportamiento, con ganas de decirle que la vida es difícil y que no gana nada con quejarse, en especial con nosotros. Voltéo a la ventana de la derecha y admiro un poco el campo de golf que estamos pasando, cuando repentinamente suceden varias cosas al mismo tiempo.
Una, se escucha un sonido sordo, un crlap que retumba en la camioneta. Dos, justo en frente del chofer, en el parabrisas, se materializa una extraña telaraña. Tres, en reacción a los puntos uno y dos, el chofer salta un poco y la camioneta a penas y vira a derecha e izquierda.
Lo primero que pensé fue: alguien nos lanzó una piedra. Pero entonces mi Papá dice acertadamente: "¡Fue una pelota de golf! ¡Nos pegó una bola de golf!". Era cierto. Algún golfista con pésimo tiro lanzó una bola a toda velocidad que vino y golpeó nuestro parabrisas exactamente en frente del chofer, formando una orbe central con muchas ondas cristalinas esparciéndose hacia afuera.
Minutos después seguimos nuestro camino, yo completamente sorprendido por lo sucedido, y tratando de evitar la sonrisa en mi rostro, porque no con frecuencia veo este tipo de extraña coincidencia, esta especie de ironía celestial.

Por poco y le digo al chofer, "Haber, ya deje de quejarse porque capaz y nos chocan". Pero gracias a Dios llegamos con bien al aeropuerto y aterrizamos sin problemas en nuestra ciudad.
¿Y del chofer? No tengo la menor idea. Pero espero que le sirva de lección. Con quejarse uno no gana nada. O bueno, sólo pelotazos en el parabrizas.
¿Cón el pié izquierdo?
El día de ayer decidí que, antes de ir al trabajo, me tomaría media hora en la mañana para disfrutar de un café y leer un poco. Así que hice los planes necesarios. Primero, me cercioré del horario del Café de la universidad. Lo chequé: «Abierto-7:30 am». Jeje. Peerfeectoo.
Puse mi despertador a las 6:30 de la madrugada, y efectivamente, me despertó a esa hora. Debatí por cinco minutos la locura que estaba por hacer. Podía cerrar los ojos y disfrutar de media hora más de sueño... no. ¡No! Me levanté, me bañé, me cambié, preparé mi mochila, y salí a mi encomienda.
Temperatura: unos cinco grados centígrados. Un cafecito no me caería nada mal (aparte, uno necesita la cafeína). Llegué al Café y caminé al mostrador.
Algunos de ustedes saben que mi experiencia en cuanto al café es bastante limitada. Osea, dicho de otra forma, no sé nada de café (con decir que la semana pasada aprendí a hacer café instantáneo usando una cafetera... ¡qué vergüenza!). Haberme levantado media hora más temprano de lo normal ameritaba tomar algo más que un simple y sencillo café. Gastaría uno o dos dólares más que lo de costumbre. Miré el menú pegado a la pared, por encima del mostrador, y seguramente mi cara reflejaba total confusión. La variedad era impresionante.
Expressos: Lattes, Capuchino, Breves, Americano, Expresso; Frozen: Coffee, Mocha, Chan; Specialty: Chai Tea, Machiato, Cafe Mocha, Steamer... la lista parecía ser interminable.
«Pero qué rayos», pensé. «¿Y cómo se supone que un ser humano puede saber qué quieren decir todas esas cosas? ¿Cual es la diferencia? ¿Habrá alguna? Tal vez todo es lo mismo y el precio varía para hacernos tontos a todos los clientes. Hmm...»
Terminé por hacer dos o tres preguntas claves a la muchacha detrás de la caja, y finalmente me decidí por un Capuchino porque he escuchado ese nombre antes. Me compré una galleta con chispas de chocolate, y me senté en una esquina, con mi Capuchino en mano, listo para disfrutar de una mañana de tranquilidad.
Abrí mi libro, y con una media sonrisa dibujada en mis labios le di un buen sorbo al café. Cuando el líquido pasó por mi garganta, estuve a punto de gritar. No solamente porque sentí que acababa de pasar lava ardiente, sino porque el sabor era horroroso. Por poco y escupo esa pócima, ese brebaje preparado con el único fin de destruir mis cuerdas vocales para siempre-- pero resistí el impulso. Me levanté, entré al baño, y tomé agua fría de la llave. Creo que salió humo de mi garganta.
Salí, tomé dos paquetes de azúcar, y los vertí sobre ese líquido color café que estaba dentro de mi taza. Meneé con fuerza para contrarrestar el amargo sabor, y después de soplarle como si fuera una sopa instantánea, me llevé la taza a la boca, con manos temblorosas, listo para quemar mi garganta por segunda ocasión.
Gulp. Hey, nada mal. Ya con azucarcito es mejor. Perfecto. Ahora sí, a leer. Justo en eso se abre la puerta y entran dos señores, vestidos en jeans y camisas cuadriculadas, y uno de ellos cargando una escalera de aluminio color rojo.
"¡Buenos días!" grita. "Venimos a reparar las luces. Pero primero necesitamos que las apaguen para que no nos de un shock de electricidad o algo." Las luces se apagan. Por fortuna hay una especie de lámpara que me da suficiente luz para diferenciar las letras de mi libro.
Seguí tomando de mi café, tratando de ignorar la divertida y amena plática de los dos señores, hasta que finalmente se van después de reparar una luz. ("¡La primera tarea completada del día!" grita el sr. Escalera Roja antes de irse).
Ahora, yo no sé cómo preparan el Capuchino. Lo único que sé es que para cuando llevaba la mitad, sentía que todo mi cuerpo temblaba un poco. Mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza después de haber sido asustada. "¿Podré dormir en la noche?" me dije a mi mismo. "¡Y apenas son las 6:45!"
Vaya forma de comenzar el día. "Tal vez me levanté con el pié izquierdo". Pero luego pensé en lo absurdo de ese pensamiento. ¿Y si yo fuera zurdo? Ese comentario lo encontraba bastante discriminatorio.
Entonces decidí que no, no iba a dejar que circunstancias ajenas a mí afectaran mi comportamiento por el resto del día. No importa con qué pié me levante. No importa si un café quema mi garganta y destruye mi sentido del gusto para siempre (o al menos por el resto del día). No importa si dos señores arruinan la tranquilidad de mi mañana. Eso no importa.
Así que, cinco minutos antes de las ocho (suficiente tiempo para correr a mi trabajo), me levanté, le di las gracias a la muchacha por prepararme el brebaje ese (creo que lo dije de otra manera más correcta), y salí a la fresca mañana, dispuesto a conquistar el día.
Hermosa Tecnología
El Dr. J mira con intensidad la pantalla de la computadora frente a él. Su ceño se frunce lentamente, sus blancas cejas se acercan la una a la otra, juntándose cada vez más hasta casi formar una línea horizontal. El puente de su nariz aguileña se arruga un poco, y sus labios se arquean ligeramente hacia abajo. Yo, sentado en mi banco, sé perfectamente la situación. La computadora no está funcionando de nuevo, pienso.
La clase de Teorías de la Comunicación es una de las más difíciles de mi carrera. El Dr. J es un maestro excelente; tiene muchos años enseñando diferentes materias de comunicación, así que es un profesor muy reconocido en el cámpus.
Debo decir que es algo excéntrico. De complexión delgada, con lentes grandes y un cabello blanco perfectamente bien peinado. Sus pantalones están sujetos no con un cinto, sino con tirantes de piel. Siempre viste de traje, normalmente gris y cuadriculado, con zapatos cafés y algo viejos. Pero lo que lo distingue de todos los demás maestros de la universidad es que no usa corbata... usa moño. Y se enorgullece de ello.
No sé si el Dr. J odia la tecnología, o la tecnología a él, el asunto es que con regularidad tengo que aguantarme la risa en clase porque por alguna razón, casi siempre hay dificultades técnicas ya sea con la laptop o el retroproyector.
Por lo general la primera reacción del Profesor es fruncir el ceño. Da unos cuantos clicks más, mira hacia la pantalla en la pared, mira al retroproyector que se rehúsa a mandar la imagen, y regresa su mirada a la computadora. Click, click, click. Nada. Menea la cabeza en frustración y comienza a murmurar. «Estás jugando conmigo, ¿no? No puede ser, esto es increíble...».
Al final levanta de nuevo las manos y dice: "¡No lo puedo creer! ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Quién me la desconfiguró otra ves?". Es allí cuando uno de nosotros levanta la mano, hace una sugerencia, y dos minutos después algo mágico sucede y todo el equipo cobra vida.
Y así, después de que el Dr. J nos echa una mirada que refleja una mezcla de frustración, diversión y vergüenza (probablemente nota las sonrisas de todos nosotros), comienza a dar la clase.
