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Por amor a Su nombre.

Dios actúa soberanamente por amor a su nombre (Psal.79:9; 106:8; 109:21 Is. 48:9; Jer. 14:7, 21; Ezek. 20:44; Dan. 9:19). En otras palabras, el nombre de Dios es tan santo y glorioso que Él actúa para mantener su nombre intacto.

En la cultura Hebrea, el nombre representa la totalidad de una persona. Por eso no podemos tomar el nombre de Dios en vano, pues lo representa a Él.

En el libro de Isaías Dios declara que purificará a la nación rebelde de Israel. ¿Porque? “Te rescataré por amor de mí; sí, por amor de mí mismo” (Is. 48:11, NTV); y continúa: “¿Como puedo permitir que se me profane? ¡No cederé mi gloria a ningún otro!” (Is. 48:11, NVI).

Con esto en mente quisiera que viéramos el Salmo 25:11, en donde David dice algo fascinante: “Por el honor de tu nombre, oh SEÑOR, perdona mis pecados que son muchos” (Sal. 25:11).*

Es interesante que David no pide perdón en base a su propia reputación, sino en base a la reputación de Dios. David pide perdón en base al honor de Dios. ¿Porque?

Porque Dios se ha pronunciado a sí mismo como perdonador (Psal. 86:5) y misericordioso (Ex. 34:6; Deut. 4:31, Psal. 103:8, etc.). ¡Dios mismo ha declarado que es un Dios perdonador! Así que si Dios no perdonara al pecador arrepentido, sería mentiroso (lo cual es imposible de acuerdo a Núm. 23:19) y su nombre quedaría en deshonra.

David, por cierto, no está siendo caprichoso. David sabe que el carácter de Dios es su única esperanza de perdón. Si David pide perdón en base a sus propios méritos, ¡esta perdido!

Juan escribe que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados…” (1 Jn. 1:9). Fiel, porque siempre lo hace. Y justo, porque aunque el justo castigo por nuestro pecado es la muerte, Dios castigó a Cristo por nosotros (2 Cor. 5:21).

¿Te das cuenta lo increíble del amor de Dios al perdonarnos? Dios no nos perdona porque lo merecemos, sino porque Él lo ha declarado y ha provisto un sustituto: Cristo.

Si alguna vez piensas, “¡Es que no merezco Su perdón!”. Tienes razón. Pero recuerda: Dios te perdona en base a Él, y no en base a ti. Así es el maravilloso perdón de Dios.



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* La RV60 lo traduce en tiempo futuro, “perdonarás”, pero la mayoría de los traductores optan por el tiempo presente, ya que se entiende mejor.

La Meditación.


Escuché a un profesor de Consejería decir una vez: “Todos sabemos meditar. El problema es que meditamos en las cosas equivocadas.” Nos puso como ejemplo el hecho de que muchas veces, cuando nos preocupamos, le damos muchas vueltas al asunto que nos preocupa.

¡Esta es una forma de meditación! Si en lugar de darles vuelta a nuestros problemas en nuestra cabeza, le diéramos vuelta a las promesas de Dios, nuestra vida sería muy diferente.

David escribió: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Sal. 19:14).

Sin duda alguna a Dios le interesa lo que decimos. Santiago nos advierte de la indomabilidad de la lengua (Sant. 3:8). Cristo nos advierte que daremos cuenta por toda palabra ociosa (o inútil, ver Mt. 12:36). Dios quiere que, como dijo David, nuestros dichos sean gratos ante el Señor.

El versículo continúa hablando de la “meditación de mi corazón”. Debemos entender que en la cultura Hebrea, el corazón significa la parte interna del humano. El corazón y sus intenciones son difíciles de descifrar, inclusive para el mismo dueño del corazón (Jer. 17:9). Pero allí, en lo más íntimo de nuestro ser, Dios se quiere agradar.

El quiere que meditemos en cosas gratas. Es por eso que no es suficiente leer la Biblia. ¡Hay que meditar en ella! Meditar es darle vueltas a un asunto, verlo de varios ángulos.

Para meditar en un versículo, uno se puede hacer preguntas como: ¿Qué dice este versículo? ¿De qué manera aplica a mi vida? Se puede llegar a profundizar al analizar las palabras, las conexiones entre las palabras, el contexto del versículo.

Me pregunto si estamos meditando en la Palabra. ¿Podremos decir este versículo y que sea una realidad en nuestras vidas?

Hoy mismo toma un versículo, y ponte la meta de meditar en el.

Si te fue de bendición, ¡comparte con otros!




            

¿Qué te arruina el día?



Me desperté a las 7:18 de la mañana. La noche anterior había puesto tres alarmas, a las 6:50, 7:00, y 7:10. Vagamente recordaba haber escuchado una. Mi primer pensamiento fue, “No es justo”. Me quedé en la cama unos treinta segundos enojado conmigo mismo, cuando un pensamiento vino a mi mente: “No dejes que esto te arruine el día. Tu satisfacción es Cristo”.
Me levanté de la cama y encendí la cafetera, me di un regaderazo express y me cambié rápidamente; la meta era llegar a tiempo a la clase de las ocho.
Antes de salir vacié el café en mi taza y estaba tan caliente el vapor que moví la mano para evitar quemarme y derramé café en el buró. Sentí que el termómetro de mi temperamento subió uno o dos grados. “No hay problema”, pensé. Corrí al otro buró, tomé un kleenex, limpié el café, y salí de mi cuarto a toda velocidad.
Al llegar al salón y sentarme, recordé que había dejado mi libro en el librero. La prueba iba a ser de ese libro, y ahora no tenía con qué repasar. Hmm. Luego recordé que no había terminado la tarea en línea. Lo había olvidado por completo. El termómetro temperamental comenzó a subir de nuevo, pero  entonces me di cuenta de que, quizá, Dios tenía un plan diferente para mi día. Estaba siendo tentado a enojarme, pero podía resistir (1 Cor 10:13). “No dejes que esto te arruine el día. El propósito de la vida no es sacar un cien en la clase sino glorificar a Dios”.
La cosas tal vez iban un poco mal (aunque, en realidad, iban exactamente como Dios quería), pero mínimo tenía mi café. Ahhh, mi café. Le di un sorbo o dos. Al ponerlo de nuevo en la mesa frente a mí, noté que goteaba un poco. Entonces supe. Mire hacia abajo.
Rayos centellas recórcholis truenos y relámpagos.
Había tres manchas de café en mi camisa. ¡Noooo! “No es justo,” pensé. “Ahora me voy a ver como un menso. Me voy a tener que cambiar, y ésta es la camisa chida que me gusta, que va bien con el pantalón y el… bueno, Emanuel, tranquilo, el propósito en la vida no es verte bien sino…. ¡Pero mi camisa!… No, el propósito en la vida es glorificar a Cristo inclusive con mis actitudes”. Fue difícil. Muy difícil. Tenía ganas de golpear mi cabeza contra la mesa sin importar lo que pensaran mis compañeros. Vaya día. Era como levantarse con el pié izquierdo sólo para golpearse el dedo chiquito contra la pared.
Tuve que tomar una decisión. La decisión de dejar que las situaciones arruinaran mi día, o dejar que Cristo fuera mi satisfacción y gozo.
Déjame preguntarte: ¿Qué arruina tu día? ¿El tráfico; un comentario ofensivo; una llanta ponchada; una mala nota en una clase; malos resultados en el trabajo? Haz una lista mental.
¿Qué arruinaría tu vida? ¿La muerte de una persona querida; la pérdida de alguna posesión; cáncer; alguna discapacidad?
¡Tu satisfacción debe ser Dios! Mira lo que dice Jeremías 2:13, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. Cualquier cosa—y en serio lo digo, pues lo dice Dios—que esté reemplazando a Dios como la fuente de satisfacción no es más que una cisterna con una fuga. Es decir, puede que te traiga satisfacción momentánea, pero al final te vas a levantar un día y la encontrarás vacía. No estoy diciendo que tengas que sentirte insatisfecho con tu trabajo, educación, o posesiones, sino que te dejarán vacío si en ello buscas la esencia de tu satisfacción.
¿Cual es la solución? Cristo dijo, “Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:33, RVC). Busca el Reino de Dios, y no tu propio reino. Busca su justicia, su piedad, y no tu propia satisfacción. ¿Y lo demás? Lo demás viene como bonus.
Así qué… ¿qué arruina tu día? La respuesta puede que te suene radical. Pero sólo hay una respuesta correcta: nada debe arruinar tu día.
¡Nada! ¿Por qué? Porque tu satisfacción es Cristo. Porque tu día es excelente no porque sacas un 100% o porque te dan un aumento en el trabajo, sino porque eres hijo de Dios, co-heredero del Reino, salvo por gracia, en camino al cielo. Porque tienes un Padre que te ama y que se comunica contigo. Porque sabes que, sin importar qué tanto te duela el golpe en el dedo chiquito, no se compara con el gozo de conocerle a Él, de ser partícipe de un amor incomprensible que completamente te llena (Ef 3:17-19).
Al final, llegué a tiempo a la clase, saqué un cien en la prueba, la corbata que me puse cubrió las manchas, y el café… bueno, el café estaba más amargo de lo que me hubiera gustado, ¡pero qué importa! Tengo a Cristo.

Asesinar es Asesinar



Dios es Padre de los indefensos, los débiles y los necesitados. No hay duda al respecto (por ejemplo: Ex 22:22; Deut 10:17-18; 24:17; Sal 146:9; Is 1:17; Sant 1:27; estas referencias no son exhaustivas).


El Cristiano tiene el deber, sí, la obligación como hijo de Dios y heredero del Reino a ser un defensor de la justicia y de los derechos de los indefensos.
Esto incluye a los bebés que se encuentran en el vientre de su madre.

El Salmista escribió, “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal 139:16). Sin duda, para Dios, la vida comienza inclusive cuando el humano se encuentra en su estado como embrión.

En México hay un debate en estos momentos en cuanto a la constitucionalidad del aborto.1 Por supuesto que yo estoy en contra de su legalidad por el simple hecho de que matar un bebé es asesinato, sin importar cuan pequeño sea. Me parece completamente incomprensible que haya personas que crean que tienen el derecho de asesinar a una criatura completamente indefensa. Sí, la mujer tiene derecho sobre su cuerpo, pero no sobre el cuerpo de otro. Asesinar es asesinar, sin importar cómo queramos expresarlo.

He leído comentarios que me han dejado perplejo. “Las naciones de primer mundo lo han legalizado”. ¡A quién le importa! Si las naciones de primer mundo legalizan matar a niños con discapacidad, o asesinar a ancianos que ya no trabajan y sólo reciben su pensión, ¿qué, ya es correcto? ¡Absurdo! “Si es por violación, entonces está bien abortar”. La violación es una pecado horrible. Es un crimen inhumano. El violador debe ser perseguido y se le debe aplicar todo el peso de la ley. No puedo imaginar el trauma de una mujer que ha pasado por algo así. Pero aún así, ¿vamos a añadir un crimen sobre otro? ¿Vamos a matar al niño por el pecado de otro? “Pero si los dejamos vivir, van a crecer en pobreza y morirán, o se convertirán en la basura de la sociedad”. Pero si los matamos antes de nacer, ni siquiera les damos la oportunidad de triunfar. Es tomar una decisión que no nos pertenece. El problema es que la psicología dice que no hay remedio, que un niño crecerá a ser un producto de su sociedad alrededor. Tonterías.

Ah, ¿qué va a ser de nuestro mundo? Hitler asesinaba a gente que no consideraba humana. Asesinó a gente con discapacidad. Al paso que vamos, lo único que falta para que se levante otra nación con filosofía Hitleriana es un loco carismático que tenga el poder para hacer lo que la sociedad ya aprueba.


Nueve Once

Esa mañana no fui a la escuela porque llovía fuertemente en la ciudad. Normalmente mamá nos levantaba a las seis de la mañana para ir a la escuela, pero no hoy.
Estaba en la cama cuando una de mis hermanas—no recuerdo cual porque estaba medio dormido—entró a mi cuarto y me dijo, “Un avión se estrelló en una torre gemela”.
No tenía idea de qué era una torre gemela, y mucho menos por qué era relevante que un avión se hubiera estrellado en ella. Se me hacía un poco raro, ¿un avión estrellándose en una torre? Minutos después me levanté para encontrar a mi familia viendo la televisión. Al ver las imágenes rápidamente me di cuenta de la seriedad del asunto.
Cuando se cayó la primera torre llamé a un amigo Norteamericano, y me dijo que su familia estaba viendo la televisión. “Mi mamá está llorando”, me dijo. Pronto cayó la torre dos, y el mundo cambió.
La semana pasada me puse a ver videos de la tragedia, para recordar lo sucedido. Increíble como, aún diez años después, las imágenes me siguen dando escalofríos. Escuchar el impacto, los gritos de horror de la gente al ver el segundo avión aproximarse a la torre, la gente tirándose de la torre y otros corriendo al verla desplomarse.
Ese día vimos la capacidad que tiene el hombre para la maldad.
Muchos se preguntaron en ese día, ¿dónde estaba Dios cuando sucedió el 9/11? Me gusta la respuesta que dio el teólogo y pastor R.C. Sproul: “Dios estaba en 9/11 exactamente en el mismo lugar que estaba el día antes y el día después. Estaba en Su trono y continúa estando en su trono ahora porque Él es el Señor Dios omnipotente quien reina”.[1]
Al ver la enseñanza bíblica nos damos cuenta de la realidad de la maldad y las tragedias. Inclusive en los tiempos de Cristo, algunos le preguntaron la razón por la cual una horrible tragedia había sucedido (ver Lk 13:1-5). El hombre, en su completa depravación y su rebelión en contra de su Creador, ha cometido y seguirá cometiendo actos de terror y maldad.
La respuesta es Cristo. El mensaje de Cristo son buenas nuevas. Que Dios nos reconcilia consigo mismo a través de la obra redentora de Jesús en la cruz.
Después de los eventos del nueve de Septiembre, las iglesias se llenaron y muchos hicieron votos de devoción. Diez años después, las cosas no parecen haber mejorado mucho, espiritualmente hablando. De nuevo, cito a Sproul: “Lo más trágico es que cuando se nos dio una sacudida para despertarnos hace diez años en 9/11, apretamos el botón de snooze y nos regresamos a dormir”.[2]



¿Dónde estarás en 50 años?


La mayoría de las personas no están concientes de su propia mortalidad. No mucha gente piensa regularmente que quizá hoy es el último día de su vida. Muchos de nosotros vivimos la vida pensando que tenemos mucho por delante, y sin embargo, sólo basta recorrer un cementerio para darse cuenta que muchísima gente ha muerto más joven de lo que ahorita tú eres.

Este no es un posteo morboso. Sería ridículo sugerir que debiéramos levantarnos cada día temblando, preocupándonos por todo, con el corazón acelerado todo el día por miedo de la muerte. ¡Para nada!

Sin embargo, ¿te has preguntado dónde estarás en cincuenta años? Tal vez respondas, “Jubilado, espero”. Quizá otra persona sinceramente diga, “Pues mi cuerpo, a un metro bajo tierra”. Tal vez tú, que lees este escrito, estarás en cama enfermo, o quizá disfrutando de la vida, o a lo mejor en la próxima vida, ya sea vida eterna o tormento eterno.

La Biblia dice, “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). ¡Qué imagen tan impresionante!

La vida es corta. De acuerdo al libro de Eclesiastés, hay por lo menos dos cosas que debes de hacer con la vida: disfrutarla (Ecl 3:13) y usarla para la gloria de Dios (Ecl 12:13-14; y por cierto el segundo más grande mandamiento tiene que ver con el prójimo, Mk 12:28-31).

La vida es como neblina. No la desperdicies.


Feliz Cumpleaños, John Wesley. Dos Cucharas de Plata. Miles de Almas

El siguiente artículo me causó mucho impacto. Fue escrito por John Piper en su blog, y lo he traducido. Espero que les sea de impacto.
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Gracias, John Wesley, por practicar lo que predicabas acerca del dinero. John Wesley nació hoy en 1703 (mismo día que Jonathan Edwards). Él fue uno de los grandes evangelistas del siglo 18. Hoy quiero celebrar su actitud al dinero.


Él es famoso por haber dicho: “Habiendo, primero, ganado todo lo que puedas, y luego ahorrado todo lo que puedas, entonces da todo lo que puedas”. (Sermón 50, “El Uso del Dinero” en Las Obras del Reverendo John Wesley [The Works of the Reverend John Wesley], 1840, editado por John Emory, Vol. I, 446). Veamos cómo es que lo puso en práctica.


En 1731 él comenzó a limitar sus gastos para tener más dinero para dar a los pobres. En el primer año sus ingresos eran 30 libras y se dio cuenta que podía vivir con 28, así que dio dos. En el segundo año sus ganancias se doblaron pero mantuvo sus gastos igual, así que tuvo 32 libras para dar (el ingreso de un buen año). En el tercer año sus ingresos saltaron a 90 libras y él dio 62 libras. En su larga vida sus ingresos avanzaron hasta tener 1,400 libras al año. Pero rara vez dejaba que sus gastos subieran más de treinta libras. Él dijo que casi nunca tenía más de cien libras en su posesión.


Esto desconcertó tanto a los Comisionados de Impuestos Ingleses que lo investigaron en 1776 insistiendo que un hombre con sus ingresos debía tener bandejas de plata y que no estaba pagando impuestos por ellas. Él les respondió:


“Tengo dos cucharas de plata en Londres y dos en Bristol. Esos son todos los platos que tengo en este momento, y no compraré más mientras que tantos a mi alrededor necesitan de pan”.
Cuando murió en 1791 a la edad de ochenta y siete, el único dinero mencionado en su testamento fueron las monedas que se encontraron en sus bolsillos y su buró. Casi todo el dinero--30,000 libras--que había ganado en su vida lo había dado a otros. Él escribió,
 “No puedo evitar dejar mis libros cuando Dios me llame; pero en lo que a lo demás concierne, mis propias manos serán mis ejecutoras”.
En otras palabras, pondré control en lo que gasto, e iré más allá del diezmo por causa de Cristo y Su reino.


(Las citas vienen de Mission Frontiers, Sep./Oct. 1994, nos. 9-10, pp. 23-24.)


Escrito por John Piper para DesiringGod.org. El artículo original en inglés se encuentra aquí: http://www.desiringgod.org/blog/posts/happy-birthday-john-wesley-two-silver-spoons-and-thousands-of-souls



Circo, Maroma y Teatro


“Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;  y toda la ciudad se agolpó a la puerta. [...] Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1: 32-33, 35).

Marcos capítulo 1 nos narra el principio del ministerio de Cristo en la región de Galilea. La misión de Jesucristo es simple: predicar el Evangelio del Reino, el cual se nos es dado en el capítulo 1, versículo 15: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”.

Sin embargo, la gente de Galilea no parece estar muy interesada en el mensaje central del Evangelio, el cual tiene que ver con su vida espiritual (arrepentirse y tener fe); más bien la gente se interesa en el poder sanador de Cristo. Después de que Cristo sana a la suegra de Pedro, la gente se entera de lo sucedido y pronto toda la ciudad se amontona a la puerta de la casa de Pedro para ser sanados por el Señor.

Uno pensaría que la situación era ideal. De la noche a la mañana Cristo se ha convertido en una celebridad, tanto que muchísima gente quiere verlo para ser sanado. ¡Excelente! ¿No?

Cristo no piensa igual que nosotros. De hecho, el próximo día se aleja a un lugar solitario. Al parecer ni siquiera les avisa a sus discípulos ya que éstos tienen que irlo a buscar (“rastrear”, en Griego). En el Evangelio de Marcos, Jesús se aleja a un lugar solitario en tres diferentes ocasiones, siempre en relación con alguna crisis.

¿Cuál era la crisis en este caso? Que la gente lo buscaba para ser sanada físicamente, pero no espiritualmente. La gente prefería ser sanada de su ceguera física antes de su ceguera espiritual.

¿Y no es igual hoy en día? La gente viene a Cristo porque piensa que encontrará prosperidad, dinero, etc. Pero poca gente viene a Cristo por su mensaje. Poca gente viene a Cristo para ser sanada de su pecado. Para ser reconciliada con Dios. Los estadios se llenan cuando viene un supuesto (y farsante) hacedor de milagros, pero cuando se trata de la predicación del Evangelio, es difícil atraer a las multitudes. La gente quiere ver lo espectacular. Quiere ver a los cojos saltar. Quiere ver a los mudos gritar. Pero no le interesa ver a un alma ser trasformada espiritualmente. Eso no es emocionante. Preferimos el circo, maroma y teatro.

Cuando Pedro y otros encuentran a Jesús, uno casi puede escuchar la exasperación en su voz: “Todos te buscan”. Como diciendo, «Señor, ¿qué haces aquí? ¡Tengo una casa llena de gente, y tú aquí en medio de la nada!»

Cristo les responde: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (1:38). Aquí vemos la importancia que Cristo le da a la predicación del Evangelio del Reino.

Hoy en día la verdadera predicación ya no es popular en el Cristianismo. Ha sido suplantada por monólogos, obras de teatro, películas, coros, etc. No que éstas cosas sean malas en sí (excepto tal vez los monólogos, sobre todo cuando el que habla parece más un comediante que un predicador), pero cuando suplantan, hacen a un lado, o menosprecian la pura y santa predicación de la Palabra, entonces se ha perdido el Evangelio; lo hemos puesto a un lado ya que es demasiado ofensivo, demasiado aburrido, demasiado impráctico en nuestra sociedad post-moderna. En su lugar preferimos un poco de circo, unas cuantas maromas, y mucho teatro.