Cumpleaños
Yo comencé a escribir en un diario a los diez años, y ayer me puse a leer algunas de mis primeras entradas. Me pareció muy interesante leer cómo me preguntaba yo qué iba a estudiar y cosas como esas, y ahora que ya terminé con la carrera me doy cuenta que el Señor ha guiado mis pasos.
Me quedan quince días (aproximadamente) de vacaciones, y luego entro al seminario teológico en Carolina del Sur, EUA. ¡Ya veremos cómo me va!
Por cierto, le hice ciertos cambios al blog, no sólo en su look, sino también en dirección. ¡Espero que les guste!
Don Pancho y su guitarra
Esta balada cuenta
La historia de un viejito
A quien le gustaba cantar
(Pero lo hacía muy bajito).
Lo que pasa es que a Don Pancho
No le queda mucha voz,
Pero tiene una guitarra
(¿Con cuantas cuerdas? Solo dos).
Así que cada día
Don Pancho canta por las calles
Toca y toca su guitarra
¡No hay quien lo calle!
Con una bella sonrisa
Que no muestra ni un diente
Don Pancho su guitarra toca
Mientras lo escucha la gente.
En el case de su guitarra
Alguien lanza tres monedas.
“¡Que Dios me lo bendiga!
¡Se lo agradezco de veras!”
Es así como Don Pancho
Se ha ganado por años la vida,
Es feliz haciéndolo,
Su gozo es sin medida.
El Futuro de los Libros
La clase de Psicología Infantil es interesante, pero después de dos horas estaba listo para salir. Bajé las escaleras con varias cosas en mente. Primero, iría a mi cuarto a checar qué había en el menú del día en el comedor, y dependiendo de la comida decidiría si comer dentro o fuera de la universidad (tener un auto vaya que es una bendición... excepto por la gasolina, que está carísima).
Bajé las escaleras y en el lobby del edificio vi una edición de la revista Newsweek en la mesa. Me acerqué y la portada me llamó la atención. Hablaba acerca del futuro de los libros, y yo, como todo buen lector y aficionado a los libros (y algunas veces comprador compulsivo de libros... creo que deberían de agregar esa enfermedad al DSM), abrí la revista y me puse a leer.
Hablaba del Kindle, el «revolucionario» aparato que vende Amazon.com. Si no lo has visto y te gusta leer, en serio, tienes que verlo. Puede que sea el futuro de los libros. Imagina poder leer tus blogs favoritos cuando quieras (en especial este, claro), bajar cualquier libro que se te antoje, y si al autor de tu libro se le ocurre un final alternativo o un nuevo capítulo medio mes después de publicado el libro, ¡no hay problema! Un click y listo.
Lo malo es que está muy caro, y no sé si funcione en México y Latinoamérica. Pero si vives en los EEUU y tienes dinero, deberías considerarlo.
¡Terminé!
Pues me gradué. Caminé por la plataforma con esa toga negra y con ese sombrero cuadrado, recibí la carpeta (sin diploma, por cierto; ese importante papelito me lo mandan por correo después), di un testimonio en frente de casi seis mil personas, me regresé a mi silla, y esperé a que el resto de mis compañeros hicieran la misma rutina.
Cuatro años de estudios. Muchas tareas. Muchos trabajos. Muchas horas de estudio. Muchos libros leídos, muchas libretas llenas. Mucho, mucho, mucho.
Gracias a Dios ahora puedo escribir las tres letras "Lic" antes de mi nombre. No es la gran cosa, la verdad. Es simplemente un título, y aunque me gusta y estoy orgulloso de él, no hay mejor título que el de "cristiano". Ese sí que vale la pena.
Falta Poquito
Qué bien se siente saber que en menos de un mes voy a caminar por la plataforma, vestido con una toga negra y con una sonrisa en la cara. No, no para recibir un premio por algún arte marcial, más bien... ¡me gradúo!
Después de cuatro años, muchas neuronas quemadas, y mucho dinero, podré decir al presentarme, "Dígame Licenciado". Así es, Licenciado en Medios de Comunicación, con una concentración en Psicología. Suena bien, suena bien.
Pero de todas formas, me faltan muchos estudios. En Agosto comienzo la maestría, así que tengo por delante muchos libros que leer y muchas respuestas que escribir en esas hojitas de alvéolos. Bueno, ni hablar. Dicen que uno nunca para de aprender.
Novela terminada... más o menos
Estoy contento porque ya terminé el segundo borrador de mi novela corta que se titula, «El Reino de los Elfos». Es una novela de fantasía y aventura para niños. La terminé hace casi un año, pero la fui editando poco a poco. Creo que ya quedó al menos decente, excepto por los errores de gramática que nunca parecen desaparecer, y estoy seguro que aún tengo errores de otros tipos, lo cual es normal en una novela que no ha sido revisada por un editor profesional.
Si alguien está interesado(a) en leerla, mándenme un mensaje y con gusto se las envío por email. No es nada increíble, no es un Pulitzer o Nobel, pero hey, al menos divierte un poco. (O eso espero).
Se me hizo interesante leer una nota hoy en el periódico que hablaba de John Grisham, el famoso y millonario novelista Americano que escribe thrillers legales. El artículo, titulado: «John Grisham no tiene ilusiones acerca de sus escritos», decía que el año pasado Grisham ganó nueve millones de dólares en ventas, y estoy seguro que con su nuevo libro, titulado «The Appeal», ganará otros millones más. Actualmente su libro es el número uno best seller en la lista del New York Times, y es el número dos en la lista de Amazon.
Pero lo más interesante del artículo fue la siguiente frase hecha por Grisham: "Te aseguro que no me tomo en serio lo suficiente para pensar que estoy escribiendo ficción literaria y cosas que serán recordadas en 50 años. No voy a estar aquí en 50 años; no me importa si me recuerdan o no. Es puro entretenimiento." Y después dijo que lo que intenta es escribir "ficción popular de alta calidad."
Me pareció interesante leer los pensamientos de uno de los autores más exitosos de hoy en día.
¿Cón el pié izquierdo?
El día de ayer decidí que, antes de ir al trabajo, me tomaría media hora en la mañana para disfrutar de un café y leer un poco. Así que hice los planes necesarios. Primero, me cercioré del horario del Café de la universidad. Lo chequé: «Abierto-7:30 am». Jeje. Peerfeectoo.
Puse mi despertador a las 6:30 de la madrugada, y efectivamente, me despertó a esa hora. Debatí por cinco minutos la locura que estaba por hacer. Podía cerrar los ojos y disfrutar de media hora más de sueño... no. ¡No! Me levanté, me bañé, me cambié, preparé mi mochila, y salí a mi encomienda.
Temperatura: unos cinco grados centígrados. Un cafecito no me caería nada mal (aparte, uno necesita la cafeína). Llegué al Café y caminé al mostrador.
Algunos de ustedes saben que mi experiencia en cuanto al café es bastante limitada. Osea, dicho de otra forma, no sé nada de café (con decir que la semana pasada aprendí a hacer café instantáneo usando una cafetera... ¡qué vergüenza!). Haberme levantado media hora más temprano de lo normal ameritaba tomar algo más que un simple y sencillo café. Gastaría uno o dos dólares más que lo de costumbre. Miré el menú pegado a la pared, por encima del mostrador, y seguramente mi cara reflejaba total confusión. La variedad era impresionante.
Expressos: Lattes, Capuchino, Breves, Americano, Expresso; Frozen: Coffee, Mocha, Chan; Specialty: Chai Tea, Machiato, Cafe Mocha, Steamer... la lista parecía ser interminable.
«Pero qué rayos», pensé. «¿Y cómo se supone que un ser humano puede saber qué quieren decir todas esas cosas? ¿Cual es la diferencia? ¿Habrá alguna? Tal vez todo es lo mismo y el precio varía para hacernos tontos a todos los clientes. Hmm...»
Terminé por hacer dos o tres preguntas claves a la muchacha detrás de la caja, y finalmente me decidí por un Capuchino porque he escuchado ese nombre antes. Me compré una galleta con chispas de chocolate, y me senté en una esquina, con mi Capuchino en mano, listo para disfrutar de una mañana de tranquilidad.
Abrí mi libro, y con una media sonrisa dibujada en mis labios le di un buen sorbo al café. Cuando el líquido pasó por mi garganta, estuve a punto de gritar. No solamente porque sentí que acababa de pasar lava ardiente, sino porque el sabor era horroroso. Por poco y escupo esa pócima, ese brebaje preparado con el único fin de destruir mis cuerdas vocales para siempre-- pero resistí el impulso. Me levanté, entré al baño, y tomé agua fría de la llave. Creo que salió humo de mi garganta.
Salí, tomé dos paquetes de azúcar, y los vertí sobre ese líquido color café que estaba dentro de mi taza. Meneé con fuerza para contrarrestar el amargo sabor, y después de soplarle como si fuera una sopa instantánea, me llevé la taza a la boca, con manos temblorosas, listo para quemar mi garganta por segunda ocasión.
Gulp. Hey, nada mal. Ya con azucarcito es mejor. Perfecto. Ahora sí, a leer. Justo en eso se abre la puerta y entran dos señores, vestidos en jeans y camisas cuadriculadas, y uno de ellos cargando una escalera de aluminio color rojo.
"¡Buenos días!" grita. "Venimos a reparar las luces. Pero primero necesitamos que las apaguen para que no nos de un shock de electricidad o algo." Las luces se apagan. Por fortuna hay una especie de lámpara que me da suficiente luz para diferenciar las letras de mi libro.
Seguí tomando de mi café, tratando de ignorar la divertida y amena plática de los dos señores, hasta que finalmente se van después de reparar una luz. ("¡La primera tarea completada del día!" grita el sr. Escalera Roja antes de irse).
Ahora, yo no sé cómo preparan el Capuchino. Lo único que sé es que para cuando llevaba la mitad, sentía que todo mi cuerpo temblaba un poco. Mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza después de haber sido asustada. "¿Podré dormir en la noche?" me dije a mi mismo. "¡Y apenas son las 6:45!"
Vaya forma de comenzar el día. "Tal vez me levanté con el pié izquierdo". Pero luego pensé en lo absurdo de ese pensamiento. ¿Y si yo fuera zurdo? Ese comentario lo encontraba bastante discriminatorio.
Entonces decidí que no, no iba a dejar que circunstancias ajenas a mí afectaran mi comportamiento por el resto del día. No importa con qué pié me levante. No importa si un café quema mi garganta y destruye mi sentido del gusto para siempre (o al menos por el resto del día). No importa si dos señores arruinan la tranquilidad de mi mañana. Eso no importa.
Así que, cinco minutos antes de las ocho (suficiente tiempo para correr a mi trabajo), me levanté, le di las gracias a la muchacha por prepararme el brebaje ese (creo que lo dije de otra manera más correcta), y salí a la fresca mañana, dispuesto a conquistar el día.
