Gente buena

Estoy sentado, esperando la comida. Alrededor de mí, el lugar está lleno. No hay ni una mesa libre. Es un mercado de comida rápida en un centro comercial. La mesa junto a mí—una mesa para cuatro—se desocupa, pero pronto se sienta un muchacho de unos treinta y cinco, vestido de ejecutivo, con pantalón negro, una camisa plateada de rayas y zapatos bien lustrados.

 

«¿Dónde está mi comida?», me pregunto al mirar mi reloj. Nos dijeron que estaría lista en diez minutos, los cuales acaban de cumplirse.

 

«¿Puedo sentarme aquí?» escucho a mi izquierda. Es una señora de edad, con cabello blanco y algo encorvada que le pide permiso al joven ejecutivo de sentarse del otro lado de la mesa, en contra esquina de donde él está sentado. El muchacho dice que sí. La ancianita se sienta, pone su plato con comida frente a ella, y al tratar de colocar su vaso con agua de jamaica en la mesa, éste se cae, se derrama por la mesa y salpica el pantalón del muchacho.

 

La señora está apenada. Su cara lo demuestra. «Hay, no, por favor discúlpeme» dice mientras menea la cabeza y levanta un poco las manos. El muchacho le responde: «Señora, no se preocupe. No se preocupe». Entonces el muchacho se levanta y regresa con dos cosas en mano: servilletas, para limpiar la mesa, y un nuevo vaso con agua de jamaica que él mismo pagó.

 

«Aquí tiene, señora. Siéntese, y por favor, no se preocupe».

 

Pronto mi comida estuvo lista, y yo me retiré de allí no sin antes echar un vistazo a aquella mesa en donde el muchacho ejecutivo y la ancianita comían juntos.

 

 

¿Presumidos?

"Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado" Romanos 12:3, NVI.


Hay un término sociológico llamado «etnocentrismo», el cual se usa cuando un individuo cree que su cultura es mejor que otra. Hay otro término llamado «presumido», el cual se usa cuando una persona piensa ser mejor que otra. ¿Has conocido a alguien así? Seguro que sí. ¿Y te digo algo? Seguramente has caído (como yo) en el orgullo también. ¿Apoco no hemos pensado, «mi papá es mejor, mi ropa es de mejor calidad, mi intelecto es superior, tengo más dinero, etc.?».


En Romanos 12:3, Pablo manda a los creyentes romanos (y nos aplica hoy en día) a que "nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener”. Pablo les dice, «¡No se crean la gran cosa!» De hecho, continúa Pablo, su concepto personal debe ser “con moderación”. ¿Por qué? El final del versículo 3 y los versos 4 y 5 responden a esta pregunta.


Primero que nada, todo lo que hacemos bien—lo cual proviene y es por la fe—viene de Dios (ver Santiago 1:17). Todo don es repartido por Dios, y todo lo bueno en nosotros proviene y es para Dios.


En segundo lugar: todo creyente, aunque tiene diferentes roles y dones (Romanos 12:6-8), es uno en Cristo. Todos somos partes de un solo cuerpo. Dios no tiene favoritos. Todo cristiano es parte vital de la Iglesia, el cuerpo de Cristo.


Algo para pensar: todo lo que somos, desde la salvación hasta nuestros dones y buenas obras, son un regalo de Dios. No debemos alabarnos a nosotros mismos, mejor alabemos al Dios misericordioso y lleno de gracia, que sin que mereciéramos nada, nos dio la salvación, vida eterna, y la habilidad de servirle con gozo.


Súper Poderes


En la mesa estábamos varios sentados, comiendo en silencio nuestra comida. Yo podía escuchar el sonido mezclado de las conversaciones en las demás mesas, pues el comedor de la Universidad estaba lleno.


El silencio en nuestra mesa se prolongaba y amenazaba con convertirse de un «silencio normal» a un «silencio incómodo». Así que decidí rescatar la situación. Busqué una buena pregunta qué hacer, miré a mi amigo Josh frente a mí y le pregunté: —Si pudieras tener un súper poder, ¿cual tendrías?


Mi amigo lo pensó un poco. Yo, para ayudarlo, sugerí que sería fantástico tener «mirada zoom». ¡Imagínate! Adiós a los lentes y a los binoculares. Si estás en la parte de atrás del salón y el maestro escribe en el pizarrón con letra pequeña, ¡zoooom! Y listo. O si ves a alguien que te parece conocido a lo lejos, ya no tienes que pasar por la vergüenza de ondear tu mano sólo para darte cuenta de que no era la persona que pensabas. Con «mirada zoom» todos esos problemas y mucho más podrían ser solucionados.


Mi amigo Josh dijo: «A mí me gustaría tener una hielera incluida. Así podría tener refrescos siempre conmigo». Nada mal, nada mal. Ese poder podría ser muy práctico, sobre todo en una misión en el desierto.


Pronto otros se agregaron a nuestra constructiva y edificante conversación. Algunos pedían poderes que ya han sido usados por otros, como volar, fuerza excepcional, o invisibilidad, pero otros pensaron en algunas opciones más creativas.


Alguien sugirió que si pudiera tener un poder, escogería tener todos los poderes. ¡Vaya trampa! Es como la típica persona que le preguntas, «Si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías?». Y entonces, con una sonrisa de sabios y con una voz de superioridad e inteligencia abrumadora responden: «¡Pedir más deseos!». Eso no se vale.


Pero bueno. Lamentablemente, como no tengo memoria eidética, no recuerdo todas las sugerencias hechas en ese día. Pero fue misión cumplida, porque el silencio fue derrotado una vez más por las fuerzas del bien.


Si pudieras tener un súper poder, ¿cual tendrías?



Una Nieve con Papá

Iba hoy en el carro a comprar la comida cuando pasé por un lugar que se me hizo familiar. Era un restaurante dónde mi papá me llevaba una vez al mes para comer nieve y platicar con él. En ese tiempo (hace ya unos cuantos años) sólo éramos yo y dos hermanas, así que cada semana nos llevaba a uno de nosotros para poder disfrutar de una banana split y de un tiempo juntos (el resto se quedaba con mamá en casa).

Recuerdo que el restaurante estaba en el segundo piso, y nos sentábamos en una mesa donde se pudiera ver hacia el primer piso, donde vendían desde medicina hasta dulces y juguetes.

Era un tiempo a solas con papá. Era un tiempo que disfrutaba mucho.

La Biblia dice que Dios es nuestro Padre Celestial. Una forma de pasar tiempo con Él es leyendo Su Palabra. Los tiempos devocionales deben ser algo que anhelamos: de la misma manera que anhelamos ver la cara de un familiar o amigo; de la misma manera que un músico anhela tocar; de la misma manera que un sediento anhela el agua.

"Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida" (Salmo 42:1-2a, NIV).

Niños, Oración, y yo

"Dejad a los niños venir a mí, y no se los impidáis, porque de los tales es el reino de los cielos" Mateo 19:14
Me quedé escuchando sus oraciones por unos momentos. Guardé silencio, y escuché. Sus oraciones eran simples, muchas de ellas comenzaban con: "Señor, gracias por este día...". Pero eran oraciones sinceras, que venían desde el corazón. Oraban por los demás, por hermanos de la Iglesia, por decisiones de la Iglesia, y por ellos mismos.

El Miércoles pasado tuve la oportunidad de cuidar a los niños de la Reunión Bíblica que dirige mi papá mientras tenían su reunión de oración. Me senté en la mesita, con ellos, y escuché mientras cada uno de ellos oraba por turno.

Me impresionó la seriedad con la que tomaban la oración. Ellos sabían que estaban orándole a Dios, al Creador del Universo. Me hizo reflexionar en mis propias oraciones. ¿Son verdaderas, o simples vanas repeticiones? Muchas veces me parece que al orar, solamente estamos haciendo un tipo de formalidad. Lo hacemos porque es lo que debemos hacer. No lo vemos como un privilegio. ¡Y sí que lo es! Que el Soberano Rey del Universo se digne a escuchar mis plegarias es algo que no puedo comprender, es algo completamente increíble.

Y sin embargo, nos oye. ¡Gracias, Señor, por escucharme!



Kukulkán


Tuve la oportunidad de visitar Chichen-Itzá la semana pasada. ¡Fue increíble! Ya puedo decir que he visto una de las nuevas maravillas del mundo. La pirámide que más me impresionó fue la de Kukulkán (foto). Lástima que ya no dejan subir a la cima...

"Relámpago" Celestial

"No está tu laptop, Emanuel," me dijo mi Papá. No lo podía creer. Estábamos en una camioneta de camino al aeropuerto, y aún no sé si fue por mi culpa o por la del botones (tal vez ambos), mi computadora se había quedado en el hotel. Le dijimos al chofer, quien dio la media vuelta y aceleró.

En el camino, súbitamente el chofer dijo: "¡No puede ser! ¡Yo también dejé algo en el hotel!" Nos explicó que la tablita en la que tiene su itinerario debe estar encima del cenicero, olvidada. "Y no solo eso, sino que tengo un cupón que debo canjear para mi jefa, ¡y es de mil quinientos pesos!"

Ese fue el comentario que comenzó todo, pues de allí en delante, el chofer comenzó una especie de catársis con nosotros. Nos contó todo sobre su mal sueldo y la horrible jefa--un horrible tirano con un genio demoniaco--para quien él trabajaba.

"Llevo diez dias sin descanso," nos dice. "La patrona nos dijo, 'Hay que aprovechar ahora que hay mucha clientela', pero ¡la que se aprovecha es ella! ¡No nos paga nada y ella se hace rica!"

Yo iba dos asientos justo atrás del chofer, escuchando sus lamentos, un poco extrañado por su comportamiento, con ganas de decirle que la vida es difícil y que no gana nada con quejarse, en especial con nosotros. Voltéo a la ventana de la derecha y admiro un poco el campo de golf que estamos pasando, cuando repentinamente suceden varias cosas al mismo tiempo.

Una, se escucha un sonido sordo, un crlap que retumba en la camioneta. Dos, justo en frente del chofer, en el parabrisas, se materializa una extraña telaraña. Tres, en reacción a los puntos uno y dos, el chofer salta un poco y la camioneta a penas y vira a derecha e izquierda.

Lo primero que pensé fue: alguien nos lanzó una piedra. Pero entonces mi Papá dice acertadamente: "¡Fue una pelota de golf! ¡Nos pegó una bola de golf!". Era cierto. Algún golfista con pésimo tiro lanzó una bola a toda velocidad que vino y golpeó nuestro parabrisas exactamente en frente del chofer, formando una orbe central con muchas ondas cristalinas esparciéndose hacia afuera.

Minutos después seguimos nuestro camino, yo completamente sorprendido por lo sucedido, y tratando de evitar la sonrisa en mi rostro, porque no con frecuencia veo este tipo de extraña coincidencia, esta especie de ironía celestial.

Por poco y le digo al chofer, "Haber, ya deje de quejarse porque capaz y nos chocan". Pero gracias a Dios llegamos con bien al aeropuerto y aterrizamos sin problemas en nuestra ciudad.

¿Y del chofer? No tengo la menor idea. Pero espero que le sirva de lección. Con quejarse uno no gana nada. O bueno, sólo pelotazos en el parabrizas.

Cumpleaños

El día de mañana cumplo años. El tiempo vuela.

Yo comencé a escribir en un diario a los diez años, y ayer me puse a leer algunas de mis primeras entradas. Me pareció muy interesante leer cómo me preguntaba yo qué iba a estudiar y cosas como esas, y ahora que ya terminé con la carrera me doy cuenta que el Señor ha guiado mis pasos.

Me quedan quince días (aproximadamente) de vacaciones, y luego entro al seminario teológico en Carolina del Sur, EUA. ¡Ya veremos cómo me va!

Por cierto, le hice ciertos cambios al blog, no sólo en su look, sino también en dirección. ¡Espero que les guste!