Hace poco pude terminar de leer los dos siguientes libros, así que aquí presento brevemente mis impresiones de los libros.
The Tipping Pointpor Malcolm Gladwell fue una grata sorpresa. En este libro, Gladwell propone que muchas de las epidemias suceden cuando pequeñas modificaciones ocurren. No solamente epidemias en cuanto a enfermedades; sino modas, movimientos intelectuales, etc. Gladwell analiza el por qué del gran éxito de Sesame Street y Blue's Clues, analiza además cómo ciertos productos llegaron a convertirse en una moda (los ténis Airwalk o los Hush Puppies), entre otros ejemplos. Gladwell usa datos, entrevistas, ejemplos, y hasta acertijos para probar su punto. Es impresionante como el autor usa técnicas como suspenso y ciertos elementos de misterio en este libro, sin importar que no sea una novela. Al final, de forma magistral, Gladwell concluye que el mundo puede ser cambiado no con mucho dinero, sino con saber dónde se encuentra el talón de Aquiles, ese punto que des-balancea todo y crea una epidemia imposible de resistir. Recomiendo este libro por ser informativo y entretenido.
The Curious Case of Benjamin Buttonpor F. Scott Fitzgerald. ¡Qué cuento más interesante! Una historia que comienza bastante extraño: un niño que nace viejo. El famoso autor Fitzgeral ni siquiera se toma la molestia de probar cómo tal suceso es posible. La historia simplemente sigue, sin explicación médica alguna, y en unas cuantas hojas, los lectores disfrutan de la vida entera del Sr. Button. No quiero arruinar la historia, así que es mejor leerla. Me tomó solamente unos cuantos días terminarla, y solamente leí (en mi iPod) entre clase y clase. Un cuento que vale la pena leer. Bastante extraño, divertido, algo melancólico.
«¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» Job 2:10
Llegué a la sala de urgencias con un dolor tan fuerte que me era difícil llenar la forma de datos que me pedía la enfermera. Me encontraba en una silla de ruedas, tratando de llenar la forma con una mano que me temblaba. Finalmente llené mis datos, y entregué la forma. Respiraba con fuerza, y sentía que algo no estaba bien en mi estómago. Me pasé la mano por el cabello varias veces, y bajé la cabeza para que la gente en la sala de espera no viera mi expresión.
Minutos después me admitieron, finalmente, al hospital. El dolor era tan intenso que devolví toda la cena. La enfermera me acostó y pronto me inyectó medicina. «Te vas a sentir un poco extraño» me dijo. «Es una medicina muy fuerte».
Tan pronto como me inyectó sentí que mi brazo se tornó caliente, era como si pudiera sentir la medicina subir por mi brazo hasta llegar a mi cabeza, la cual comenzó a dar vueltas. «¿Es esto normal?» pregunté. Me sentía como drogado. La enfermera me contestó que sí.
Repentinamente el dolor se esfumó por completo. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, habían pasado un par de horas.
Creo que las enfermedades son muy parecidas a una buena cachetada. Nos despiertan de nuestro estupor y nos recuerdan que somos mucho más frágiles de lo que pensamos. No importa qué tanta educación uno tenga, cuantos libros haya leído, qué tan altas y bajas las calificaciones, cuanto dinero en el banco, cuantos idiomas domine, al estar en cama, con dolor insoportable, es inevitable darse cuenta que como humanos somos frágiles. Hoy somos, y mañana puede que ya no seamos. Un latido nos separa de la eternidad.
Estos días que he estado en cama pude meditar en la siguiente frase, dicha por Job: ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? Dios ha sido tan bueno conmigo. Me da bendiciones a diario. Disfruto de su gracia común (como el sol, el aire, la lluvia, etc.) a diario, y de su gracia especial como hijo de Dios.
¿Y entonces qué? ¿Voy a reclamarle cuando me manda una enfermedad? ¡Por supuesto que no! Dios da, y Dios quita. Su Nombre sea siempre alabado.
¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? La respuesta es sí a ambas.
«Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios». Nehemías 5:15
El temor es bastante convincente. El temor nos impulsa o nos detiene. Evitamos ciertos sectores de la ciudad por temor; no salimos fuera cuando llueve a torrentes por temor; no desobedecemos la ley de nuestro país por temor; y la lista puede seguir.
En Nehemías 5, vemos a Nehemías lidiando con un pueblo en persecución, en miedo a causa de sus enemigos, en pobreza extrema, y además de ello, siendo oprimidos por gente de su propio pueblo. Nehemías intenta erradicar la opresión a los pobres, lo cual era contra la Ley de Dios (Deuteronomio 23:19-20), y en el versículo 15 se nos relata que, aunque algunos de los «primeros gobernadores... abrumaron al pueblo», Nehemías no fue como ellos. ¿Y por qué no lo fue? No porque era una persona moral, o con un código ético excelente, o porque era muy «buena onda», sino porque temía a Dios.
La Biblia nos habla una y otra vez que a Dios se le debe temer. Recuerdo cuando un muchacho que visitó mi iglesia me dijo, «Mira, yo creo todo lo que dice la Biblia, excepto eso de que se le debe de temer a Dios». Justo allí lo llevé a Proverbios 1:7 «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová». En la Biblia tenemos un sin número de ejemplos de gente santa y piadosa que, al ver la Santidad de Dios, cayeron en completo espanto (por ejemplo: Isaías, Manoa, Pedro, Juan, Jacobo, Zacarías, Pablo), porque Dios es tan increíblemente Santo y Sublime que se le debe de tener temor. No solo temor, sino inclusive espanto (Hebreos 10:31).
No me malinterpreten. Dios es Amor, y Dios es Bondad; pero con Dios no se juega. Mi conducta y la de usted debe ser regida por la misma convicción de Nehemías: «Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios».
Para lo que entienden inglés, este es un link a un tremendo sermón predicado por el Dr. Greg Mazak acerca de la música y adoración en la iglesia. Muy buen mensaje, me gustó bastante.
Esta es una breve reseña de "La Vida Cruz Céntrica" (The Cross Centered Life) por C.J. Mahaney.
Muchos vivimos la vida Cristiana pensando que el evangelio es algo del pasado y para otros. "Del pasado" porque creemos que fue un evento en el que alguien nos compartió la verdad de Cristo, la cruz, Su sacrificio, nuestro pecado y Su perdón. Fué una verdad que nos transformó la vida... pero algo que ya quedó atrás. "Para otros" porque vemos el evangelio como una verdad que debe ser pasada a aquellos que nunca han escuchado el verdadero evangelio de Jesucristo.
Y aunque sí, nuestra conversión (y por lo tanto nuestra justificación) suceden en el pasado, y aunque el evangelio debe ser compartido a otros, C.J. Mahaney una y otra vez hace incapié en que el evangelio es algo que todo creyente necesita hoy. "El evangelio no es sólo para los inconversos. Es para los Cristianos, también" escribe Mahaney en la página 85. Y de eso trata el libro: asegurarse de nunca dejar atrás el mensaje de la cruz.
En siete cortos capítulos, Mahaney demuestra que el evangelio--que Cristo murió por mis pecados--es una verdad que debe estar presente en la vida del creyente día con día y a toda hora. Es por la cruz que el creyente es salvo, recibe gracia, puede orar, y básicamente todo en la vida cristiana es posible gracias a lo que Cristo hizo en la cruz del calvario.
Mahaney escribe: "Una simple verdad debe motivar nuestro trabajo y debe afectar cada parte de quienes somos. Cristo murió por nuestros pecados. Si hay algo en la vida de lo que debiéramos estar apasionados, es el evangelio" (20).
Uno de los puntos fuertes de este libro es que no solamente es teológicamente fuerte, sino también provee recomendaciones prácticas para ayudar al lector a vivir una vida cruz-céntrica. Personalmente creo que la teología y la práctica van mano en mano y son inseparables. Este libro logra combinar ámbas, y en tan sólo unas cuántas páginas.
Así que recomiendo este libro ampliamente. Leelo. Medíta en las verdades que enseña, enamórate del evangelio, y vívelo al máximo.
Un pinito adorna la sala de mi casa, y debajo de él hay varios regalos listos para ser abiertos. Unas luces de diferentes colores adornan la fachada de nuestra casa. Hace poco vi un hermoso nacimiento en casa de un vecino.
Me gusta el pino navideño porque su forma triangular me recuerda la Santa Trinidad. Me gusta dar y recibir regalos porque me recuerdan que Dios amó tanto al mundo que «dio a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). Me gustan las luces navideñas porque me recuerdan que Cristo es la luz del mundo (Juan 8:12). Me gustan los nacimientos porque me recuerdan que el propósito de la Navidad es ese: celebrar el cumpleaños de Cristo.
El llamado “espíritu Navideño” se siente en las calles y en las plazas... ¿pero en nuestros hogares? ¿Qué de nuestra vida?
Lo que trato de decir es que, aunque tenemos recordatorios a nuestro alrededor de lo que en realidad significa la Navidad, hemos olvidado el significado. Al ver el pinito, pensamos en cuántos regalos vamos a recibir. Cuando vemos las luces, pensamos en lo bonito que se ven. Cuando vemos el nacimiento, nos maravillamos en lo bien arreglado que está.
Pero Cristo queda totalmente fuera de la celebración. Hemos olvidado al celebrado. Se nos olvidó de quién se trata la fiesta. En lugar de Cristo, hemos convertido la Navidad en compras, estrés, tráfico, bebida y comida.
Amigo, en esta Navidad, te reto a descubrir al verdadero propósito de ella: Cristo Jesús.
La Biblia, la Palabra de Dios, dice que «cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo» (Gálatas 4:4). ¡Imagína eso! Dios ya tenía bien planeado mandar a su propio Hijo al mundo.
¿Y por qué lo mandó, te preguntarás? Bien, la Biblia responde a esa pregunta también: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (I Timoteo 1:15). Al venir Cristo al mundo, Él tenía un propósito en mente: salvar a todos los pecadores.
Mira, esto que sigue es bien importante: Dios dice en su Palabra que «no hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay quien... busque a Dios... No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Romanos 3:10-12). Además dice: «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Hago hincapié en la palabra todos. Eso te incluye a ti, eso me incluye a mí. Eso incluye a todo ser humano en el planeta.
Entonces, si Cristo vino al mundo a salvar a pecadores, y todos hemos pecado... ¡Cristo vino al mundo a salvarte a ti, y salvarme a mí!
“¿Salvarme?” te preguntarás. “¡Salvarme de qué!” La Biblia es clara al respecto: todos los pecadores merecen morir en el infierno a causa de su pecado (Romanos 6:23; Apocalipsis 21:8). Si alguien te ha dicho que el infierno no existe, lee los Evangelios. Cristo habló del infierno una y otra vez. Es un lugar literal, a donde irán los pecadores.
¡Pero escucha la buena noticia! Si decides poner toda tu fe en Cristo, y crees en Él de todo corazón, y decides hacerlo el Señor de tu vida, y le pides que sea tu Salvador, entonces recibirás el regalo de Dios, la salvación. La Biblia dice que la salvación es un regalo: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe (en Cristo)» (Efesios 2:8).
¿A quién no le gustan los regalos? Mi deseo para ti en esta Navidad es este: que recibas el regalo de Dios, la salvación que es a través de Su Hijo Jesucristo, quien vino al mundo para morir por los pecados del mundo.
Tú puedes ser salvo hoy, si decides seguir a Cristo con todo tu ser, y si te conviertes en Su discípulo. ¿Qué harás esta Navidad?
Aquí está el último capítulo. Casi que no lo termino. Y ya saben que con tantas cosas en Navidad, me fue dificil tener tiempo de escribir. ¡Pero aquí está! ¡Recién salidito del horno! ¡Que les guste!
Capítulo IV
En Noche Buena nunca abro la relojería. De todas maneras nadie vendría. Así que esa mañana me levanté tarde, algo que normalmente no hago. Desayuné cereal con fruta, y me tomé un café mientras veía las noticias. Las apagué porque las únicas noticias que daban eran malas y deprimentes, de secuestros, robos, y gente sin corazón y sin escrúpulos.
Me senté a leer la novela de García Márquez que estaba leyendo, y un par de horas después me puse a envolver los regalos de Violeta y Fer.
No había mucho que hacer. Sin relojes que reparar, la vida es algo aburrida. Aún así fue refrescante tener un buen tiempo de quietud para leer, sin clientes demandantes con malas actitudes.
Inclusive me tomé la libertad de tomarme una pequeña siesta en la tarde, hasta que me despertó el teléfono. Contesté, y era Violeta. «Ya vamos para allá» me dijo. Me puse una camisa, un gorro, y metí a mi mochila los regalos y una bufanda (por su las dudas). Pronto llegaron Violeta y Fer.
Estuvimos en mi casa como por tres horas, tomando café, cenando pavo y viendo una película. A eso de las diez, salimos a caminar. Las calles estaban pobladas por niños ansiosos por tronar cohetes y abrir regalos, y por familias grandes que no cabían dentro de sus casas.
Caminamos unas cuantas cuadras rumbo a la avenida, en donde estaba el reloj: nuestro lugar favorito para pasar noches platicando. Era un reloj no muy grande, estilo el Big Ben, pero en miniatura y cuadrado. Lo suficientemente bonito como para pasar un tiempo allí, sentados en una de las bancas en la placita alrededor del reloj, con la luna encima de nosotros y las pocas estrellas que aún se ven a pesar de la contaminación.
—Esto es para ti—le dije a Violeta dándole un sobrecito blanco.
—Pero todavía no es Navidad, Pinocho—me dijo.
—Ya lo sé, ese no es tu regalo de Navidad. Pero no lo puedes abrir hasta media noche.
—Bueno—dijo ella. Lo guardó, y sacó de su bolsa una pequeña cajita negra y me la dio. —No son aretes, por si te lo estás preguntando—me dijo—. Y no la puedes abrir hasta media noche, ¿eh?
—Está bien—dije sonriendo—. ¡Cuanto suspenso!
Ben, en medio de nosotros, dijo, —¿Y yo qué? ¿A mi nada?
—A ti al rato, no seas impaciente—le dije.
—¿Al rato cuando?
—Cuando sea Navidad.
—¿Pero cuándo va a ser?
—Mira—le dije, apuntando hacia la cara del reloj—. El reloj marca la hora con campanadas. Cuando suenen las doce será Navidad.
—¿Doce campanadas? ¿Falta poquito, espero?
—Ya no falta casi nada—dijo Violeta.
No hacía mucho frío, pero el aire que corría era fresco. Pocos autos circulaban las calles, y ya se escuchaban el tronar de cuetes por niños impacientes.
Finalmente, el reloj comenzó a cantar, ese canto bonito e intermitente. Nos pusimos de pié, y cuando terminó la doceava campanada, nos dimos un abrazo de oso.
—Feliz Navidad, Violeta.
—Feliz Navidad, Pinocho.
—¡Feliz Navidad a todos!—dijo Fer. Segundos después gritó, —¡Ahora sí! ¡A darnos nuestros regalos! ¡Rápido, siéntense!
Nos sentamos de nuevo en la banca. El cielo se iluminó por un solitario cohete que surcó el aire con destino—pareciera—a la luna, pero súbitamente tronó y se convirtió en diversas luces verdes y rojas. Como si esa fuera la señal de entrada, una multitud de cohetes comenzaron a iluminar la noche.
—Antes de que te de tu regalo, voy a abrir la cartita que me diste—dijo Violeta. Abrió el sobre y sacó un billete de a doscientos.
—Ganaste—le dije—. No nevó. Pero algún día, tal vez—agregué mirando al cielo.
Violeta se rió. Luego dijo, —Abre lo que te di.
Saqué la cajita, y Violeta metió la mano en su bolsa, tal vez para sacar mi regalo. Al quitarle la tapa a la cajita pude ver un billete de a doscientos pesos.
—¿Qué? ¿Por qué? Si no nevó.
Violeta estaba sonriendo. —Vamos a pensar que sí—. Y entonces levantó su mano, y en ella tenía una lata de aerosol, de la cual salió espuma blanca disparada hacia arriba. La lata decía «nieve artificial» en un costado, de esa nieve que se usa para decoraciones.
Pronto la nieve artificial comenzó a bajar, lentamente, rodeándonos por completo.
—¡Está nevando!—gritó Fer levantando las manos—. ¡Sí parece! ¡Está nevando!
No pude evitar reírme y extender las manos. Vaya que sí parecía. Por un momento, por unos cuantos minutos, al tener toda esa nieve a mi alrededor y en mis hombros, imaginé que tal vez sí, en realidad era nieve cayendo por toda la ciudad.
—Eres increíble—le dije.
Violeta sonrió. Extendió la mano y dejó que en ella reposara un poco de nieve. Luego me miró, con una enorme sonrisa, y dijo: