Comía con mi hermana en el comedor de la universidad cuando ella me preguntó si me había molestado con un comentario que cierta persona había hecho. Como el comentario había sido inofensivo, sólo un poco sarcástico, yo intenté ocultar mi leve fastidio, sin embargo mi hermana lo notó. Al preguntarle, «¿Cómo te diste cuenta?», me respondió, «Te conozco».
Hay personas que nos conocen bien; inclusive muy bien. Sin embargo, nadie jamás puede conocer nuestros pensamientos y sentimientos más internos sino Dios. El Salmo 139 es increíblemente poético. En el, David narra la omnipotencia de Dios para no solamente crearnos, sino conocernos profundamente. Dios sabe a dónde vamos y por qué; Él sabe el motivo de nuestras palabras. Me encanta la frase del versículo 5: «Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano». ¡La presencia del Dios Altísimo nos rodea como la gallina cubre a sus polluelos! ¡Nada se escapa de su presencia! Jonás intentó escapar del ojo de Dios al escabullirse por la noche, pero a Dios «lo mismo [le] son las tinieblas que la luz». Dios fue quien nos formó desde el principio, antes de nacer, antes de soltar el primer grito en manos del doctor. David revienta en alabanza (vs. 14) y exclama: «¡Cuan preciosos me son , oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuan grande es la suma de ellos!» (17).
David está tan anonadado por la increíble grandeza de Dios que su única reacción es la que nosotros debemos tener ante el Dios omnipotente: un corazón humillado y deseoso de vivir en santidad. «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón» dice David. «Pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (23-24).
No me he perdido en mi cuarto solamente porque es pequeño. Soy una persona que simplemente no es buena para ubicarse. Aún hasta hoy no recuerdo los nombres de las calles que recorrí miles de veces en mi ciudad, y todavía me confundo con los nombres de las calles que circulan alrededor de la universidad.
Ayer me di cuenta, una vez más, de mi problema de desubicación. Entré al supermercado por la noche, después de un largo día de trabajo, y saqué de mi bolsillo mi pequeña libreta negra con cuatro letras impresas en la tapa de cartón («MEMO»). Allí tenía la lista de compras.
Una amiga me había dado la segunda parte de la lista, y mi meta era comprar esos diferentes productos alimenticios para disfrutar de unos tacos de chorizo con huevo para la cena del próximo día. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no tenía la menor idea de dónde encontrar algunas de las cosas. ¿Crisco? ¿Y eso qué es? ¿El nombre de un payaso?
Miré esos anuncios en la entrada de cada pasillo que ubican a gente como yo, pero porque no tenía mucho tiempo (y por desesperado), llamé a mi amiga y, para economizar tiempo y esfuerzo, le pregunté dónde podía encontrar lo escrito en la lista, sobre todo porque no veía ningún pasillo en donde se vendieran payasos con nombres ridículos.
Para mi sorpresa, mi amiga me pudo ubicar perfectamente bien, y de memoria. «Te vas hasta el final, por donde venden los huevos, y en la esquina venden el chorizo. Las tortillas están allí también, si las quieres de harina. Para los frijoles tienes que ir al tercer pasillo…».
Increíble. Se nota que no visito el supermercado mucho. Aunque algo me dice que, inclusive si lo hago, de todas maneras me voy a extraviar más veces de lo que jamás admitiré.
Según el Evangelio de Lucas, Cristo acostumbraba ir a la Sinagoga en el sábado. Es increíble que el Dios del universo, el Creador de todo, fuera a la Sinagoga, una institución creada por el hombre para adorarle a Él.
En el tiempo del exilio, el pueblo de Israel no tenía un templo dónde adorar, y siguiendo la costumbre de la oración dada por el Rey Salomón en II Crónicas 6:38, los judíos oraban hacia Jerusalén; aún así no contaban con un lugar visible, un templo. Fue el «espíritu de devoción y oración que se sintió en el período del exilio [lo que] llevó a los orígenes de la Sinagoga» (Kohler, 16). Fueron personas laicas de suma devoción, quienes «temblaban con asombro al nombre de Dios», quienes crearon la Sinagoga en el tiempo del exilio como un consuelo y esperanza del Mesías que había de venir (Kohler, 26).
La Sinagoga era bastante diferente al Templo. No había sacrificios, ni incienso, ni una construcción impresionante. Era un lugar en donde aquellos que temían a Jehová podían reunirse y adorar en canto y al escuchar la lectura y enseñanza de las Escrituras. La Sinagoga, pues, dio a la pueblo judío la inteligencia y conocimiento que el Templo nunca dio. Este lugar se convirtió, verdaderamente, una «casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56:7), un lugar en donde gente normal podía adorar al Dios real y tener comunión con Él.
En los Evangelios vemos que Cristo enseñó regularmente en la Sinagoga, así que se puede concluir que nuestro Señor aprobaba de ella. La Sinagoga era y sigue siendo una parte vital de la vida judía tradicional.
Con el conocimiento provisto en este artículo, el lector deberá ser capaz de entender mejor estos grupos e instituciones y cómo impactaron la vida cotidiana en los tiempos nuevo-testamentarios, y cual fue su rol en las vida de Cristo y Sus apóstoles. Los Creyentes deberán tomar este conocimiento y aplicarlo a la lectura diaria de la Biblia, y sacarle así provecho, sabiendo que todo lo escrito en la Biblia tiene un propósito y una razón específica para haber sido inspirado.
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Citaciones:
Kaufman Kohler, The Origins of the Synagogue (New York: The MacMillian Company, 1929).
Las puertas automáticas se abrieron y entré al lobby del aeropuerto, con mi hermana pisándome los talones. Las filas para el chequeo de los boletos no eran tan largas, lo cual me tranquilizó un poco porque estábamos un poco tarde para el vuelo de mi hermana.
El hombre de los boletos—un señor de cabello blanco y nariz chata—me recibió con una sonrisa. Le pregunté que si mi hermana podía registrarsecon él, o si tenía que usar la computadora de registro automático.
—Ella puede hacer lo que se le antoje—me dijo. Su respuesta me sorprendió un poco. Una nunca espera que le respondan con una indirecta, y menos de un empleado de una aerolínea. Repetí mi pregunta, no porque no lo había oído bien, sino porque la respuesta no satisfizo mi pregunta. Extrañamente, el hombre me contestó con las mismas palabras exactamente, sin siquiera mirarme a los ojos. Llegó mi hermana (porque yo había caminado rápido) y sacó sus boletos. Se los entregó al hombre.
—¿Podemos subir las maletas de una vez?—pregunté, refiriéndome a si las podíamos poner en la pesa para ver si no teníamos que pagar extra por sobrepeso. El Sr. Gracioso me respondió con gran sabiduría: «Ella puede hacer lo que se le antoje».
¿A sí? ¿Lo que se le antoje? ¿Y si se le antoja levitar? ¿Y si se le antoja pedirle a usted un millón de dólares? ¿Y si se le antoja darle la vuelta al mundo en treinta segundos? ¿Y si se le antoja traer veinte maletas con ella? ¿Y si se le antoja hacer un dueto conmigo de guitarra y violín encima de su mesa? ¿Puede hacer lo que se le antoje? No lo creo, Sr. Sólo-respondo-con-indirectas. No dudo de la capacidad de mi hermana para hacer cosas difíciles, de lo que dudo es de su capacidad mental para responder sencillas preguntas por un hombre frustrado porque está tarde para el vuelo de su hermana; de lo que dudo es de que. . .
Hmmm. . . Qué fácil es frustrarse, ¿no? Qué fácil es que una persona le arruine a uno el día, siempre y cuando esa persona sepa dónde pegarnos. Cuando nos dan en ese punto, la mecha se enciende y lamentablemente es corta muchas veces.
Si no estamos en guardia, caer en pecado es sencillo. Nuestro corazón es engañoso (Jeremías 17:9); si pudiéramos verlo bien, si pudiéramos examinarlo a fondo, si pudiéramos ver cada aspecto de él, terminaríamos horrorizados.
Mucha gente piensa que son «buenas personas», y puede que lo sean (bajo los estándares morales del mundo), pero basta que alguien les de en ese talón de Aquiles y adiós a la sonrisa. Súbitamente brotan todo tipo de gritos, maldiciones, golpes, muecas, y amenazas.
Hoy es un buen día para examinar nuestro corazón. La Palabra dice: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
Jesucristo, poco antes de Su crucifixión, estuvo delante del Sanedrín y, después de ser acusado de blasfemia, fue sentenciado a muerte.
El Sanedrín fue un concilio de líderes con autoridad religiosa y civil en Israel. Los orígenes del Sanedrín son algo inciertos, pero la tradición Rabínica clásica sostiene que el Sanedrín tiene sus inicios en el tiempo de Moisés, quien constituyó un Concilio de setenta ancianos; un total de setenta y uno con Moisés mismo como el líder.
En los tiempos de Cristo, el poder del Sanedrín se estaba extenuando. De acuerdo con Hugo Mantel, el poder del Sanedrín durante el reino de Herodes era limitado solamente a cuestiones religiosas, y «bajo los procuradores Romanos la situación empeoró para los Fariseos, pues el Sanedrín era ahora privado frecuentemente inclusive del derecho de juzgar casos civiles» (Mantel, 55).
Hay diferencias de opinión en cuanto el número de Sanedrines que existieron, pero dos es el número más aceptado; un Sanedrín político y uno religioso. El Sanedrín Religioso, o el «Gran Bet Din», era dirigido por el presidente, el «Nasi», y el vicepresidente, el «ab bet din».
El Sanedrín jugó un rol importante en los Evangelios. Aunque la mayoría de las veces da una mala impresión, no todos sus miembros eran antagónicos hacia Cristo. Nicodemo era un miembro del Concilio cuando fue a Jesús de noche y le hizo esa gran pregunta acerca del nuevo nacimiento (Juan 3:1,4). José de Arimatea era no solamente un miembro distinguido del Sanedrín (Marcos 15:43; Lucas 23:50), sino también un discípulo de Cristo (Mateo 27:57). Ambos hombres enterraron el cuerpo de Cristo después de Su muerte (Juan 19:38-39).
Lamentablemente, es el Sanedrín quien sentenció a Jesucristo a muerte, y quien después sentenció a Estéban a morir apedreado. Así que aunque estos hombres intentaban servir a Dios, las palabras de Gamaliel eran ciertas en cuanto a ellos: en lugar de servir a Dios, luchaban contra Él (Hechos 5:39).
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citas:
Hugo Mantel, Studies in the History of the Sanhedrin (Cambridge, Mass.: HarvardUniversity Press).
INSTITUCIONES JUDÍAS Y SU RELEVANCIA EN EL NUEVO TESTAMENTO
por Emanuel Elizondo Orozco.
Parte 1
La Biblia está llena de personajes. Leerla es como leer un libro en donde las diferentes personas, instituciones y grupos juegan un papel importante en los eventos narrados para el lector, y es importante para el estudiante del Nuevo Testamento, y para los creyentes en general, estar familiarizados con esos grupos e instituciones para que así la lectura de las Escrituras se convierta en un estudio provechoso, profundo, e inclusive divertido.
En este artículo se analizará un grupo y dos instituciones: los Fariseos, el Sanedrín, y la Sinagoga. Su historia básica, credo, e impacto en el Nuevo Testamento se analizará con el propósito de proveer al lector un más amplio entendimiento de los roles que estos grupos tuvieron en la vida de Cristo, Sus discípulos, y la Iglesia.
Los Fariseos
Jesucristo, estando en la montaña, dijo a Sus discípulos: «Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 5:20). Ese poderoso dicho confunde y sorprende a muchos hoy en día de la misma manera que probablemente confundió a muchos el aquel día en que Cristo lo pronunció. Después de escuchar tal declaración, un par de preguntas vienen a la mente. ¿Quienes fueron los Fariseos? ¿Que tan justos eran?
En cuanto a la primera pregunta, los orígenes de la secta de los Fariseos no se saben por completo. En su libro, The Pharisees (Los Fariseos), R. Travers Herford dice que el Fariseismo comenzó probablemente con el ministerio del profeta Esdras (19). Fue Esdras quien exhortó a los judíos a separarse de los gentiles y conformarse al Torá, la Ley de Dios. Esdras fue llamado el Sopher, el Escriba, y de él vinieron los llamados Sopherim, o los «Hombres del Libro». Los Sopherim y los Hasideos—cuyos orígenes también son inciertos—son probablemente los padres de los Fariseos porque, en esencia, son iguales.
El nombre Fariseo, que quiere decir «separado», apareció durante el reino de Juan Hyrkanus (135-105 B.C.) (Herford, 29) y fue usado para referirse a un grupo de personas quienes tenían el Torá y la tradición verbal en alta estima. Eran llamados «separados» porque no se asociaban con los am-ha-arets, la «gente del pueblo», aquellos quienes no observaban las leyes del Torá en cuanto al diezmo, pureza, oración, etc.
Los Fariseos y los Saduceos tenían una aguda diferencia en cuanto a la interpretación del Torá. Los Saduceos no iban más allá de lo que dijera el texto, mientras que los Fariseos mantenían el Torá y la tradición verbal en gran autoridad. Mateo 15:1-9 es un ejemplo de cómo veían los Fariseos la tradición verbal. El Evangelio narra que los Fariseos se indignaron porque los discípulos de Cristo habían «quebrantado la tradición de los ancianos» al comer sin lavarse las manos, a lo cual Cristo respondió con una fuerte reprimenda, llamándolos hipócritas y acusándolos de enseñar los mandamientos de hombres como si fueran la Ley de Dios.
Los Fariseos eran reconocidos como líderes y a menudo hablaban en representación del pueblo. Eran celosos de la Ley, eran parte del Sanedrín, y tuvieron autoridad inclusive de mandar guardias para arrestar a Cristo cuando hizo algunas declaraciones escandalosas acerca de sí Mismo (Juan 7:32).
Los Fariseos juegan un rol prominente en los Evangelios. Son regañados por Juan el Bautista en Juan capítulo 3. Cristo los cuestiona repetidamente a través de los Evangelios (Mateo 16:1; 19:3; Lucas 11:53), los critica severamente (Mateo 23:13-35), e inclusive advierte a Sus discípulos en contra de ellos (Mateo 16:6, Marcos 8:15, Lucas 12:1).
Sin duda alguna, los Fariseos daban una apariencia de justicia. Obedecían la Ley a detalle, ofrecían largas oraciones (Lucas 20:47), y diezmaban meticulosamente (Mateo 23:23). Si los Fariseos eran hombres que veían las Escrituras como un tesoro y la seguían con gran esmero, ¿por qué Cristo exhortó a Sus discípulos a exceder su justicia? John MacArthur, en su Biblia de estudio, explica que Cristo estaba llamando a Sus discípulos a internalizar las Escrituras y a no conformarse a ella de forma externa. Además, las Escrituras son claras: la única forma en que una persona puede ir al cielo es a través de la justicia imputada de Cristo Jesús en el creyente, y no por la justicia del individuo (MacArhur, 1256).
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citas:
Herford, R. Travers. The Pharisees. New York: The Macmillian Company, 1924.
MacArthur, John. La Biblia de Estudio MacArthur. Grand Rapids: Editorial Portavoz, 1997.
Lamentablemente muchos confundimos justificación con santificación. Personalmente encuentro que a diario tengo que recordarme la diferencia entre ambas porque es muy fácil para mí pensar que, depende de lo que haga o no haga, Dios va a cambiar cómo me ve. Pero el cristianismo verdadero hace una diferencia entre la justificación y la santificación que es clave.
Primero, explicaré los términos.
1. Justificación—es un término legal (Romanos 5:1). Sucede cuando Dios nos salva en el momento de nuestra conversión. Dios, al imponernos la justicia de Cristo, ve ahora a Cristo en nosotros y no nuestro pecado, dándonos la vida eterna y paz para con Dios. (Virtualmente sinónimo con «expiación»).
2. Santificación—comienza al momento de nuestra salvación y progresa a partir de allí. Es vivir la vida cristiana por la gracia que da Dios para vivir en buenas obras y siguiendo los pasos de Cristo. Es un acto de adoración, y no tiene nada que ver con ser salvado (justificado, expiado), pues la santificación comienza cuando ya somos salvos.
Así que, la justificación sucede una sola vez en el momento de nuestra conversión, mientras que la santificación comienza al momento de nuestra justificación y es progresiva. Concuerdo con Grudem, la justificación es una obra completamente hecha por Dios, pero la santificación es un acto conjunto con Dios (746).
En la justificación, la ira de Dios es aplacada, mientras que en la santificación, Dios es agradado. La santificación no nos da ni salvación ni nos trae más gracia; es un simple acto de adoración y obediencia a Dios. De hecho, esas buenas obras que hacemos para crecer en nuestra santificación, Dios «las preparó de antemano para que anduviésemos por ellas» (Efesios 2:10).
Es importantísimo entender esas dos diferencias, de lo contrario es fácil caer en el legalismo. Cualquiera que cree que mientras más haga, más se gana el cielo, no cree en el cristianismo bíblico, y está despreciando la obra de Cristo.
La persona que cree que sus actos le dan «más puntos» está diciendo, «La obra de Cristo no fue suficiente, yo le debo agregar algo más».
Escribo esto porque es un tema no solamente fascinante, sino uno con el cual yo también lucho a diario. Yo creo que el hombre es legalista por default. Creemos que tenemos que hacer algo para ganarnos mérito y entrada al cielo. Es por eso que el cristianismo verdadero es radicalmente diferente a las demás religiones.
¡Vivamos a la luz de esta hermosa doctrina! ¡Hemos sido justificados, ahora vivamos para Cristo!
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Ver Teología Sistemática por Wayne Grudem. Aunque no concuerdo con toda su teología, es mi sistemática favorita (junto con Erickson).
«Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» Efesios 5:16.
Cuando era niño mis juguetes favoritos eran unas pequeñas figuras de acción llamadas «G.I. Joe's». Eran unos soldaditos que venían con varios accesorios, y me divertí horas jugando con ellos. De hecho aún tengo guardados varios de los monitos, como una memoria de mi infancia. Recuerdo que mientras jugaba con ellos, varias veces me pregunté si algún día llegaría a aburrirme de jugar con ellos. «¡Jamás!» pensaba yo. ¿Cómo podía aburrirme de tanta diversión? Y sin embargo, el tiempo ha pasado y han pasado prácticamente al olvido. Están allí, en una caja, como un bonito recuerdo.
Qué rápido pasa el tiempo, ¿no? Parece que tan sólo ayer me ponía la corbata para ir a la escuela. Y ahora, algunos de mis amigos de infancia están esparcidos por el país, inclusive el mundo, y cosas que me gustaban me han dejado de gustar.
Pablo nos manda a que aprovechemos bien el tiempo. ¡El día de hoy es una nueva oportunidad! Hoy podemos arreglar lo descompuesto, enderezar lo encorvado, levantar la cabeza, mirar hacia el cielo, caminar con pasos firmes, y dar gracias a Dios por la vida que nos ha dado. «Hoy» pronto será «ayer». Así que hoy tenemos la oportunidad de hacer de «hoy» un día provechoso, inclusive memorable.
En Efesios 5, el Espíritu Santo por medio de Pablo nos exhorta a dejar lo que no vale la pena y vivir como hijos de Dios. Nos manda a andar en amor y no inmundicia puesto que «en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor» (Efesios 5:8). Después, en el versículo 15 del mismo capítulo, Pablo nos manda a que nos examinemos internamente: «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios».
Así que, creo que es bueno analizarnos a nosotros mismos, deshacernos de la maldad que pueda haber en nuestra vida, y seguir a Cristo con alegría, gozo y emoción.