Prioridades

“Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” Lucas 12:15.

Mi papá me contó la historia de un hombre que en una ocasión sacó su cartera de su bolsillo, la elevó, y dijo: “Este es mi dios”. 

Aunque no muchos expresan su amor al dinero de la manera tan gráfica que este hombre lo hizo, la avaricia es una realidad en la vida de muchas personas.

Muchos de los países Latinoamericanos tienen problemas horribles de corrupción. ¿Por qué? Por la avaricia. El diccionario de la Real Academia Española tiene una definición muy interesante para la palabra avaricia: “Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”.

Hoy en día el sueño mexicano es igual al llamado sueño americano: tener más cosas. Sin duda alguna no es pecado disfrutar del resultado del esfuerzo honesto (Ec 2:24), y por supuesto que Dios quiere que disfrutemos de lo que nos da (1 Tim 6:17), pero cuando el trabajo se convierte una obsesión con el objetivo de obtener más dinero, entonces la ruina espiritual y moral está a la esquina.

Amar al dinero tiene terribles consecuencias. La Biblia dice, “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10). Es irónico que el amor al dinero traiga dolores, ya que mucha gente busca el dinero precisamente para evitarlos. El amor al dinero es tan fuerte que puede atrapar a quienes dicen conocer a Cristo. Por eso dice Pablo que algunos “se extraviaron de la fe”.

Nuestra actitud hacia el dinero debe ser como la de un administrador. Debemos saber que el dinero que tenemos le pertenece a Dios, y que somos responsables de usarlo bien. Así que debemos de primeramente separar nuestra ofrenda a Dios, y luego usar nuestro dinero debidamente, disfrutándolo y administrándolo para la gloria de Dios.

Pídele a Dios que te ayude a administrar tu dinero correctamente, y a verlo de una manera bíblica.

El Espíritu en Nosotros

“Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” Romanos 8:9b.

Caminaba con un amigo por las calles de un pueblo en las montañas de San Luis Potosí invitando a las personas a un evento especial que se llevaría a cabo en una iglesia a la cual ayudábamos en ese tiempo. Un señor de ojos de color y tez blanca nos detuvo y nos preguntó si éramos Cristianos. Al decirle que sí, nos dijo que él también, y nos preguntó si teníamos la borrachera del espíritu. Al instante supe que algo andaba mal. Pronto el hombre comenzó a balbucear y a hablar incoherencias, así que nos retiramos de allí algo tristes, con el hombre gritando a nuestras espaldas.

Hoy en día hay mucha confusión en cuanto al Espíritu Santo. Mucho de lo que se hace en nombre del Espíritu es en realidad una blasfemia contra Él.

La Biblia enseña que aquellos que verdaderamente son Cristianos tienen al Espíritu Santo morando en ellos. Aquellos que se han arrepentido y han creído en Cristo de todo corazón han sido sellados por el Espíritu. Pablo lo dejó muy claro: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).

El verdadero creyente sabe que no necesita de “segundas unciones”, extrañas manifestaciones o cualquier otra señal extra-bíblica para saber que tiene al Espíritu. 

El Espíritu Santo está bastante involucrado en la vida del Cristiano. Por ejemplo, es el Espíritu quien nos da la fortaleza para vivir una vida espiritual y no carnal (Rom 8:9a). Él nos ayuda a pedir cuando no sabemos cómo hacerlo (Rom 8:26). Y hay muchas otras funciones que Él hace en nuestras vidas.

Es una maravilla saber que tenemos a un Consolador junto a nosotros (Jn 14:16). No importa qué clase de día has tenido o estás por tener, hay algo que debes saber por seguro: si eres de Cristo, no estás solo.


Si hoy pasas por una dificultad, recuerda: no estás solo. Dios está contigo.  

La Mies es Mucha

“Las mies [cosecha] a la verdad es mucha, mas los obreros pocos” Mateo 9:37.

Hoy en la tarde, pasando por un crucero, me encontré con un joven vestido en una toga café. En la frente tenía pintado un punto de color también café. Me dijo que por una donación de cualquier cantidad podía obtener uno de los libros que ofrecía. Libros acerca de espiritualidad, reencarnación, y meditación trascendental.

Este muchacho estaba bastante seguro de lo que creía, o al menos así parecía, pues no le daba pena andar por las calles vestido de esa manera. Y sin embargo, la filosofía que creía estaba completamente errada.

Hoy vivimos en un mundo de tolerancia. Un mundo en donde todas las ideas son igualmente válidas, en donde todos los caminos llevan a Roma, y en este caso, Roma es el cielo o algo parecido. No hay absolutos. Todo es relativo. Todo es bueno dependiendo del punto de vista.

El mundo anda sediento, buscando algo que satisfaga su deseo interior de encontrar significado en la vida. El mundo encuentra su satisfacción en la religión, el dinero, la familia, la fama, las drogas, el entretenimiento, y en casi cualquier cosa.

Cristo decía hace dos mil años que la cosecha estaba lista para ser recogida, pero no había suficientes obreros. ¡El día de hoy es igual!

¿Dónde está la cosecha? La cosecha es tu primo, tu amigo de la facultad, tu compañero de trabajo, tu vecino, la gente a tu alrededor. ¿Y los obreros? Los obreros somos nosotros.
De alguna u otra manera puedes llegar a la cosecha. Quizá es invitando a tu amigo a un café, o dejando un folleto en el restaurante, o quizá escribiendo algo en tu página de Facebook. Pero de alguna u otra manera, debes de ser uno obrero listo y disponible para cosechar.

¿Qué vas a hacer hoy para ser un obrero de Dios?

El Pastor de las Naciones

“Alégrense y gócense las naciones, porque juzgarás a los pueblos con equidad, y pastorearás las naciones en la tierra” Salmo 67:4.

Leer las noticias internacionales no trae mucha alegría. Hoy en la mañana leí las noticias, y como siempre, es difícil encontrar una nota alegre. Mientras escribo esto, Siria se encuentra en guerra y se cree que ha utilizado armas prohibidas contra sus enemigos; las Naciones Unidas debaten la legalización de drogas; Turquía se ha disculpado por la violencia que usó contra manifestantes; y esos son sólo los titulares.

Muchos Cristianos padecen de pesimismo. Ven la decadencia moral en el mundo y no tienen nada bueno qué decir, mas que esperar la venida de Cristo y aguantar mientras que Él viene.

Hay que mantener un balance de perspectiva. Es verdad que el mundo está en pecado, y sin duda el mundo como lo conocemos será destruido y renovado…

¡Pero mira lo que dice el Salmista! Alégrense y gócense las naciones. Estas son palabras de júbilo y alegría. De hecho la palabra “gócense” es la palabra Hebrea ranan, que quiere decir “gritar de alegría”. Es un grito fuerte y claro, para que sea oído por otros. Inclusive esta palabra puede significar “cantar con fuerza”.

¿Y qué causa tanto júbilo? Dos cosas. Primero, que Dios va a juzgar con equidad, con rectitud, sin parcialidad. En un mundo de injusticia e impunidad, el saber que hay un Dios justo que todo lo ve nos debe causar tremenda alegría.

La segunda razón es que Dios pastoreará a las naciones. Pastorear quiere decir conducir o guiar. Sí, aunque en el mundo hay guerra, terrorismo, y maldad, Dios está guiando a las naciones de acuerdo a su plan soberano. Dios es el que “muda los tiempos y las edades; quita reyes y pone reyes” (Daniel 2:21).

Los Cristianos debemos de ver el futuro con suma alegría. Inclusive gritar de alegría, porque sabemos que tenemos un Dios que es el Juez y Pastor de las naciones. Qué gloriosa verdad.

¿Vale la Pena?

“Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?” Lucas 9:25.

“Cuando Alexandro vio lo vasto de su imperio, lloró, pues no había más mundos qué conquistar”. Aunque esta frase quizá es espuria, se atribuye al gran conquistador Alejandro Magno. Hay pocos hombres en la historia de la humanidad que han gobernado la mayoría del mundo conocido, y a muchos de ellos los recordamos, pero ya no son más que eso: historia. Sus imperios han desaparecido, y sus tesoros han sido robados o están en exhibición en algún museo.

Una de las más grandes ambiciones del ser humano es tener más cosas. Hay una frase en inglés que dice, “El que tiene más juguetes gana”. Es decir, el que tiene más dinero, más carros, más tierras, más gente, más aparatos, gana. Pero… ¿qué gana?

El Señor Jesucristo dice, “El que me tiene a mí gana”. Porque al final, lo único que perdura es el alma, y los únicos tesoros que no se destruyen son los espirituales.

Por eso dijo Jesús, “Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín [óxido] corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan” (Mateo 6:20).

¿Cómo podemos hacer tesoros en el cielo? Haciendo las cosas para la gloria de Dios. La Biblia dice, “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:23-24). 

Toma la Cruz

“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” Lucas 9:23.

Cuando se trata de compartir el Evangelio con otros, Jesús nos deja perplejos. Hoy en día escuchamos muchos “Evangelistas” que presentan el Evangelio como una alternativa fácil y bonita a la vida. Una especie de garantía a la mejor vida, como si convertirse en Cristiano fuera como ganarse unas vacaciones de por vida.

Cuando Cristo comparte su Evangelio, casi parece que no quiere que la gente se convierta. A unos les pide que vendan todo lo que tienen (Mat. 19:21), a otros que aborrezcan a su familia (Lu. 14:26), y en Lu. 9:23, Él pide negarse a uno mismo y tomar la cruz.

¿Por qué? La respuesta es sencilla. Cristo busca verdaderos discípulos. A Él no le interesa cantidad sino calidad. No está interesado en aquellos que “dicen” querer seguirlo, sino en aquellos que de corazón lo buscan. Como dijo el Salmista, “Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan” (Salmo 119:2).

Negarse a uno mismo es vivir para la ventaja de Cristo. En otras palabras, es vivir por y para Cristo, en lugar de por y para mí. Es estar dispuesto a hacer lo que Jesús me manda sabiendo que es lo mejor, y reconociendo que es lo que verdaderamente trae gozo al alma.

Quizá para nosotros la expresión “llevar la cruz” no es tan impactante como para los que la escucharon de boca de Jesús. En aquellos tiempos los criminales caminaban por las calles llevando un madero a sus espaldas mientras eran humillados por los soldados y la gente. Una persona que llevaba su cruz sabía que sólo tenía un destino: la muerte. 

De igual manera, el que quiere seguir a Cristo debe estar dispuesto a sufrir humillación, desprecio, e inclusive la muerte misma, por causa de Jesucristo. El Cristiano que lleva la cruz tiene una mentalidad decidida y sabe que ya no hay marcha atrás.

Pídele hoy a Dios que te de la poderosa gracia de Jesús para vivir una vida así: en negación, y con la cruz en la espalda.


Muertos a la Ley

“Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios” Romanos 7:4.

Imagina que un día abres tu correo electrónico y recibes una noticia que te deja aturdido. Un amigo te informa que la policía te está buscando, y que estás en la lista de los más buscados del país.

Al principio crees que es broma, así que buscas la lista de los más buscados, y para tu horror, allí está tu fotografía. Aún peor, te das cuenta de que la policía ya lleva cinco días buscándote… ¡y ni siquiera lo sabías!

Este ejemplo es ficticio, y quizá un poco exagerado. Pero escucha esto: sin Cristo todos están bajo condenación lo sepan o no. Pablo nos enseña que la ley se enseñorea de las personas mientras que estén vivas (Rom 7:1). La Ley de Dios nos juzga por nuestro pecado, nos maldice y nos condena.

Sólo hay una forma de estar libres de la condenación de la Ley. La muerte de Cristo. Por eso dice Pablo que lo que nos libró de la Ley fue “el cuerpo de Cristo”—una referencia a su muerte corporal en la Cruz.

Algunos Cristianos erróneamente creen que la libertad de la Ley es una libertad absoluta, pero más bien es una transferencia. Dios nos libra de la ley “para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos”. En lugar de estar bajo la condenación de la Ley, estamos ahora bajo el señorío de Cristo, en donde reina la gracia.

Pero la gracia reina para darnos el poder de llevar “fruto para Dios”. En otras palabras, la libertad de la Ley te ha hecho libre para obedecer a Dios y llevar fruto—es decir, llevar una vida santa y recta ante Él.