Falta Poquito

Qué bien se siente saber que en menos de un mes voy a caminar por la plataforma, vestido con una toga negra y con una sonrisa en la cara. No, no para recibir un premio por algún arte marcial, más bien... ¡me gradúo!

 

Después de cuatro años, muchas neuronas quemadas, y mucho dinero, podré decir al presentarme, "Dígame Licenciado". Así es, Licenciado en Medios de Comunicación, con una concentración en Psicología. Suena bien, suena bien.

 

Pero de todas formas, me faltan muchos estudios. En Agosto comienzo la maestría, así que tengo por delante muchos libros que leer y muchas respuestas que escribir en esas hojitas de alvéolos. Bueno, ni hablar. Dicen que uno nunca para de aprender.

Novela terminada... más o menos

Estoy contento porque ya terminé el segundo borrador de mi novela corta que se titula, «El Reino de los Elfos». Es una novela de fantasía y aventura para niños. La terminé hace casi un año, pero la fui editando poco a poco. Creo que ya quedó al menos decente, excepto por los errores de gramática que nunca parecen desaparecer, y estoy seguro que aún tengo errores de otros tipos, lo cual es normal en una novela que no ha sido revisada por un editor profesional.

 

Si alguien está interesado(a) en leerla, mándenme un mensaje y con gusto se las envío por email. No es nada increíble, no es un Pulitzer o Nobel, pero hey, al menos divierte un poco. (O eso espero).

 

Se me hizo interesante leer una nota hoy en el periódico que hablaba de John Grisham, el famoso y millonario novelista Americano que escribe thrillers legales. El artículo, titulado: «John Grisham no tiene ilusiones acerca de sus escritos», decía que el año pasado Grisham ganó nueve millones de dólares en ventas, y estoy seguro que con su nuevo libro, titulado «The Appeal», ganará otros millones más. Actualmente su libro es el número uno best seller en la lista del New York Times, y es el número dos en la lista de Amazon.

 

Pero lo más interesante del artículo fue la siguiente frase hecha por Grisham: "Te aseguro que no me tomo en serio lo suficiente para pensar que estoy escribiendo ficción literaria y cosas que serán recordadas en 50 años. No voy a estar aquí en 50 años; no me importa si me recuerdan o no. Es puro entretenimiento." Y después dijo que lo que intenta es escribir "ficción popular de alta calidad."

 

Me pareció interesante leer los pensamientos de uno de los autores más exitosos de hoy en día.

 

¿Cón el pié izquierdo?

El día de ayer decidí que, antes de ir al trabajo, me tomaría media hora en la mañana para disfrutar de un café y leer un poco. Así que hice los planes necesarios. Primero, me cercioré del horario del Café de la universidad. Lo chequé: «Abierto-7:30 am». Jeje. Peerfeectoo.

Puse mi despertador a las 6:30 de la madrugada, y efectivamente, me despertó a esa hora. Debatí por cinco minutos la locura que estaba por hacer. Podía cerrar los ojos y disfrutar de media hora más de sueño... no. ¡No! Me levanté, me bañé, me cambié, preparé mi mochila, y salí a mi encomienda.

Temperatura: unos cinco grados centígrados. Un cafecito no me caería nada mal (aparte, uno necesita la cafeína). Llegué al Café y caminé al mostrador.

Algunos de ustedes saben que mi experiencia en cuanto al café es bastante limitada. Osea, dicho de otra forma, no sé nada de café (con decir que la semana pasada aprendí a hacer café instantáneo usando una cafetera... ¡qué vergüenza!). Haberme levantado media hora más temprano de lo normal ameritaba tomar algo más que un simple y sencillo café. Gastaría uno o dos dólares más que lo de costumbre. Miré el menú pegado a la pared, por encima del mostrador, y seguramente mi cara reflejaba total confusión. La variedad era impresionante.

Expressos: Lattes, Capuchino, Breves, Americano, Expresso; Frozen: Coffee, Mocha, Chan; Specialty: Chai Tea, Machiato, Cafe Mocha, Steamer... la lista parecía ser interminable.

«Pero qué rayos», pensé. «¿Y cómo se supone que un ser humano puede saber qué quieren decir todas esas cosas? ¿Cual es la diferencia? ¿Habrá alguna? Tal vez todo es lo mismo y el precio varía para hacernos tontos a todos los clientes. Hmm...»

Terminé por hacer dos o tres preguntas claves a la muchacha detrás de la caja, y finalmente me decidí por un Capuchino porque he escuchado ese nombre antes. Me compré una galleta con chispas de chocolate, y me senté en una esquina, con mi Capuchino en mano, listo para disfrutar de una mañana de tranquilidad.

Abrí mi libro, y con una media sonrisa dibujada en mis labios le di un buen sorbo al café. Cuando el líquido pasó por mi garganta, estuve a punto de gritar. No solamente porque sentí que acababa de pasar lava ardiente, sino porque el sabor era horroroso. Por poco y escupo esa pócima, ese brebaje preparado con el único fin de destruir mis cuerdas vocales para siempre-- pero resistí el impulso. Me levanté, entré al baño, y tomé agua fría de la llave. Creo que salió humo de mi garganta.

Salí, tomé dos paquetes de azúcar, y los vertí sobre ese líquido color café que estaba dentro de mi taza. Meneé con fuerza para contrarrestar el amargo sabor, y después de soplarle como si fuera una sopa instantánea, me llevé la taza a la boca, con manos temblorosas, listo para quemar mi garganta por segunda ocasión.

Gulp. Hey, nada mal. Ya con azucarcito es mejor. Perfecto. Ahora sí, a leer. Justo en eso se abre la puerta y entran dos señores, vestidos en jeans y camisas cuadriculadas, y uno de ellos cargando una escalera de aluminio color rojo.

"¡Buenos días!" grita. "Venimos a reparar las luces. Pero primero necesitamos que las apaguen para que no nos de un shock de electricidad o algo." Las luces se apagan. Por fortuna hay una especie de lámpara que me da suficiente luz para diferenciar las letras de mi libro.

Seguí tomando de mi café, tratando de ignorar la divertida y amena plática de los dos señores, hasta que finalmente se van después de reparar una luz. ("¡La primera tarea completada del día!" grita el sr. Escalera Roja antes de irse).

Ahora, yo no sé cómo preparan el Capuchino. Lo único que sé es que para cuando llevaba la mitad, sentía que todo mi cuerpo temblaba un poco. Mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza después de haber sido asustada. "¿Podré dormir en la noche?" me dije a mi mismo. "¡Y apenas son las 6:45!"

Vaya forma de comenzar el día. "Tal vez me levanté con el pié izquierdo". Pero luego pensé en lo absurdo de ese pensamiento. ¿Y si yo fuera zurdo? Ese comentario lo encontraba bastante discriminatorio.

Entonces decidí que no, no iba a dejar que circunstancias ajenas a mí afectaran mi comportamiento por el resto del día. No importa con qué pié me levante. No importa si un café quema mi garganta y destruye mi sentido del gusto para siempre (o al menos por el resto del día). No importa si dos señores arruinan la tranquilidad de mi mañana. Eso no importa.

Así que, cinco minutos antes de las ocho (suficiente tiempo para correr a mi trabajo), me levanté, le di las gracias a la muchacha por prepararme el brebaje ese (creo que lo dije de otra manera más correcta), y salí a la fresca mañana, dispuesto a conquistar el día.

El Tiempo Vuela

Las vacaciones de Navidad se están acabando de una manera increíblemente rápida. Tan rápidamente como se acaban las palomitas en los primeros minutos de una película; tan rápidamente como unos hot-cakes por la mañana (especialmente cuando por algún motivo no hubo cena la noche anterior); tan rápido como una Coca Cola bien fría en un día caluroso. No quiero ni pensar que en tan solo unos días estaré de vuelta en el aeropuerto, y después de eso hacer horario, compra de libros exageradamente caros que nunca volveré a leer en mi vida, las comidas del comedor de la Universidad, el pequeño cuarto en el que duermo, las múltiples tareas, las horas que duran menos de sesenta minutos, los proyectos, el trabajo, el internado, las desmañanadas... ahhh sí. Muy pronto, muy pronto.

Pero hey, hay que verle el lado amable a todo (si no pregúntenle a Chespirito); me gradúo en Mayo, vuelvo a ver a los amigos de la Uni, disfruto de las obras teatrales auspiciadas por la Uni, al igual que algunos de los conciertos. Y eso sí, el clima de la ciudad de allá es mucho menos caluroso que el de aquí.

Al principio regresar era algo difícil, pero ya estoy más que acostumbrado. Creo que la clave para el éxito cuando emprendemos algo nuevo, y especialmente cuando no hay para dónde hacerse más que seguir adelante es este: las cosas son como son; todo pasa por una razón, hay un propósito para todo. Y claro, siempre tener en mente que, después de todo, así es la vida.

Vacaciones

La semana pasada estaba tomándome un chocolate caliente junto con mi amigo P, un muy buen amigo mío méxico-coreano (él nació en México pero sus papás son coreanos, maestros de artes marciales) afuera del Café de la Universidad cuando llegó Al, otro amigo mío (de China) con una cara algo preocupada. Se sentó con nosotros y me preguntó, “Entonces, Emanuel, ¿vas a cambiar tu vuelo a este viernes?”

Yo le di un sorbo a mi chocolate con cuidado de no quemarme la lengua (como me sucede a menudo), traté de procesar la pregunta que acababa de escuchar, fruncí el ceño, y contesté: “No sé de qué me hablas. ¿Por qué voy a cambiar mi vuelo a este viernes si las vacaciones son hasta el jueves de la próxima semana?” Al casi gritó: “¿Qué? ¿No te has enterado? ¡Adelantaron las vacaciones para este viernes! ¡Nos adelantaron las vacaciones una semana!”

Tengo que admitir que como Al tiende a ser muy bromista, me tomó mucho tiempo en creerle. Mi amigo P decidió checar su e-mail y entonces supimos que sí, era verdad. La razón de que nos dejaran salir es porque hubo una epidemia de Pertussis en la Universidad. La Pertussis es como una gripa fuerte que puede llegar a ser fatal para niños pequeños y ancianos. Así que para evitar que se contagiara toda la Universidad, nos dejaron salir una semana antes.

Eso sí, todos los alumnos entramos en pánico porque al adelantar la salida, también se adelantaron los exámenes finales. Yo pensé que era el fin del mundo. ¡Cómo rayos voy a estudiar para mis exámenes! ¡Nos quitaron siete días de estudio! ¡168 horas! ¡10, 080 minutos!

Por fortuna la mayoría de los maestros acortaron los exámenes, y algunos hasta los cancelaron. Nada mal, nada mal.

Y entonces, el día de ayer llegué aquí a México, después de pasar todo el día volando dentro de pájaros metálicos. ¡México lindo y querido!

Shazam

Es para mi un placer anunciar (¿presumir?) que mi cuento sacó una "A" en la clase de taller literario. Sinceramente no me lo esperaba, ya que la maestra es bastante exigente. Así que cuando vi la calificación (en la comodidad de mi cuarto), no pude evitar dar un grito y un salto.

Un grito no tan fuerte como parecer un maniaco, ni tan leve, para no dar la impresión de que la calificación no me importó. El salto fue normal; ni tan alto como para golpearme en el techo y deformar la parte de arriba de mi cabeza (y arruinar el techo, de paso), ni tan bajo como para que pareciera que había tenido algún tipo de disfunción muscular en las piernas.

La cosa es que saqué una "A", y eso es lo importante. La historia se llama "El Mago", y se desarrolla en un crucero. Básicamente trata de un malabarista ruso que ya está algo grande de edad y tiene a cargo el show principal de la noche en el teatro principal del barco. Pero todo comienza cuando llega a bordo un mago, joven y talentoso, que amenaza con quitarle su trabajo.

Es interesante que la idea para este cuento no se originó de la forma en que normalmente comienzan mis historias. Casi siempre todo comienza con una imagen o series de imágenes. La última novela (corta) que escribí comenzó con la siguiente imagen: un niño sentado debajo de un árbol, algo asustado por la inesperada aparición de un pequeño ser: un elfo. Y de allí surgen las siguientes preguntas: ¿Quién es el niño? ¿Qué esta haciendo debajo de un árbol? ¿Quién es el elfo? ¿Es bueno, o malo? Y entonces comencé a teclear, y cincuenta mil palabras más tarde, ¡listo! Cuento terminado.

Pero en esta ocasión fue diferente. La historia comenzó con un "¿Qué Pasaría?". ¿Qué pasaría si el trabajo de un malabarista se ve amenazado por un joven mago?

Acerca de la locación—el crucero—pues lo que pasa es que este verano viajé en uno. Así que tenía a mi alcance información de primera mano, gracias a que por una semana observé algunas cositas que se filtraron a la historia.

Y ¿por qué un mago? Muchos de ustedes saben que me gustan las ilusiones, así que pude brindar un poco de "experiencia" a las escenas en donde el mago ejecutaba sus números mágicos. De hecho, mi parte favorita del cuento es cuando el mago hace un truco bastante simple y a la vez increíble en frente de varios artistas del barco.

Así que espero poner el cuento aquí en el blog pronto. Tengo que editarlo (la maestra me dio una hoja y media de comentarios) y traducirlo al Español. Ya ustedes decidirán si merecía la buena nota o no.

¿Qué qué?

Algunos me han preguntado qué quise decir con el post «Cinco Siete Cinco», escrito el 27 de Septiembre del 07. Bueno, es una forma de poesía japonesa que consiste en usar tres versos los cuales siguen el siguiente patrón: la primera línea tiene cinco sílabas, la segunda siete, y la tercera cinco de nuevo. El poema no rima, más bien se enfoca en una imagen. Eso es lo que intenté hacer con mi post. Si me salió o no me salió, no lo sé. Eso lo decide el lector. Léanlo de nuevo, y me encantaría saber su opinión al respecto.

Hermosa Tecnología

El Dr. J mira con intensidad la pantalla de la computadora frente a él. Su ceño se frunce lentamente, sus blancas cejas se acercan la una a la otra, juntándose cada vez más hasta casi formar una línea horizontal. El puente de su nariz aguileña se arruga un poco, y sus labios se arquean ligeramente hacia abajo. Yo, sentado en mi banco, sé perfectamente la situación. La computadora no está funcionando de nuevo, pienso.

 

La clase de Teorías de la Comunicación es una de las más difíciles de mi carrera. El Dr. J es un maestro excelente; tiene muchos años enseñando diferentes materias de comunicación, así que es un profesor muy reconocido en el cámpus.

 

Debo decir que es algo excéntrico. De complexión delgada, con lentes grandes y un cabello blanco perfectamente bien peinado. Sus pantalones están sujetos no con un cinto, sino con tirantes de piel. Siempre viste de traje, normalmente gris y cuadriculado, con zapatos cafés y algo viejos. Pero lo que lo distingue de todos los demás maestros de la universidad es que no usa corbata... usa moño. Y se enorgullece de ello.

 

No sé si el Dr. J odia la tecnología, o la tecnología a él, el asunto es que con regularidad tengo que aguantarme la risa en clase porque por alguna razón, casi siempre hay dificultades técnicas ya sea con la laptop o el retroproyector.

 

Por lo general la primera reacción del Profesor es fruncir el ceño. Da unos cuantos clicks más, mira hacia la pantalla en la pared, mira al retroproyector que se rehúsa a mandar la imagen, y regresa su mirada a la computadora. Click, click, click. Nada. Menea la cabeza en frustración y comienza a murmurar. «Estás jugando conmigo, ¿no? No puede ser, esto es increíble...».

 

Al final levanta de nuevo las manos y dice: "¡No lo puedo creer! ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Quién me la desconfiguró otra ves?". Es allí cuando uno de nosotros levanta la mano, hace una sugerencia, y dos minutos después algo mágico sucede y todo el equipo cobra vida.

 

Y así, después de que el Dr. J nos echa una mirada que refleja una mezcla de frustración, diversión y vergüenza (probablemente nota las sonrisas de todos nosotros), comienza a dar la clase.