Adoración en la Iglesia

Para lo que entienden inglés, este es un link a un tremendo sermón predicado por el Dr. Greg Mazak acerca de la música y adoración en la iglesia. Muy buen mensaje, me gustó bastante.
 

¡Nuevo semestre!

¡Comienza un nuevo semestre en el seminario! Desvelos, aquí vamos. Pero estoy emocionado. Más griego, más teología, más práctica.

Reseña: La Vida Cruz Céntrica


Esta es una breve reseña de "La Vida Cruz Céntrica" (The Cross Centered Life) por C.J. Mahaney.

Muchos vivimos la vida Cristiana pensando que el evangelio es algo del pasado y para otros. "Del pasado" porque creemos que fue un evento en el que alguien nos compartió la verdad de Cristo, la cruz, Su sacrificio, nuestro pecado y Su perdón. Fué una verdad que nos transformó la vida... pero algo que ya quedó atrás. "Para otros" porque vemos el evangelio como una verdad que debe ser pasada a aquellos que nunca han escuchado el verdadero evangelio de Jesucristo.

Y aunque sí, nuestra conversión (y por lo tanto nuestra justificación) suceden en el pasado, y aunque el evangelio debe ser compartido a otros, C.J. Mahaney una y otra vez hace incapié en que el evangelio es algo que todo creyente necesita hoy. "El evangelio no es sólo para los inconversos. Es para los Cristianos, también" escribe Mahaney en la página 85. Y de eso trata el libro: asegurarse de nunca dejar atrás el mensaje de la cruz.

En siete cortos capítulos, Mahaney demuestra que el evangelio--que Cristo murió por mis pecados--es una verdad que debe estar presente en la vida del creyente día con día y a toda hora. Es por la cruz que el creyente es salvo, recibe gracia, puede orar, y básicamente todo en la vida cristiana es posible gracias a lo que Cristo hizo en la cruz del calvario.

Mahaney escribe: "Una simple verdad debe motivar nuestro trabajo y debe afectar cada parte de quienes somos. Cristo murió por nuestros pecados. Si hay algo en la vida de lo que debiéramos estar apasionados, es el evangelio" (20).

Uno de los puntos fuertes de este libro es que no solamente es teológicamente fuerte, sino también provee recomendaciones prácticas para ayudar al lector a vivir una vida cruz-céntrica. Personalmente creo que la teología y la práctica van mano en mano y son inseparables. Este libro logra combinar ámbas, y en tan sólo unas cuántas páginas.

Así que recomiendo este libro ampliamente. Leelo. Medíta en las verdades que enseña, enamórate del evangelio, y vívelo al máximo.

El Regalo de Dios a la Humanidad

Un pinito adorna la sala de mi casa, y debajo de él hay varios regalos listos para ser abiertos. Unas luces de diferentes colores adornan la fachada de nuestra casa. Hace poco vi un hermoso nacimiento en casa de un vecino.

Me gusta el pino navideño porque su forma triangular me recuerda la Santa Trinidad. Me gusta dar y recibir regalos porque me recuerdan que Dios amó tanto al mundo que «dio a su Hijo unigénito» (Juan 3:16). Me gustan las luces navideñas porque me recuerdan que Cristo es la luz del mundo (Juan 8:12). Me gustan los nacimientos porque me recuerdan que el propósito de la Navidad es ese: celebrar el cumpleaños de Cristo.

El llamado “espíritu Navideño” se siente en las calles y en las plazas... ¿pero en nuestros hogares? ¿Qué de nuestra vida?

Lo que trato de decir es que, aunque tenemos recordatorios a nuestro alrededor de lo que en realidad significa la Navidad, hemos olvidado el significado. Al ver el pinito, pensamos en cuántos regalos vamos a recibir. Cuando vemos las luces, pensamos en lo bonito que se ven. Cuando vemos el nacimiento, nos maravillamos en lo bien arreglado que está.

Pero Cristo queda totalmente fuera de la celebración. Hemos olvidado al celebrado. Se nos olvidó de quién se trata la fiesta. En lugar de Cristo, hemos convertido la Navidad en compras, estrés, tráfico, bebida y comida.

Amigo, en esta Navidad, te reto a descubrir al verdadero propósito de ella: Cristo Jesús.

La Biblia, la Palabra de Dios, dice que «cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo» (Gálatas 4:4). ¡Imagína eso! Dios ya tenía bien planeado mandar a su propio Hijo al mundo.

¿Y por qué lo mandó, te preguntarás? Bien, la Biblia responde a esa pregunta también: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (I Timoteo 1:15). Al venir Cristo al mundo, Él tenía un propósito en mente: salvar a todos los pecadores.

Mira, esto que sigue es bien importante: Dios dice en su Palabra que «no hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay quien... busque a Dios... No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» (Romanos 3:10-12). Además dice: «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Hago hincapié en la palabra todos. Eso te incluye a ti, eso me incluye a mí. Eso incluye a todo ser humano en el planeta.

Entonces, si Cristo vino al mundo a salvar a pecadores, y todos hemos pecado... ¡Cristo vino al mundo a salvarte a ti, y salvarme a mí!

“¿Salvarme?” te preguntarás. “¡Salvarme de qué!” La Biblia es clara al respecto: todos los pecadores merecen morir en el infierno a causa de su pecado (Romanos 6:23; Apocalipsis 21:8). Si alguien te ha dicho que el infierno no existe, lee los Evangelios. Cristo habló del infierno una y otra vez. Es un lugar literal, a donde irán los pecadores.

¡Pero escucha la buena noticia! Si decides poner toda tu fe en Cristo, y crees en Él de todo corazón, y decides hacerlo el Señor de tu vida, y le pides que sea tu Salvador, entonces recibirás el regalo de Dios, la salvación. La Biblia dice que la salvación es un regalo: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe (en Cristo)» (Efesios 2:8).

¿A quién no le gustan los regalos? Mi deseo para ti en esta Navidad es este: que recibas el regalo de Dios, la salvación que es a través de Su Hijo Jesucristo, quien vino al mundo para morir por los pecados del mundo.

Tú puedes ser salvo hoy, si decides seguir a Cristo con todo tu ser, y si te conviertes en Su discípulo. ¿Qué harás esta Navidad?

Historia Navideña: Capítulo Final

Aquí está el último capítulo. Casi que no lo termino. Y ya saben que con tantas cosas en Navidad, me fue dificil tener tiempo de escribir. ¡Pero aquí está! ¡Recién salidito del horno! ¡Que les guste!


Capítulo IV


En Noche Buena nunca abro la relojería. De todas maneras nadie vendría. Así que esa mañana me levanté tarde, algo que normalmente no hago. Desayuné cereal con fruta, y me tomé un café mientras veía las noticias. Las apagué porque las únicas noticias que daban eran malas y deprimentes, de secuestros, robos, y gente sin corazón y sin escrúpulos.

Me senté a leer la novela de García Márquez que estaba leyendo, y un par de horas después me puse a envolver los regalos de Violeta y Fer.

No había mucho que hacer. Sin relojes que reparar, la vida es algo aburrida. Aún así fue refrescante tener un buen tiempo de quietud para leer, sin clientes demandantes con malas actitudes.

Inclusive me tomé la libertad de tomarme una pequeña siesta en la tarde, hasta que me despertó el teléfono. Contesté, y era Violeta. «Ya vamos para allá» me dijo. Me puse una camisa, un gorro, y metí a mi mochila los regalos y una bufanda (por su las dudas). Pronto llegaron Violeta y Fer.

Estuvimos en mi casa como por tres horas, tomando café, cenando pavo y viendo una película. A eso de las diez, salimos a caminar. Las calles estaban pobladas por niños ansiosos por tronar cohetes y abrir regalos, y por familias grandes que no cabían dentro de sus casas.

Caminamos unas cuantas cuadras rumbo a la avenida, en donde estaba el reloj: nuestro lugar favorito para pasar noches platicando. Era un reloj no muy grande, estilo el Big Ben, pero en miniatura y cuadrado. Lo suficientemente bonito como para pasar un tiempo allí, sentados en una de las bancas en la placita alrededor del reloj, con la luna encima de nosotros y las pocas estrellas que aún se ven a pesar de la contaminación.

—Esto es para ti—le dije a Violeta dándole un sobrecito blanco.

—Pero todavía no es Navidad, Pinocho—me dijo.

—Ya lo sé, ese no es tu regalo de Navidad. Pero no lo puedes abrir hasta media noche.

—Bueno—dijo ella. Lo guardó, y sacó de su bolsa una pequeña cajita negra y me la dio. —No son aretes, por si te lo estás preguntando—me dijo—. Y no la puedes abrir hasta media noche, ¿eh?

—Está bien—dije sonriendo—. ¡Cuanto suspenso!

Ben, en medio de nosotros, dijo, —¿Y yo qué? ¿A mi nada?

—A ti al rato, no seas impaciente—le dije.

—¿Al rato cuando?

—Cuando sea Navidad.

—¿Pero cuándo va a ser?

—Mira—le dije, apuntando hacia la cara del reloj—. El reloj marca la hora con campanadas. Cuando suenen las doce será Navidad.

—¿Doce campanadas? ¿Falta poquito, espero?

—Ya no falta casi nada—dijo Violeta.

No hacía mucho frío, pero el aire que corría era fresco. Pocos autos circulaban las calles, y ya se escuchaban el tronar de cuetes por niños impacientes.

Finalmente, el reloj comenzó a cantar, ese canto bonito e intermitente. Nos pusimos de pié, y cuando terminó la doceava campanada, nos dimos un abrazo de oso.

—Feliz Navidad, Violeta.

—Feliz Navidad, Pinocho.

—¡Feliz Navidad a todos!—dijo Fer. Segundos después gritó, —¡Ahora sí! ¡A darnos nuestros regalos! ¡Rápido, siéntense!

Nos sentamos de nuevo en la banca. El cielo se iluminó por un solitario cohete que surcó el aire con destino—pareciera—a la luna, pero súbitamente tronó y se convirtió en diversas luces verdes y rojas. Como si esa fuera la señal de entrada, una multitud de cohetes comenzaron a iluminar la noche.

—Antes de que te de tu regalo, voy a abrir la cartita que me diste—dijo Violeta. Abrió el sobre y sacó un billete de a doscientos.

—Ganaste—le dije—. No nevó. Pero algún día, tal vez—agregué mirando al cielo.

Violeta se rió. Luego dijo, —Abre lo que te di.

Saqué la cajita, y Violeta metió la mano en su bolsa, tal vez para sacar mi regalo. Al quitarle la tapa a la cajita pude ver un billete de a doscientos pesos.

—¿Qué? ¿Por qué? Si no nevó.

Violeta estaba sonriendo. —Vamos a pensar que sí—. Y entonces levantó su mano, y en ella tenía una lata de aerosol, de la cual salió espuma blanca disparada hacia arriba. La lata decía «nieve artificial» en un costado, de esa nieve que se usa para decoraciones.

Pronto la nieve artificial comenzó a bajar, lentamente, rodeándonos por completo.

—¡Está nevando!—gritó Fer levantando las manos—. ¡Sí parece! ¡Está nevando!

No pude evitar reírme y extender las manos. Vaya que sí parecía. Por un momento, por unos cuantos minutos, al tener toda esa nieve a mi alrededor y en mis hombros, imaginé que tal vez sí, en realidad era nieve cayendo por toda la ciudad.

—Eres increíble—le dije.

Violeta sonrió. Extendió la mano y dejó que en ella reposara un poco de nieve. Luego me miró, con una enorme sonrisa, y dijo:

—Tenías razón, Pinocho. Feliz blanca Navidad.

Fin

Historia Navideña: Capítulo III

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad


Capítulo III


Me asomé por la ventana, pero no vi más que oscuridad.

Saqué las llaves de la casa y abrí la puerta. Busqué a tientas el interruptor de la luz, y por un momento pensé que tal vez sentiría una fría mano sobre la mía, seguido por una risa maniática y los ojos desorbitados de algún loco.

Pero no. La luz reveló la sala de mi casa en perfecta quietud y normalidad, excepto por Violeta y Fernandito, sentados en el sofá, con una extraña expresión en la cara.

Súbitamente Violeta y Fernando estallaron en risas.

Yo me quedé inmóvil por unos momentos, sorprendido por el la contradicción de mi miedo hace unos cuantos segundos y las risas de ellos.

—Hay, Pinocho—dijo Violeta entre risas—, ¡qué cara más chistosa pusiste!

—¡Ahora sí que te asustamos!—dijo Fernando.

Me acerqué a ellos y me senté en el sillón, en mi favorito, con sus manchas de café y coloridos parches por todos lados. Suspiré y meneé la cabeza. —Ahora sí que me asustaron, ingratos.

Fer se rió aún más. Traía puesta una gorra roja estilo El Chavo del Ocho y unos guantes verdes. —Pero tía Violeta fue la de la ventana. Se le ocurrió a ella. Dijo que te daría más miedo.

—¿Con que sí, eh?—dije yo.

Violeta levantó una mano solemnemente. —Soy culpable—. Y se rió de nuevo.

Sacudí mi cabeza. —No tienes remedio—le dije, intentando imitarla. Ella me dice a mí esa frase bastante a menudo.

—Ya somos dos, entonces—me dijo. Luego se sentó bien en el sofá y agregó: —Tienes que ponerle rejas a esa ventana, por cierto, porque a como están las cosas en la ciudad, se va a meter un ratero un día de estos.

—Que se meta. Le va a dar lástima y capaz me deja un dinerito.

—Te preparamos café, tío Pinocho—dijo Fer—, ¿quieres?

—Sí. Huele bien.

—Yo te lo preparé—me dijo emocionado, con sus ojos grandes brillando.

—Ehh... ¿sí?—dije titubeando un poco.

—Yo le ayudé, no te preocupes—dijo Violeta.

Fer corrió a la cocineta y encendió el foco.

Violeta se recargó en el sillón. Bostezó y se estiró. Luego me miró y permaneció en silencio. —¿Cómo estás?—me dijo.

—Bien. Ya sabes. Normal. Como siempre.

—Compusiste el reloj.

—Sipirirí.

—Fer se va a quedar conmigo hasta después de Navidad, porque su papá salió de la ciudad.

—¿En plena Navidad? ¿No está de vacaciones?

—Ya sabes cómo es. Me habló hace rato rogándome que lo cuidara, y que me va a pagar doble. Aunque no me importa, ya sabes que quiero a Fer, pero un poco más de dinero no está mal.

—¿Para qué quieres más?—le dije tomando la taza de Fer, quien tenía una sonrisa más grande que su cara—. Tienes de sobra.

—Pinocho, ya sabes que no lo quiero para mí. Ahora en Navidad es buena época, hay mucha necesidad. Le hablé ya a la Señora Guerrero, le dije que le daría algo despuesito de Navidad. Dijo que lo va a usar para comprar leche, porque no ha tenido para darles a los niños últimamente.

La Sra. Guerrero, encargada de la Casa Hogar Milagros, era buena amiga de Violeta.

Le di un sorbo al café. Bastante bueno. Tenía un poco de canela, algo de miel, y un balance perfecto de azúcar y café. Me gusta el café dulce, no agrio, menos negro. Dicen que los hombres toman el café negro. Yo digo que los mensos toman el café negro, además que seguramente no pueden disfrutar de nada porque su lengua es un órgano inservible incapaz de identificar los buenos sabores de la comida.

—Entonces qué, Pinocho—dijo Violeta tomando su propia taza de café, la cual había estado humeando sobre la mesita junto al sofá, en donde yacía también mi copia de la nueva novela de García Márquez—, ¿sigue la apuesta vigente?

—Tan vigente como la crisis financiera.

—Que mal chiste, Pinocho.

—Que yo sepa la crisis financiera no es nada de qué reírse.

—Irremediable. Eres simplemente irremediable.

Fer dijo, —Tío, hace ratito checamos el pronóstico del tiempo para noche buena, y no creo que vaya a nevar. Dijeron que iba a estar frío, que tal vez llueve, pero no nieve. ¿Verdad tía?

—Sip. La verdad.

—Yo que tú mejor no, tío, porque de seguro pierdes.

—Pues no les creo a esos del pronóstico—dije yo—. ¡Siempre se equivocan!

Me levanté y me acerqué a la ventana. Miré al cielo. Gris, tornándose negro. —Van a ver. Mañana por la noche, vamos a tener una blanca navidad. Van a ver.


continuará...

Historia Navideña: Capítulo II

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

un cuento por Emanuel


Capítulo II

Soy un relojero. Es lo que más me gusta hacer, porque es lo mejor que sé hacer, y algunas veces me pregunto si es lo único que puedo hacer.

Puse la relojería hace tres años, cuando tenía veinte, y aparentemente mi habilidad como relojero se ha divulgado, porque he recibido muchos personajes bastante interesantes, los cuales ponen sus relojes a mi encargo, y más de una vez me he metido en situaciones bastante extrañas gracias a ello.

Uno de los personajes que entró una vez a mi relojería fue Violeta. Cuando la vi supe que era una muchacha con un buen corazón. No sé cómo lo supe. No tengo un sexto sentido, ni nada parecido. No veo fantasmas, tengo poderes supernaturales, nunca me ha picado un insecto radioactivo, nada de eso. Pero simplemente al verla supe que, aunque acababa de llegar en auto último modelo (un BMW color plateado), y aunque su ropa era probablemente de marca y el maquillaje que usaba sin duda era caro, tenía buen corazón.

Violeta entró esa tarde para que le arreglara un reloj. Casi no me gusta entrar en detalle acerca de los tipos de reloj que recibo, porque estoy seguro que si estás leyendo esto, no sabrás de lo que te hablo; pero que baste con decir que era un reloj muy caro.

Ella regresó al siguiente día, y le entregué su reloj ya bien arreglado. Ella regresó al siguiente día, y platicamos. También regresó el próximo día, y así por dos años.

La puerta se abrió y entró el Sr. Jiménez, con sus tres anillos y todo. Se acercó al mostrador y se frotó las manos. Por un momento pensé que era su forma de prepararse para golpearme por si acaso encontraba su reloj como una pieza de metal inservible, pero cuando exhaló un poco de aire en ellas, supe que intentaba calentarlas del frío de afuera; frío que, por cierto, se había metido sin mi permiso a mi pequeña relojería.

—Buenas tardes, joven.

—Le tengo su reloj listo, Sr. Jiménez. Está vivito y dando la hora como debe ser.

—Excelente, muchacho. Nunca dudé de tu habilidad.

Al decir eso, se me hizo que flexionó un poco su mano derecha. Seguramente mi imaginación.

Le di su reloj, él lo examinó, y miró a mi reloj de pared para cerciorarse de que daba bien la hora.

—No se preocupe, la da perfectamente bien—le dije—. Lo comparé con mis relojes—agregué mostrándole los cuatro relojes en mis dos muñecas.

El Sr. Jiménez miró mis relojes y levantó ambas cejas. —Eh, te gustan los relojes, creo.

—Mucho.

—¿Dos en cada mano?

—Sí. Y cada uno tiene su propia historia.

—Seguro que sí—dijo con la misma mirada algo perpleja, y rápidamente agregó—, ¡Gracias!

—¡Feliz Navidad! Regrese cuando lo necesite.

Medio minuto después el Sr. Tres Anillos ya estaba fuera de mi relojería y dentro de su auto con calefacción y asientos de piel diseñados para mantenerse calientitos.

Ningún cliente entró a mi relojería, y yo esperé los trece minutos restantes para cerrar mi negocio. Exactamente a las cinco de la tarde puse el seguro a la puerta y me retiré.

Mi relojería está en el centro de la ciudad, cerca de la plaza principal, la llamada macro plaza. Me tardo poco menos de treinta minutos en llegar a mi casa, normalmente porque camino despacio para admirar la catedral y el faro del comercio, las cuales son dos bellos pero muy diferentes edificios arquitectónicos en la macro plaza. Además de eso, me detuve para saludar a doña Graciela que regresaba de la tienda («Leche, tortillas, y frijoles, Pinocho. Con eso sobrevivo por una semana»), llegué a mi casa a las 5:27, así que esperé a que dieran las 5:28 (un número par), y entonces di un paso a la puerta y…

…Si esta fuera una historia de espionaje, la puerta estaría entre abierta. Entonces yo sacaría mi pistola, y ustedes los lectores se darían cuenta que aunque simulaba ser un relojero, en realidad yo era un espía de la INTERPOL, del M16 o algo así, con una misión súper importante que incluiría en las próximas páginas muchos disparos, autos robados y chocados, algún lugar exótico, y un final lleno de explosiones. Ah, y salvar al mundo, claro.

Lamentablemente no soy un espía, y la puerta estaba cerrada.

Pero la ventana junto a la puerta estaba abierta.

Y lamentablemente, no recordaba haberla dejado así.


continuará...

Historia Navideña: Capítulo I

Así que hoy comienza la historia navideña, dividida en mini-capítulos. Es una comedia navideña romántica, y la escribo por pura diversión (y porque estoy de vacaciones ¡y tengo tiempo de escribir!). Espero que ahora que terminan las clases, este cuento les haga sonreír un poco.

Antes de comenzar, quisiera decir que la mejor y verdadera historia navideña se encuentra en la Biblia. Allí encontramos el significado y propósito de la Navidad.

Yo creo que la diversión es una forma legítima de pasar el tiempo, y que lo que hacemos, para disfrutarlo, debe ser divertido.

Así que bueno, ya basta de prólogos.

Se abre el telón.

Esta es la tercera llamada.

Comenzamos.

Cuando Suenen las Doce, Será Navidad

Una historia Navideña

Por Emanuel Elizondo Orozco

I

—Mira, Pinocho, eso es completamente imposible. No puede pasar. Vivimos en Monterrey, en el mero norte de México, así que es imposible. Im-po-si-ble.

Miré a Violeta por un segundo, decidí no responder, y bajé la mirada de nuevo al reloj que estaba componiendo. Una bella pieza. Un reloj antiguo, de muñeca, de oro puro, de un tal Sr. Jiménez, quien lo había dejado a mi encargo no sin antes asegurarme que era una valuable posesión que había estado por años en su familia (me llegan muchos relojes de ese tipo), y que si algo le llegara a pasar, él se aseguraría de personalmente modificar con su puño mi expresión facial.

Bueno, tal vez exagero algo, pero estoy seguro que eso es lo que estaba pensando. Ustedes no le vieron la cara cuando me dijo: «Que no le pase nada, ¿eh, hijo?». No se preocupe, Señor, estuve a punto de contestarle, prefiero conservar mi cara, así de fea como está, sobre todo porque ya le vi esos tres gigantescos anillos en la mano derecha.

—¿Qué, ya te convencí?—me dijo Violeta.

—Nop.

—Eres imposible, Pinocho—dijo meneando un poco la cabeza y tratando de no sonreír—. Eres una de las personas más ilógicas sobre la faz de la Tierra.

—Gracias—le contesté—. Aunque no creo que conozcas mucha gente alrededor de la faz de la Tierra, porque si no, de seguro que encontrarías alguien peor que yo.

—No empieces, Pinocho, ¿eh? No empieces.

¿Ya me presenté? Creo que no. Mi nombre es Pinochet Péres Padua, pero de cariño me dicen Pinocho. No por mentiroso (eso espero, al menos), sino porque suena mejor que Pinochet. Aparentemente Pinochet fue el apellido de un hombre que vivía allá para el sur de México y que supuestamente hizo muchos estragos, y esa es la razón de mi apodo.

¿Por qué rayos me nombraron así mis papás, te preguntas? Bien, la respuesta es simple: Ni idea.

Ni idea porque no tengo ni idea quienes son mis papás.

Tomé mis lentes de aumento, los coloqué bien sobre el puente de mi nariz, y examiné bien los adentros del reloj, buscando ese engrane, esa tuerca, ese problema que impedía a ese buen señor de tres anillos en la mano poder consultar la hora y ser un hombre feliz.

—Entonces si sucede, ¿cuánto me vas a dar?—dije.

Levanté la mirada. Los ojos azules de Violeta, que se veían algo morados al reflejar su suéter de ese color, me miraban fijamente.

Regresé la mirada al reloj, por miedo de que si fijaba mi vista por mucho tiempo en los ojos de Violeta, mis mejillas se tornaran algo rosadas.

—¿Quieres apostar?—dijo Violeta riéndose un poco.

Yo me encogí de hombros.

—Cien pesos—dijo.

—¿Tan poquito?

—Doscientos.

—Hmmm…

—Doscientos cincuenta.

La miré. Extendí mi mano. —Hecho.

Ella comenzó a extender su mano, pero la detuvo antes de estrechármela. —¿Seguro?

—Nunca he estado más seguro en mi vida—dije.

—Sí, claro.

—¿Entonces?

Violeta me estrechó la mano. —Está bien. Doscientos cincuenta pesos a que no nieva en Navidad.


continuará...


El capítulo II, ¡muy pronto!

Siéntanse con libertad de dejar comentarios, por cierto.