Misericordiosos y Justos


Me detuve cuando el semáforo cambió a rojo. A mi izquierda, las vías del tren. Frente, junto y detrás de mí, muchos autos. Eran las diez de la noche y manejábamos rumbo a la casa de mi abuelita para celebrar la nochebuena y Navidad. Ya que toda mi familia vive en la misma ciudad, siempre dividimos el tiempo entre las dos familias en nochebuena.

El semáforo continuaba en rojo, y entonces vi que se acercaba a nosotros un hombre caminando a tientas, con un bastón en su mano derecha con el cual se guiaba, y lo que parecía una lata en la mano izquierda, posiblemente para escuchar el sonido de las monedas al golpear la base. El hombre se acercó. Sus ojos blanquecinos no miraban en mi dirección.

Aquí estaba yo, sentado en mi auto, vestido en ropa confortable y relativamente nueva, listo para celebrar la Navidad con comida en exceso, mientras que éste hombre mendigaba en las calles.

Rápidamente saqué dinero y lo puse en la lata. Clank. “Que Dios lo bendiga”, le dije.

Mi ciudad, como todas, está llena de pobreza. Hay gente mendigando en muchos de los cruceros, y las montañas están llenas de casas mal construidas en donde vive gente que a penas y puede vivir.

Me he percatado que lamentablemente muchos Cristianos ignoran— conscientemente o no—la responsabilidad que tenemos hacia aquellos que se encuentran en necesidad. Cuando he hablado de este tema con algunos, me sorprendo al escuchar respuestas como, “Si son pobres es porque se lo merecen”; o, “es que son flojos”; o peor aún, “la Biblia nunca manda que ayudemos a los pobres”.

Este tema, acerca de la responsabilidad cristiana hacia la pobreza, comenzó a interesarme cuando llegué en mi lectura diaria al libro de los Salmos. Encontré que Dios se preocupa por los pobres. Por ejemplo, Dios dice, “Por la opresión de los pobres, por el gemido de los menesterosos, ahora me levantaré, dice Jehová” (Salmo 12:5). El Salmo 72, el cual habla de las características de un rey justo, dice en los vss. 12-13, “Porque él [el rey justo] librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres”. Y el Salmo 112, el cual considero que es, por así decirlo, el capítulo del “hombre virtuoso”, dice en el v.9, “reparte, da a los pobres; su justicia permanece para siempre”.

Pronto me di cuenta de que la Biblia está llena de mandamientos a ser misericordiosos y justos con aquellos que padecen necesidad. La Ley contiene varios mandamientos específicamente para ayudar a los pobres. Y esto no sólo en el Antiguo Pacto, ¡sino también en el Nuevo!

Por ejemplo, cuando los discípulos de Juan le preguntaron a Jesús si era el Mesías, ¿cómo respondió? “Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados […] y a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:4-5). Jesucristo se preocupaba por aquellos en opresión. De hecho, algunas de las enseñanzas de Cristo en cuanto a la actitud de los creyentes hacia los oprimidos son radicales. ¡Cristo habla de hacer banquetes e invitar específicamente a los necesitados (Lu 14)! Y si alguien cree que Cristo nunca mandó dar limosna, es porque no ha leído Mateo 6:3, en donde Cristo dice, “mas tú, cuando des limosna…” No dice “si das”, sino “cuando des”.

En fin, al analizar las Escrituras, he llegado a la conclusión que un Cristiano que no se preocupa por hacer justicia en la Tierra no ha comprendido bien la Biblia. ¿Debemos, entonces, repartir dinero, comida, y ropa sin dar el evangelio? Por supuesto que no. La una cosa no niega ni excluye la otra. Pero una persona que le da el evangelio a un pobre y no le ayuda en su pobreza, es un mal representante de Cristo.

Recomiendo la lectura del excelente libro, Generous Justice: How God’s Grace Makes us Just (Justicia Generosa: Cómo la Gracia de Dios nos Hace Justos) por Tim Keller, quien es un evangélico conservador y pastor de la iglesia Presbiteriana Redeemer en Nueva York. Espero tener una reseña del libro pronto en el blog.

Agradecido


En el otoño del 2004, yo caminaba rumbo al comedor de la universidad en donde ahora trabajo, pensando en lo tonto que había sido.

“Estoy loco”, pensé. Había dejado mi familia, amigos, país, ciudad, y lenguaje para estudiar en un lugar nuevo en donde sólo conocía a una persona. Para ser sincero, yo prefiero las cosas normales. No soy muy aventurero, y aunque no me asusta el cambio, esta vez me había excedido.

Recuerdo perfectamente el lugar en donde me invadió ese pensamiento: a unos quince metros de llegar al comedor, junto al estacionamiento detrás del museo de la universidad. Por varias semanas seguí pensando en lo mismo. Tal vez todavía podía regresar. Decir que todo había sido un error.

Sin embargo algo me detenía: estaba seguro que la voluntad de Dios era que me quedara en donde estaba. Y prefería estar en donde Dios quería y no donde yo en esos momentos deseaba.

Siete años después le doy gracias a Dios porque usó muchas situaciones, además de darme un fuerte deseo en mi corazón, para quedarme. Por supuesto, sigo con los ojos fijos en regresar a mi país para predicar el evangelio, pero éstos años no los cambio por nada. Dios ha bendecido en sobreabundancia con amigos, excelentes profesores, un trabajo que me encanta y una iglesia que es como mi familia.

Así que con estas breves palabras quiero dar testimonio y decir que Dios es bueno y que para siempre es Su misericordia.

Una historia como ninguna otra

Contar y escuchar historias es uno de mis pasatiempos favoritos. Me encanta leer, ver o escuchar buenas historias. También me gusta escribir ficción, es decir, escribir historias inventadas. Recuerdo el primer cuento que escribí cuando tenía ocho años. Todavía lo tengo guardado, con un sin número de faltas de ortografía y letra que se asemeja a antiguos jeroglíficos.

En aquel entonces unos amigos de la escuela andaban con la novedad de escribir y vender cuentos por $1.50 pesos, así que yo compré uno y al leerlo me di cuenta que no parecía ser algo muy difícil de hacer. Si ellos podían, ¿por qué yo no? Así que escribí un cuento titulado: “Cuidado con los Dinosaurios”. Desde entonces no he parado de escribir.

Me fascina ver cómo Dios ha creado a ciertas personas con la habilidad de crear mundos, personajes, y situaciones que mantienen a uno interesado. Inclusive los que dicen “A mí no me gusta leer, prefiero ver películas” deben darse cuenta que toda película está basada en un guión escrito por—escritores, vaya.

Al leer a Dickens, me sorprendo por su habilidad de contar largas historias con diversos personajes. Cuando leo a Tolkien, me pregunto cómo pudo imaginar tantos lugares, nombres, lenguajes, y al mismo tiempo entrelazarlo todo con una trama tan sencilla: destruir un anillo. Y tantas cosas que se podrían decir de Lewis, Christie, Conan Doyle, Verne, Tolstoy, o autores contemporáneos como King, Koontz, Dekker, Perretti, o Jenkins.

Pero hay un escritor que los sobrepasa a todos. No daré rodeos: hablo de Dios. Qué increíble es que Dios sea un escritor. Y no solamente eso, sino que dejó un libro lleno de historias. Allí se recuenta la vida de héroes y villanos; hay romance, asesinato, espionaje, decepción y emoción. Todos los elementos de una buena historia están presentes.

Y no olvidemos a Cristo, a quien le encantaba contar historias. Historias acerca de tesoros, de perlas, de ovejas, de banquetes, de ricos y pobres, de religiosos y pecadores, de padres corriendo a abrazar a hijos arrepentidos . . .

A Dios le gusta contar historias.

Y por encima de todas las historias de la Biblia, hay una historia entretejida la cual sujeta cada palabra a otra, cada oración a la que sigue, hasta llegar a un punto sucedido hace dos mil años: la cruz.

Es una historia como ninguna otra. Es una historia acerca de rebelión y de reconciliación; de un amor intenso y sin igual; de un amor perdonador.

La historia de Cristo Jesús.

De cómo Dios, aun cuando nosotros habíamos pecado contra Él, mandó a su único Hijo para reconciliarnos con Él mismo. Y Cristo vino a los suyos, a su creación, amándolos y anunciándoles las buenas nuevas, pero los suyos no le recibieron. Antes bien lo negaron, capturaron y crucificaron, avergonzándolo públicamente hasta morir.

Pero como toda magnífica historia, ¡hay un twist! Cristo no se quedó en la tumba, sino que resucitó: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Ésta es la historia de Redención. El que se arrepiente y cree en Jesucristo, recibe la vida eterna. Así que esta historia es como ninguna otra. Cuando uno termina de leer una novela, uno la deja en el librero y la vida sigue.

Pero cuando uno cree en la historia de Cristo, ya nada es igual. La vida cambia para siempre.

Fe es Confiar

Dios obra de formas que no entendemos. Cuando suceden cosas en nuestra vida que nos traigan gozo o tristeza, hay un punto en el que simplemente debemos decir, “Sucedió porque Dios quiso”. Encontrar la razón por la cual Dios hace lo que hace es tan misterioso como le sería un sudoku a un niño de un año.

Dios no piensa como nosotros. Dios no actúa como nosotros. Decir “Si yo fuera Dios, yo…” es absurdo. Nadie es ni puede ser como Él. Él es perfecto en sus decisiones y perfecto en sus razonamientos. Aún cuando no entendemos por qué decreta lo que quiere, no tenemos el derecho de cuestionarlo (Rom 9:20). Después de todo Él es Dios.

Muchas veces me pongo a pensar qué sería si Dios fuera un Dios malvado, como algunos de los dioses paganos. Si Dios fuera Todopoderoso y malvado, ¡hay de nosotros!

Sin embargo una y otra vez la Biblia nos enseña la naturaleza de Dios. Dios es clemente y misericordioso (Ps 145:8). Él es bueno para con todos (Ps 145:9). No solamente es amoroso, Él es amor (1 Jn 4:8).

No puedo negar que cuando suceden tragedias, a veces mi corazón se entristece y soy tentado a preguntarle a Dios, “¿Por qué?”. Y sigo en el proceso de confiar. Ya lo he dicho antes, pero con mucha razón decimos que somos de la Fe Cristiana. Uno no puede decir que tiene fe y al mismo tiempo decir que tiene duda. ¡Fe es creer, es confiar!

Así que cuando vienen las pruebas, las tragedias, las tristezas, no digas “Por qué”, sino más bien “Gracias”, porque el Señor sabe lo que hace y jamás ha cometido un error; y nunca lo hará.

Re:Post. Dibujando a Dios

Hoy me levanté pensando en éste episodio, así que decidí publicarlo de nuevo. Fue publicado originalmente en Agosto del 2009.
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Me metí a la camioneta porque no había otro lugar para descansar, y yo estaba absolutamente exhausto. Era la quinta semana de viaje misionero, y el calor en Tamazunchale, una ciudad en las montañas de San Luís Potosí, México, era casi insoportable. Algunos miembros del equipo habían salido al centro para comprar nieve, pero yo no quería nieve. Yo quería una Coca-Cola fría, o meterme a una alberca, o tomarme una siesta dentro de un refrigerador, o algo parecido.

Pero estábamos en una iglesia, a unas dos horas de que comenzara la reunión, y mis ojos se cerraban por la falta de descanso. Y en esos momentos, descansar era más importante que un refresco, o inclusive un vaso con agua fría. Así que tomé las llaves de la camioneta blanca para catorce pasajeros, me senté en el asiento del conductor, bajé las ventanas, me recliné hacia atrás, y cerré los ojos.

Segundos después sentí las gotas de sudor brotar en mi frente y encima de mis labios. Vaya calor.

A los diez minutos salió de la iglesia el misionero al que ayudábamos allí. Era un hombre bajito, de origen indígena, inteligente y buen predicador.

El misionero, a quien llamaré Hernán, entabló conversación con un niño de unos ocho años que se asomaba por encima de la barda que separaba el terreno de la iglesia con el de la casa vecina. El niño, vestido con una camisa roja, pedía algo de dinero "a los hermanos". El Sr. Hernán le dio un poco de comida y lo invitó a venir a la iglesia esa noche. El niño respondió algo, y segundos después el Sr. Hernán le preguntó al niño si tenía a Cristo en su corazón. El niño dijo que no.

"No te preocupes", respondió el Sr. Hernán, "métete allí a la camioneta, porque el muchacho allí dentro te va a decir cómo".

Abrí los ojos. ¿Eh? "Además" continuó el misionero, "él sabe dibujar. Dile que te enseñe a dibujar". ¿Yo, dibujar? Digo, sí me gusta dibujar, siempre y cuando se limite a hacer monitos de palitos, y—ya, es todo lo que sé dibujar, casi creo. El niño abrió la puerta de la camioneta, y me pidió que dibujara algo. En el carro había un pequeño pintarrón, un juguete que pertenecía a la hija de nuestro líder del equipo misionero. Lo tomé.

"¿Qué quieres que dibuje?" "Un animal". "¿Cuál?" "Eh, pues, un perro".

Dibujé un perro. O un oso. O una mascota alienígena. No estoy seguro.

Seguí dibujando por unos cinco minutos, hasta que el niño me pidió que dibujara algo que jamás me esperé.

"¿Puedes dibujar a Dios?"

La pregunta me tomó por sorpresa. "¿A Dios?" repetí. "Sí", me dijo. Nunca jamás imaginé que alguien me pediría algo así. El niño me miraba con expectación; su pregunta había sido completamente honesta.

Le dije, "A Dios nadie lo puede dibujar. Dios es tan grande que no cabe en ningún pizarrón. Dios es tan grande que no cabe en el mundo. ¡Dios es increíblemente grande!"

Y esa fue la perfecta transición para hablarle a ese niño de Dios, de su Hijo Jesucristo, y de Su muerte en la cruz por nosotros. Increíble cómo a veces el Señor nos pone en bandeja de plata la oportunidad de hablar el evangelio.

Dos horas después súbí al púlpito a predicar, y unos diez minutos después, en medio de la prédica, el niño de camisa roja entró a la iglesia y se sentó en el suelo junto a la puerta, a escuchar la predicación de la Palabra.

Libertad

El doctor entró al cuarto donde estaba yo sentado y después de presentarse me pidió que cerrara el ojo izquierdo. Me analizó el párpado, en donde tenía una pequeña bolita.
—Hmmm, sí—dijo el doctor—. Es un orzuelo—. Me explicó las causas y me hizo algunas preguntas rutinarias, como por cuánto tiempo lo había tenido y si sentía dolor. Me dijo que la única forma de deshacerme de él era con fomentos de agua caliente, o si quería algo más rápido, cirugía.

Le mostré dos botecitos con medicina, unas gotas y una pomada, y le expliqué que me la había estado poniendo a diario por un mes y medio. —Ya no las necesitas—me contestó—. Eso ya no te está haciendo efecto alguno. Esa medicina era para la infección, y tú ya no tienes infección.

—¿Entonces no tiene caso que me la siga poniendo?

—No. Probablemente te la has estado poniendo sin necesidad por algún tiempo.

Me había puesto la medicina en el ojo casi religiosamente cada día, y aunque tenía la sospecha de que ya no me hacía efecto alguno, no fue hasta que el doctor me lo dijo que pude dejar por completo el medicamento. Es increíble que, si no fuera por ésas simples palabras de parte de un profesional—"ya no las necesitas"—tal vez hoy seguiría usando un medicamento innecesario en mi ojo.

Las palabras tienen poder, incluso poder de liberación. Y sin embargo, no hay palabras más poderosas que las del Señor Jesucristo. Ellas tienen verdaderamente el poder de libertar.

En Juan 8, Jesús está hablando con judíos que habían creído en Él, y les dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Cristo pone muy en claro que un verdadero discípulo no es aquel que simplemente dice serlo, sino es aquel quien verdaderamente cree y hace lo que Cristo dijo. Aquellos que permanecen en su palabra, la cual es la verdad (ya que Cristo mismo es la verdad [Juan 14:6]), son libres. Es decir, la Palabra de Cristo, la cual está perfectamente representada en la Biblia y no existe fuera de ella, puede liberar a las personas.

Los judíos en el v. 33 responden rascándose la cabeza. —Un momento—dicen—. ¡Nosotros ya somos libres! Nadie es nuestro dueño, no hemos sido comprados por nadie o mucho menos capturados por nadie. Jesús… ¿de qué estás hablando?

La respuesta de Cristo es tan resonante hoy como en aquel entonces. “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v. 34, 36).

Allí está el punto. Los judíos estaban confundidos debido a sus ideas mesiánicas. Para ellos el Mesías vendría como un libertador quien pondría a Israel como la potencia mundial. Así que obviamente, cuando Cristo habló de libertad, ellos pensaban que se refería a opresión física.

Pero no. Cristo no se refería a esclavitud física, sino espiritual.

“Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”.

Muchos de nuestros países latinoamericanos acaban de celebrar su día de independencia. México celebró 200 años de independencia. Si Cristo viviera hoy y caminara por las calles de México, y dijera lo mismo que dijo hace 2,000 años, la gente probablemente respondería: —Un momento. ¡Nosotros ya somos libres! ¡Hemos sido libres por 200 años! ¿Qué no ves las luces y los colores? ¿Qué no ves las estatuas de los padres de la patria? Jesús… ¿de qué estás hablando?

Pero la respuesta de Jesucristo hoy es la misma. Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

Si tan sólo pudiéramos ver con ojos espirituales. Al salir a la calle no veríamos libertad, sino esclavitud. Gente cargando la pesada carga de la deuda, esposada con la lujuria y la pornografía, arrastrando la cadena del amor al dinero y la corrupción. Algunos tan esclavizados por su pecado que ya no se pueden ni mover, están dentro de una camisa de fuerza siendo acarreados por los demonios directo al infierno.

La respuesta es Cristo. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.

¿Conoces a Cristo? ¿Permaneces en su Palabra? ¿Conoces la verdad?

¿Eres libre?


Scrivener ahora también en Windows

Srivener es, en mi opinión, el mejor software que existe para escritores. Personalmente estoy enamorado de éste programa, tanto así que extraño escribir porque extraño usar Scrivener. Es uno de esos programas que son el sueño de todo escritor, que tiene las cosas necesarias para escribir sin distracciones, y además no es muy caro y tiene descuento educativo. He usado Scrivener para escribir posteos, trabajos académicos, y sobre todo mis cuentos y novelas. Cuando salga la versión 2.0, seré uno de los que la compran.

Ahora, por primera vez, Scrivener estará disponible en versión PC, ya que hasta ahora solamente era un programa para computadoras superiores, es decir, Mac. :)

Así que si todavía usas una PC, y te gusta escribir, pronto Scrivener estará disponible para ti. Algunos links:

Con los Ojos en Cristo

Asistí por dieciocho años a una escuela cristiana en la cual teníamos una competencia anual deportiva, la cual llamábamos las “Mini-Olimpiadas”. Todos los alumnos concursábamos unos contra otros en diversas categorías como lanzamiento de bala, ajedrez, salto, y otros.
Pero para mí, sólo una competencia importaba: los cien metros planos.
Mi máxima ambición una vez al año era ganar la competencia de los cien metros planos, sin importar si sacaba otras medallas o no. ¿A quién le interesa una medalla de primer lugar en salto? ¡A mí no! ¿Pero los cien metros? Ohhh, sí, a mí. Y no solamente a mí, sino a muchos otros de mis compañeros, ya que por alguna razón ésa era considerada una de las competencias más importantes de la Mini-Olimpiada.
Así que yo me tomaba muy en serio la carrera. Es por eso que algunas semanas antes de la competencia, mi papá y yo (él también se tomaba la competencia en serio pues sabía lo importante que era para mí) salíamos a algún parque a entrenar.
Mi papá tomaba un cronómetro, y medía el tiempo que me tomaba correr cien metros. Además se aseguraba que tuviera una salida rápida. Una vez inclusive trajo a un entrenador deportivo para que me diera tips.
Pero había una enseñanza, un mandamiento de mi papá que era el más importante de todos. Mi papá me decía: “Yo me voy a poner al final de la carrera, exactamente frente a ti, y cuando corras, tienes prohibido mirar a otro lado. Tienes que mantener tu vista fija en mí por toda la carrera. No te distraigas. No mires quién va atrás, adelante o junto a ti, pues si lo haces vas a perder tiempo. Fija tus ojos en mí”.
Así que llegaba la carrera, y con ella la adrenalina. Nos poníamos en posición, y yo podía ver a mi papá justo frente a mí en la línea de meta. Repentinamente sonaba el silbato, y las porras desaparecían, y por ésos segundos que la carrera duraba yo solamente veía a mi papá saltando y agitando los brazos mientras gritaba vamos, vamos, vamos, vamos. Y en un dos por tres terminaba la carrera al llegar a mi papá.
Aunque no soy muy veloz, puedo decir sinceramente que gané muchas más veces de las que perdí.
Hebreos 12:1-2 dice, “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,” y luego mi parte favorita: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”
La vida cristiana es una carrera. Antes de nosotros han corrido grandes hombres y mujeres de la fe, quienes como lo escribió el autor de Hebreos de una manera que siempre trae lágrimas a mis ojos, “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra” (Hebreos 11:37-38). Ellos son la grande nube de testigos. Ellos son quienes, por decirlo así, están en las gradas observando nuestra carrera.

¿Pero es en ellos en donde debemos de fijar nuestros ojos? No. Ni siquiera en los que corren con nosotros. Puestos los ojos en Jesús. ¡En Jesús! No en los meros humanos, sino en el Dios-hombre, Cristo Jesús, quien es el que comenzó y consumó nuestra fe, quien sufrió por nuestros pecados sin importarle la vergüenza, y ahora está sentado en majestad como el Rey de reyes y Señor de señores.
¿Dónde tienes tu mirada? ¿En quién has fijado tus ojos? Un himno dice, Fija tus ojos en Cristo… y lo terrenal sin valor será a la luz del glorioso Señor.

Que esta sea una realidad en tu vida y en la mía.