Cuando Suenen las Doce, Será Navidad
Una historia Navideña
Por Emanuel Elizondo Orozco
I
—Mira, Pinocho, eso es completamente imposible. No puede pasar. Vivimos en Monterrey, en el mero norte de México, así que es imposible. Im-po-si-ble.
Miré a Violeta por un segundo, decidí no responder, y bajé la mirada de nuevo al reloj que estaba componiendo. Una bella pieza. Un reloj antiguo, de muñeca, de oro puro, de un tal Sr. Jiménez, quien lo había dejado a mi encargo no sin antes asegurarme que era una valuable posesión que había estado por años en su familia (me llegan muchos relojes de ese tipo), y que si algo le llegara a pasar, él se aseguraría de personalmente modificar con su puño mi expresión facial.
Bueno, tal vez exagero algo, pero estoy seguro que eso es lo que estaba pensando. Ustedes no le vieron la cara cuando me dijo: «Que no le pase nada, ¿eh, hijo?». No se preocupe, Señor, estuve a punto de contestarle, prefiero conservar mi cara, así de fea como está, sobre todo porque ya le vi esos tres gigantescos anillos en la mano derecha.
—¿Qué, ya te convencí?—me dijo Violeta.
—Nop.
—Eres imposible, Pinocho—dijo meneando un poco la cabeza y tratando de no sonreír—. Eres una de las personas más ilógicas sobre la faz de la Tierra.
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