Es inevitable a veces—sobre todo cuando la rutina es aburrida—meditar un poco en lo que es la vida: en lo frágil que es, lo poco que dura, y lo absurda que puede resultar.
«¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad!» grita el Predicador.
Cada que me siento así, he encontrado la fórmula para salir de ese tipo de pensamiento: la lectura de la Biblia. Porque al leerla, mi alma es refrescada, y pienso: Hay algo que no es vanidad: la verdad de Dios a través de Su Palabra.
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