El sol pegaba duro y no traía mis
lentes de sol o una cachucha. Caminaba por el barrio de remolques solo, ya que
mi amigo y una amiga habían hecho pareja para tocar puertas, pero como los
demás se quedaron con los niños, a mí me tocó andar solo.
Me
sentía contento ya que muchos niños habían venido a la escuelita bíblica,
incluyendo a Braulio, su hermanito y su mamá, junto con muchos otros niños,
algunos nuevos y otros que han estado viniendo por ya un buen tiempo. De hecho,
yo soy de los nuevos ya que tengo muy poco ayudando en éste ministerio.
Llegué
a una casa y toqué a la puerta. Me quedé de pie, tratando de sonreír un poco.
Muchas veces la gente se asoma por la ventana antes de abrir la puerta, y
siempre quiero dar una buena impresión. He estado pensando en la seguridad con
la que vendedores ambulantes tocan a la puerta, ya que están seguros de su
producto y de su habilidad para vender. Tocan fuertemente, sonríen, y esperan a
que la gente les abra y entonces dan su presentación. Nosotros somos
representantes del Reino de Dios. No vendemos ningún producto, ya que es
gratuito. Anunciamos las noticias más importantes que existen, y representamos
al mismísimo Dios del universo. Así que es por eso que me paro derecho,
tratando de sonreír un poco si puedo (con el calor es difícil), pero aún así,
quiero que si alguien se asoma por la puerta me vea de pie seguro, listo para
compartir con ellos el mensaje que puede cambiar sus vidas.
Pero la
puerta no se abre, así que después de esperar unos cuantos minutos paso a la
siguiente casa. La verdad es que los sábados por la mañana la gente no abre la
puerta. Algunos siguen dormidos, otros andan fuera y otros simplemente no
quieren abrir.
Finalmente
llegué a la casa de una señora chaparrita con la cual platiqué unos diez
minutos. Le compartí el evangelio y ella me contó de cómo sus hijos solían ir a
la clase bíblica de verano hace mucho tiempo; cómo su esposo era Presbiteriano
y ella católica, pero debido a problemas en la iglesia él no había regresado al
Presbiterianismo; cómo ella quería encontrar una iglesia—sin importar si
cristiana evangélica o católica—a donde pudiera llevar toda la familia. Le di
la dirección de la iglesia.
—Al
final, lo único que la llenará es Cristo—le dije—. Él es el único que
verdaderamente satisface.
Ella me
dijo que trataría de ir. Me dio las gracias por tomarme el tiempo de compartir
mi fe con ella. —Hay muchos que no lo hacen. La hermana de mi esposo es
cristiana y cuando viene nunca le dice nada. No le dice que vuelva a la
iglesia. Yo quisiera que le dijera algo, pero nada.
Es
triste que haya creyentes que no comparten su fe, e iglesias que por no ser
bíblicos ofenden a la gente de malas maneras. Y la realidad es que el mundo está
lleno de gente sedienta, y en éste desierto nosotros somos los únicos con una
cantimplora.
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