Cuando caemos en pecado
(lo cual sucede a diario), es una tontería no confesarlo delante de Dios. Es
verdad que uno se siente culpable por haber violado la Ley de Dios, pero hay
que reconocer que ése sentido de culpa es la obra del Espíritu redarguyéndonos.
Así que lo mejor es actuar rápidamente y ponernos a cuentas con Dios (recuerda
lo que dice Prov 28:13).
Cuando sabes que Dios
es un Dios que se deleita en perdonar, el sentimiento de paz que proviene del
perdón es inigualable. Sin duda que todo pecado tiene sus consecuencias, pero
cuando Dios perdona, Él ya no castiga, ya que si castigara querría decir que no
nos ha perdonado (Ps 103:12; Ps 32:1; Is 53:6; Rom 8:1).
Para mí, una de las
bendiciones más grandes del perdón es el darme cuenta que solamente Cristo
satisface verdaderamente. Aunque el pecado me seduce y me promete placer o
felicidad, al final sólo me trae un sentido vacío.
Pero con Cristo no es
así. El tener una relación íntima y sin obstrucciones con Él trae felicidad y
gozo.
Así que odio pecar. Pero cuando lo hago y
vengo a Él en busca de perdón, y al hallarlo inmediatamente, una vez más
recuerdo que en Cristo encuentro no solamente salvación, sino también
satisfacción.
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