Aquí el prólogo de mi nueva novela en progreso. Este capítulo también está en progreso.
Sobre armarios, anillos, y detectives: Por qué debes leer ficción
A los ocho años descubrí que podía viajar por el mundo sin gastar dinero. El boleto, que compró mi madre, fue un libro: La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. La leí tantas veces que hasta el día de hoy puedo recitar de memoria la primera página. Recordar los “quince hombres que van en el cofre del muerto” –o la pata de palo de Long John Silver– me da escalofríos.
Desde entonces he recorrido los callejones de Londres con Holmes. Exploré el mar con el capitán Nemo. Salvé libros de ser quemados con Montag. Llegué hasta Mordor con Frodo y Sam. Y por supuesto, a recomendación de Poirot, he puesto a trabajar mis “pequeñas células grises”.
La ficción es fantástica. Es una de las maneras más reales de viajar.
Quizá consideres la ficción como literatura subpar, por debajo de los libros doctrinales o devocionales. “¿Para qué gastar mi tiempo leyendo cosas que no son reales?”, te preguntarás. Déjame intentar convencerte.
Por supuesto, no se trata de dejar de leer libros doctrinales, sino de ampliar tu gama de lectura. Aunque no lo creas, la ficción puede ayudarte a crecer espiritualmente y como persona. ¿De qué manera?
La ficción apunta a la realidad
El mundo es complejo. Las personas también. La ficción nos ayuda a entender que el mundo no es tan sencillo como a veces pensamos. Abre nuestras ventanas a diferentes culturas, y nos desafía a pensar con discernimiento. Leer ficción nos recuerda que no vivimos en una burbuja. Que el mundo es más grande que nuestra familia, trabajo, e iglesia.
Leer una novela situada en Alemania en los tiempos de Hitler provocará sentimientos y emociones que tal vez no conocíamos. Sentiremos rabia al escuchar en nuestra mente el golpe seco de un soldado nazi a un judío anciano, y repulsión al oler los dormitorios del campo de concentración.
La ficción nos ayuda a entender lo que hace feliz a un colombiano, mientras disfrutamos del aroma del café (que parece brotar de la página) en una esquina de Bogotá.
Una buena novela te hace reír, llorar, y tener miedo. Aún más: puede provocarte hambre y enfriar tu sala de estar.
¿Que no es real? Intenta convencer a un ávido lector que no existe Narnia, o la Tierra Media, y tendrás dificultad. Te responderán que tú no estuviste allí, cuando Aragorn estudiaba cuidadosamente a los hobbits en el mesón del “Póney Pisador”. Qué quizá lo que te falta es un buen armario en tu casa.
La ficción nos apunta a grandes realidades, como el gozo. Dice Tolkien:
“Este efecto [de la alegría] resulta mucho más poderoso y estremecedor cuando se da en un buen cuento de hadas. Cuando en un relato así llega el repentino desenlace, nos atraviesa un atisbo de gozo, un anhelo del corazón, que por un momento escapa del marco, atraviesa realmente la misma tela de araña de la narración, y permite la entrada de un rayo de luz”.1
Así, los cuentos y las historias nos ayudan a entender mejor nuestra propia realidad y el mundo en que vivimos.
La ficción apunta a nuestra humanidad
En diciembre 31 de 1995, Bill Watterson escribió y dibujó la última tira cómica de Calvin y Hobbes. El mundo creado por Watterson, que descubrí en la primaria, me ha traído incontables horas de alegría. En esa última tira, Calvin le dice a Hobbes, su amigo tigre imaginario: “Es un mundo mágico, Hobbes, viejo amigo”. Luego se lanzan por la nieve en su trineo mientras Calvin grita: “¡Explorémoslo!”.
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| Copyright: Bill Watterson. |
Eso es lo que somos: exploradores. Todos estamos buscando algo. La ficción nos ayuda a entender esa característica de todos los seres humanos. Esa búsqueda constante de satisfacer el alma.
Las novelas están llenas de aventuras, romance, venganza, triunfo y derrota, cantos y poemas, lamentos y traiciones. Pocos de nosotros lograremos experimentar todo esto en nuestra vida.
Los cuentos nos ayudan a explorar por qué los príncipes quieren rescatar a las princesas, por qué los piratas buscan el tesoro, por qué los inocentes luchan por ser vindicados, y por qué celebramos cuando gana el más débil.
De cierta manera la ficción nos alumbra ese verso que dice, “no se sacia el ojo de ver, ni se cansa el oído de oír” (Ecl. 1:8), y por qué el humano siempre busca redimirse.
La ficción nos confronta con la caída y nos apunta a la redención. Nos muestra que somos seres quebrantados —a veces en cientos de pedazos— que no se pueden reconstruir mas que con una Mano maestra.
La ficción nos apunta al Gran Cuentahistorias
Jesús es el héroe de héroes. Satanás el arquetipo de todo villano. El evangelio es la más grande historia jamás contada. El más grande amor, la más grande entrega, la más grande traición, la más inexplicable paradoja, el final más feliz.
Y lo mejor de todo: es una historia real, contada magistralmente en las Escrituras.
Para Lewis, quien era profesor de mitos en Cambridge, toda la mitología apuntaba a la verdad del evangelio. Él era un experto en mitos, y veía que todos ellos, con sus héroes, villanos, tragedias, y triunfos, apuntaban a Jesucristo.
Tolkien hablaba de la “eucatástrofe”, con la que se refería al final feliz que no parece venir hasta el último momento, después de toda tragedia. ¿Verdad que nos encantan esos finales? Sabemos que Poirot encontrará al asesino, que el anillo finalmente caerá al fuego, que Aslan no permanecerá muerto. Nos encanta ese revés. Nos encanta que la tragedia se convierta en triunfo.
Así se leen los últimos capítulos de los evangelios. Son una eucatástrofe por definición. Cuando todo parece estar perdido, Cristo triunfa en la cruz. Cuando la muerte está por ganar, Cristo la derrota por completo.
Continúa Tolkien: “El Nuevo Testamento ofrece un relato maravilloso […] que abarca toda la esencia de las historias de fantasía. [...] y entre esas maravillas está la mayor y más completa eucatástrofe que pueda concebirse. [...] El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre. La Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación”.
Y vivieron felices para siempre. Ese es el final cliché de los cuentos. Sin embargo… sin embargo… representa una realidad: que todos buscamos la felicidad. Agustín lo entendía, los filósofos lo defienden, la ficción lo demuestra, el evangelio lo realiza.
Sí. Porque para los creyentes, al final del cuento hay un Rey, que tiene un reino, y una ciudad en la que nosotros somos los ciudadanos, y en la que verdaderamente, y fuera de toda ficción, viviremos felices para siempre.
Atrévete a entrar al armario. A salir del hoyo en el suelo. A darle la vuelta al mundo en ochenta días.
Así que no te gustan los cuentos. Prefieres vivir en la realidad. Quizá lo que necesitas, entonces, es un buen libro de ficción.
Lo que me enseñó Tim Keller
Después de la conferencia nos pasamos casi inmediatamente al aeropuerto. Teníamos hambre. Mi esposa y yo pedimos una hamburguesa y nos sentamos a devorárnosla antes del vuelo.
Hablamos un poco de la conferencia. Aunque por motivos de trabajo no habíamos escuchado todas las plenarias, pudimos escuchar la primera y la última.
La última, por Tim Keller. Sobre Gálatas 6. Sobre gloriarse en nada excepto en la cruz.
El mensaje había sido de profundo impacto. Justo lo que necesitaba.
Le di una mordida a mi hamburguesa. Entonces vi a Tim Keller, caminando en el aeropuerto.
“¿Es Tim Keller?”, le pregunté a mi esposa.
“¡Parece que sí!”.
En la mochila llevábamos dos libros de él, uno regalado y otro comprado. Inmediatamente pensé en pedirle una firma, pero me ganó la pena. Soy introvertido y no lo puedo evitar. Como siempre, fue mi ayuda idónea la que me convenció de ir, aunque ella fue primero.
No recuerdo exactamente qué le dije, pero mientras mi esposa corría a buscar una pluma, le pregunté si podía tomarme una foto con él.
La respuesta me sorprendió un poco. Digamos que no me lo esperaba.
Con mucha amabilidad me dijo: “Una foto… no. Déjame te digo por qué. Si nos tomamos una foto, pronto habrá una fila de personas que quieren tomarse fotos conmigo, y no soy una estrella de cine. Soy un pastor. Un ministro. ¿Qué te parece si en lugar de eso, platicamos?”.
Con las cejas arqueadas, balbuceé que sí, que claro, que me encantaría.
Y entonces platicamos un poco, mi esposa y yo, mientras nos firmaba los libros. No por mucho tiempo, porque de todas maneras se formó la fila. Así que le dimos las gracias por ser tan amable (¡muy amable!), y nos retiramos.
Y desde entonces no puedo olvidar su respuesta.
No soy una estrella de cine. Soy un pastor. Un ministro.
Este hombre es uno de mis predicadores favoritos. Sus libros me encantan. Ha sido de gran influencia a miles. Pero no tenía el más remoto interés de ser famoso.
¿Y nosotros?
¿Y yo?
Hablamos un poco de la conferencia. Aunque por motivos de trabajo no habíamos escuchado todas las plenarias, pudimos escuchar la primera y la última.
La última, por Tim Keller. Sobre Gálatas 6. Sobre gloriarse en nada excepto en la cruz.
El mensaje había sido de profundo impacto. Justo lo que necesitaba.
Le di una mordida a mi hamburguesa. Entonces vi a Tim Keller, caminando en el aeropuerto.
“¿Es Tim Keller?”, le pregunté a mi esposa.
“¡Parece que sí!”.
En la mochila llevábamos dos libros de él, uno regalado y otro comprado. Inmediatamente pensé en pedirle una firma, pero me ganó la pena. Soy introvertido y no lo puedo evitar. Como siempre, fue mi ayuda idónea la que me convenció de ir, aunque ella fue primero.
No recuerdo exactamente qué le dije, pero mientras mi esposa corría a buscar una pluma, le pregunté si podía tomarme una foto con él.
La respuesta me sorprendió un poco. Digamos que no me lo esperaba.
Con mucha amabilidad me dijo: “Una foto… no. Déjame te digo por qué. Si nos tomamos una foto, pronto habrá una fila de personas que quieren tomarse fotos conmigo, y no soy una estrella de cine. Soy un pastor. Un ministro. ¿Qué te parece si en lugar de eso, platicamos?”.
Con las cejas arqueadas, balbuceé que sí, que claro, que me encantaría.
Y entonces platicamos un poco, mi esposa y yo, mientras nos firmaba los libros. No por mucho tiempo, porque de todas maneras se formó la fila. Así que le dimos las gracias por ser tan amable (¡muy amable!), y nos retiramos.
Y desde entonces no puedo olvidar su respuesta.
No soy una estrella de cine. Soy un pastor. Un ministro.
Este hombre es uno de mis predicadores favoritos. Sus libros me encantan. Ha sido de gran influencia a miles. Pero no tenía el más remoto interés de ser famoso.
¿Y nosotros?
¿Y yo?
En defensa de la predicación expositiva
Desde sus inicios, la iglesia cristiana es un organismo que predica. El fundador, nuestro Señor Jesucristo, era un predicador.1 De la misma manera, los apóstoles siguieron el ejemplo del Señor al proclamar el mensaje del evangelio a lo largo del imperio Romano. Los primeros pastores y teólogos eran predicadores y no solamente apologetas. Sus homilías demuestran un dominio del evangelio y una pasión por diseminar el mensaje para que todos pudieran escucharlo.
De cierta manera, la importancia de la predicación se perdió en la Edad Media con el incremento de la superstición y el sacramentalismo en la iglesia. Pronto, el altar había reemplazado al púlpito casi por completo. Sin embargo, en la providencia de Dios, la Reforma reintrodujo a la iglesia la importancia y supremacía de la predicación.
Hasta el día de hoy, la mayoría de los evangélicos reconocen la importancia de la predicación. Aunque los “gurús” y supuestos expertos del crecimiento eclesiástico han pronunciado ya muchas veces la muerte de la predicación, se asemejan a aquella historia de Pedro y el lobo. Solo que en este caso el lobo nunca llegó. Ni llegará, me atrevería a decir.
Increíblemente, en los últimos años hemos experimentado un interés revitalizado en la predicación bíblica y, específicamente, en la predicación expositiva. Sin embargo, este tipo de predicación no es el común denominador en las iglesias evangélicas.
Mi propósito es argumentar que la predicación expositiva es el tipo de predicación que la iglesia hispana necesita, ya que es la única que toma en serio el texto bíblico. Para hacerlo, primero veamos algunas corrientes de predicación en la iglesia evangélica.
La predicación social
Los liberales europeos y americanos2 pronto se dieron cuenta que al rechazar los milagros de la Biblia, al igual que la historicidad de los eventos redentivos más importantes, incluyendo la creación directa por Dios, la Caída de la humanidad, y la redención solo por la sangre de Jesús, no tenían mucho qué predicar excepto los principios morales que lograban extraer de los “mitos” y sagas que encontraban en la Biblia.
Se dedicaron, entonces, a predicar un evangelio social, en donde el enfoque era traer el reino de Dios a la Tierra. Mucho se ha criticado la teología liberal, al igual que su predicación. Los liberales, quizá sin darse cuenta, al quitarle la autoridad a la Biblia, también se la quitaron a su propia proclamación. Se ha dicho que el gran secreto de la iglesia liberal es que está vaciándose.
Lamentablemente, esta corriente de predicación se ha infiltrado de una manera u otra en las iglesias evangélicas conservadoras. Jóvenes evangélicos influenciados por la devastadora realidad de nuestro mundo han reaccionado en contra un evangelismo centrado en proclamar el mensaje de salvación, y lo han reemplazado por uno centrado en aliviar el dolor y la opresión en el mundo.
Indudablemente hay espacio para debate en el tema. Excelentes libros se han escrito al respecto, incluyendo Justicia generosa de Tim Keller, Christian Mission in the Modern World (Misiones cristianas en el mundo moderno) de John Stott, o desde una perspectiva más tradicional, Cuál es la misión de la iglesia, de DeYoung y Gilbert.
Sin embargo, debemos tener mucho cuidado de abandonar la centralidad del mensaje de la salvación del alma en la obra expiatoria de Jesucristo. Algo podemos aprender de la predicación liberal, y es que no funciona. La razón es sencilla. La predicación del “evangelio social” busca cambiar el mundo con el poder del hombre, en lugar de con el poder de Dios.
La predicación moralista
Esta segunda corriente es similar a la anterior, pero no idéntica. La predicación moralista abunda entre evangélicos. Estos predicadores entienden la realidad de la expiación vicaria de Jesucristo, la importancia de la redención, y la veracidad de la esperanza futura del cristiano. El predicador moralista afirma creer que la salvación es por la fe solamente en Cristo Jesús, y puede afirmar que las obras no tienen mérito para justificarnos.
El problema se encuentra en un énfasis exagerado en actuar, hacer, ejercer, obrar. La predicación moralista busca que sus escuchas vivan de acuerdo a las enseñanzas éticas judeo-cristianas. Se enfocan en los imperativos, pero descuidan la gracia. Estas iglesias forman largas listas de cosas que el cristiano debe o no debe hacer. Esto crea un ambiente de carga y culpa constante al no poder vivir a la altura del estándar expuesto desde el púlpito. Los hermanos se convierten en una especie de Gestapo, con el pastor siendo el Gran Hermano siempre vigilante, listo para dejar caer todo el peso de la Ley sobre el creyente.
La predicación moralista tiene una crítica devastadora, y es que no es diferente a la predicación escuchada en una sinagoga, catedral, o mezquita. Los mismos principios se enseñan, con la diferencia de que “así debemos vivir porque somos cristianos”, en lugar de judíos, católicos, o musulmanes.
Dicho eso, sería lamentable reaccionar en contra de la predicación moralista de tal manera que se evite predicar los imperativos en la Biblia. El pasivismo en la santificación suena espiritual, pero de la misma manera niega la verdad bíblica de esforzarse en la gracia (2 Tim. 2:1). Algunos predicadores continuamente dicen: “Esto es lo que Dios pide de ti (algún imperativo), pero ya que tú no puedes, mira a Cristo quien ya lo hizo por ti y regocíjate. No tienes nada qué hacer”. Indudablemente tener a Cristo en el centro de nuestra predicación ayudará a cumplir la ley moral y los requisitos éticos en la Biblia, pero tengamos cuidado con caer en un pasivismo tal en donde «yo» como persona no tengo absolutamente nada que hacer en mi santificación.
La predicación para entretener
Este tipo de predicación se ha hecho popular gracias al impacto negativo del segundo gran avivamiento, el cual buscaba la respuesta exterior usando métodos de presión y manipulación.3
La predicación que busca entretener es manipuladora. El predicador cree que hay éxito al hacer reír o llorar a la gente con incontables historias de procedencia dudosa. El predicador se convierte en un vendedor, y la predicación es su «pitch» (para usar el lenguaje de ventas). El sermón termina sin falta con algún tipo de llamado, ya sea al altar o a levantar la mano. Algo que sea visible, medible, cuantificable. Algún método para justificar el medio.
El llamado siempre tiene respuesta. La gente es manipulada a recibir a Cristo, entregarse a Cristo, reconfirmar su decisión, vivir en santidad, perdonar al prójimo, consagrarse, o cualquier otra cosa que se le ocurra al predicador en ese momento, todo al son de “Pecador, ven a Cristo Jesús”.
¿Quién no ha estado en reuniones de este carácter? En mi caso, las primeras veces, quizá por ingenuidad, salía de una reunión así contento de ver la poderosa mano de Dios. Pero después de poco uno comienza a sentir la incómoda verdad que quizá no es el Espíritu, sino el carisma del predicador lo que está produciendo los aparentes resultados. Algunos se hastían tanto de esto que rechazan por completo el cristianismo, tachándolo de superficial e hipócrita. Para aquellos que viven un cristianismo superficial, este tipo de predicación es exactamente lo que necesitan. Pueden vivir una vida en pecado abominable, pero siempre y cuando levanten la mano o pasen al frente el domingo, su conciencia se tranquiliza como la de aquel que recibe absolución por parte de un sacerdote.
No todos los predicadores que hacen llamados al altar buscan entretener. Puedo decir con sinceridad que he estado en reuniones en donde la predicación es excelente y termina con algún tipo de llamado, normalmente debido a que esa es una costumbre de la iglesia, o por otros motivos pragmáticos (y no siempre malos). Así que esta no es una crítica a todos en general, sino a algunos en específico.
Sin embargo, todos nosotros necesitamos recordarnos continuamente que el poder no está en la retórica (aunque es bueno tener excelente técnica al hablar), ni en los resultados cuantificables (aunque pueden tener su mérito), sino en la correcta exposición de la palabra de Dios.
Si queremos que el reino se expanda y los creyentes crezcan, será a través de una predicación sólida y bíblica.
La predicación mala
Dijo Spurgeon:
Hay algunos hermanos cuya oratoria es intolerable. […] Nada puede quitarle a sus discursos el poder para hacer a una persona dormir; no hay ser humano, a menos que tenga el don de la paciencia infinita, que pueda escucharlos por mucho tiempo, y la naturaleza les hace un bien al mandarlos a dormir. [...] Si algunos hombres fueran sentenciados a escuchar sus propios sermones, sería un juicio justo sobre ellos, y pronto gritarían como Caín, “Grande es mi castigo para ser soportado” (mi traducción).
Hay predicación que es, simplemente, mala. Con algunos predicadores el problema es que son tediosos. Hablan de manera que es casi inevitable quedarse dormido. Sus charlas son largas, y cuando son cortas parecen largas. Esto se puede evitar usando técnicas de retórica que vemos inclusive en las Sagradas Escrituras, como usar lenguaje imaginativo, ejemplos cotidianos, metáforas, y símiles. En otras ocasiones el problema se encuentra en el poco estudio y preparación del mensaje. A veces por falta de tiempo, o por falta de preparación, el predicador no puede más que ponerse detrás del púlpito con un mensaje sin mucha coherencia. La falta está en el mensajero, no en el mensaje.
De cierta manera debemos excusar a aquellos que no tienen la capacidad por razones intelectuales, o porque no tienen educación teológica formal. Otros están simplemente aprendiendo y necesitan que el tiempo y la práctica refine sus mensajes.
Pero no excusemos a los que, teniendo la capacidad, predican sin coherencia y sin pasión, dándole al pueblo de Dios una comida mal sazonada.
La historia demuestra que la educación teológica no necesariamente produce buenos predicadores. Sin duda, ayuda. Pero al final, la buena predicación viene del hombre que está cautivado por la belleza de la Palabra de Dios, que la escudriña constantemente, y ve su labor como predicador no como un trabajo más, sino como uno sublime y sagrado: el de proclamar al pueblo de Dios la Palabra de Dios.
El pueblo de Dios tiene derecho a escuchar su Palabra. La predicación mediocre abunda, y ya es suficiente. Debemos clamar a Dios para que levante una generación de predicadores fieles.
La predicación expositiva
¿Qué necesita, entonces, la Iglesia? Lo que necesita es escuchar la palabra de Dios sin adulterar. El único método que cumple mejor con este propósito es la predicación expositiva.
La predicación expositiva es, de manera sencilla, una proclamación con autoridad de la Palabra de Dios. Incluye de manera necesaria un mensajero: un hombre calificado que haya pasado tiempo exegetando cuidadosamente el texto bíblico, preparándolo con cuidado para exponerlo delante de los oyentes.
La predicación expositiva es el único método de predicación que toma seriamente el texto bíblico. Se enfoca en sacar el significado original mediante una metodología que busca la exactitud. Esta viene de estudiar cuidadosamente las palabras y frases del texto en su contexto (histórico y gramático), sin olvidar la importancia de tener un robusto sistema teológico de interpretación bíblica.
De esta manera, la interpretación no es relegada a la opinión o sentimientos del predicador, sino que con la guía del Espíritu y el estudio cuidadoso, se llega al significado original y real del texto.
Eso, sin embargo, no es suficiente. No es suficiente estudiar la Biblia. Esta debe ser proclamada. El proceso de la proclamación pública de la Palabra, llamada homilética en los estudios teológicos, es un arte en sí misma. La predicación expositiva no es una cátedra intelectualista de las construcciones genitivas del texto griego. La verdadera predicación es kerusso: proclamar.
La Biblia claramente enseña que la predicación debe ser una proclamación.4 Por lo tanto, la predicación expositiva debe ser un texto bíblico proclamado con coherencia y exactitud, tomando en cuenta sencillas reglas de retórica y sentido común. De nada servirá exponer un pasaje si nadie entiende. Por eso es importante tener coherencia, puntos, transiciones, ilustraciones, etcétera.
Y que no se nos olvide la pasión. Una predicación sin pasión es un oxímoron. Como dijo Martyn Lloyd-Jones, la predicación es “lógica en fuego”. Ambos elementos son indispensables. Los profetas predicaron con pasión, al igual que los apóstoles y nuestro mismo Señor. Dios nos guarde de predicar aburrido.
Conclusión
La iglesia cristiana necesita una nueva reforma. Necesita una generación de bancas inconformes con púlpitos inadecuados. Una multitud de pregoneros sin temor a decir la verdad. No hay otra manera de traer avivamiento. Dios así lo ha establecido. Es a través de su Palabra proclamada.
Hispanoamérica es un desierto. Necesita que la lluvia de la Palabra caiga con fuerza sobre una tierra sedienta.
¿Veremos algo así en nuestro tiempo?
Sí. Creo que sí. Espero que sí. Algo suena a la distancia. Y me parece que es una tormenta.
[1] Mt 4:17, 23; 9:35; 11:1; Mar 1:14, 38–39; Luc 4:18-19; 4:44; 8:1.
[2] Incluyendo famosos liberales como Friedrich Schleiermacher, Adolph Von Harnack, Walter Rauschenbusch, entre otros.
[3] Charles Finney sería el ejemplo perfecto de ello. Él introdujo “nuevas medidas” al cristianismo, incluyendo una fuerte presión manipuladora para obtener una respuesta. Finney negó doctrinas fundamentales, como la sustitución vicaria. Para una discusión extensa (y excelente) del tema, ver Revival and Revivalism de Ian H. Murray.
[4] Mat 3:1; 4:17, 23; 9:35; 10:7, 27; 11:1; 24:14; 26:13; Mar 1:4, 7, 14, 38-39, 45; 3:14; 5:20; 6:12; 7:36; 13:10; 14:9; 16:15, 20; Luc 3:3; 4:18-19, 44; 8:1, 39; 9:2; 12:3; 24:47; Hch8:5; 9:20; 10:37, 42; 15:21; 19:13; 20:25; 28:31; Rm 2:21; 10:8, 14-15; 1 Cor 1:23; 9:27; 15:11-12; 2 Cor 1:19; 4:5; 11:4; Gal 2:2; 5:11; Fil 1:15; Col 1:23; 1 Tes 2:9; 1 Tim 3:16; 2 Tim 4:2; 1 Pe 3:19; Apoc 5:2.
Escrito por Emanuel Elizondo. Publicado originalmente en La Coalición por el Evangelio.
¿Boga mar adentro? Cómo interpretar literalmente
Cuando el joven predicador llegó a este texto, sus ojos se llenaron de lágrimas. Estaba verdaderamente conmovido. Nos dijo: “¡Libros enteros se podrían escribir de este texto!”. Se trataba de Lucas 5:4: “Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar” (RV60). Nos exhortó diciendo que esto era lo que necesitábamos en nuestras vidas: bogar mar adentro con Cristo. Olvidó decirnos el significado de la palabra “boga”, ya que ha caído en desuso, pero la palabra adquirió un significado hermoso, casi místico, que representaba nuestra comunión con Cristo. Una comunión íntima y profunda con Él.1
Aunque no tenía ni 18 años, había algo de la aplicación que me sonaba sospechoso. ¿Era ese el significado del versículo? ¿Me llamaba Cristo a “bogar” para estar cerca de Él?
La importancia de la interpretación
¿De dónde viene la interpretación alegórica en la iglesia? En gran parte se la debemos a Orígenes. Orígenes fue un teólogo que vivió en el siglo 2 y es conocido por su interpretación alegórica de las Escrituras. Una alegoría es “una narrativa que usa figuras y acciones simbólicas para sugerir significados ocultos detrás de las palabras literales del texto”.2 Orígenes —al igual que otros de los Padres de la Iglesia como Justino Mártir, Clemente, Ireneo y Tertuliano3— interpretaba la Biblia usando este método, que tiene sus principios entre los Griegos.4
Es importante notar que no todos los padres de la Iglesia interpretaban de manera alegórica. En los siglos III a V existían dos escuelas principales de interpretación. La alegórica, centrada en la ciudad de Alejandría (en Egipto), y la literal, centrada en Antioquía (en lo que hoy es Turquía). Algunos intérpretes de la escuela de Antioquía son Crisóstomo, Teodoro, y Teófilo.
Las razones por las que la interpretación alegórica triunfó en la iglesia medieval son varias, pero en gran parte se debe a Agustín de Hipona, nacido en África y pastor en el mismo continente, cuya teología, e interpretación alegórica impactaron el mundo teológico antiguo.
A pesar de que los Reformadores rechazaron la interpretación alegórica como demasiado subjetiva, la alegoría se sigue usando y es popular en círculos evangélicos y fundamentales. Estoy convencido que el método histórico-gramático de interpretación y la predicación expositiva ayudan al intérprete bíblico a llegar al significado real del texto. El propósito de la predicación expositiva es predicar el punto del texto. Como nos dice Bryan Chapel, un buen sermón es aquel donde: “El significado del pasaje es el mensaje del sermón”.5 Así que veamos Lucas 5:1-11 para ver cual es el punto del texto, y así poder interpretar correctamente el v.4.
El método de la interpretación
El episodio de “boga mar adentro” sucede en el lago de Genesaret, en el tiempo en donde Cristo es sumamente popular (v.1). El Señor decide enseñar desde una barca,6 pero a veces tenía que retirarse un poco de la orilla ya que la gente le oprimía (e.g., Mar. 3:9), como en esta ocasión. Cristo se sienta en la barca, la cual pertenece a Simón Pedro, y desde allí enseña a la gente (v.2).7
En el v.4 Cristo le manda a Pedro que bogue (ἐπανάγω, aoristo, activo, imperativo) mar adentro y que echen (plural) las redes para pescar. Es importante notar que Cristo está usando una técnica que usa con regularidad: poner una situación o preguntar algo a sus discípulos con el propósito de probarlos.8 Cristo ya sabía lo que Pedro diría: “Maestro,9 hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada”; y sin embargo lo que sigue en su respuesta es impresionante: “pero porque tú lo pides, echaré las redes”. Leon Morris comenta que parece haber una exhortación implícita en las palabra de Pedro, y continúa:
La noche era el mejor tiempo para pescar, y Pedro quizá está sugiriendo que, cuando los expertos, al pescar a la hora indicada, no han pescado nada, no tiene sentido intentarlo cuando lo pide un carpintero. Si así es, entonces la disponibilidad de Pedro a actuar de acuerdo a la sugerencia de Cristo muestra que se ha dado cuenta que Su palabra no debe ser ignorada sin importar el tema.10
Lo que sucede a continuación es increíble: los peces son tantos que las redes se empiezan a romper (v.6) y tienen que pedir ayuda (v.7). Pero la ayuda no era suficiente porque ¡las barcas se hundían! ¿Cuantos peces se necesitan para hundir una barca? Muchos.
La reacción de Pedro en el v.8 es clave y nos ayudará a entender el propósito del pasaje. Hay tres cosas que Pedro hace: ver, caer, y decir. Pedro es testigo del milagro, y esto provoca en él una reacción: caer de rodillas ante Jesús. Esta reacción sin lugar a duda nos transporta a las reacciones de los santos ante Dios. La reacción de Abram, a sus noventa y nueve años, al escuchar la voz de Yahveh cuando se le apareció, fue postrarse y adorar (Gén. 17:3). Job, al reconocer la mano soberana de Dios en la muerte de su familia y pérdida de posesiones, se postró en adoración (Job 1:20-21).
Lo último que Pedro hace es hablar: “¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”. Esto nos recuerda a Isaías, quien al ver la gloria de Yahveh se asustó tanto y estaba tan seguro de su muerte que pronuncia lo que parece un oráculo de maldición sobre sí mismo (Is. 6:5).11 Es importante notar que Pedro ahora se refiere a Cristo como Señor (κύριος) y ya no como maestro (ἐπιστάτης).12 Este es el título usado de Yahveh en la Septuaginta.13 Pedro es un hombre que acaba de ser impactado de tal manera que no puede más que adorar. El v.9 nos revela que la razón por la cual Pedro reacciona de esta manera es que el temor se había apoderado de él y de los demás.
Los discípulos acaban de ser testigos del poder del Mesías, y la reacción de Pedro es ejemplar al postrarse en adoración. Es interesante que aunque el Evangelio de Lucas enfatiza la humanidad de Cristo, aquí vemos inequívocamente su Divinidad.
Los v.10-11 nos muestran el desenlace y el propósito que tenía Cristo desde un principio: mostrar el poder de su Palabra y hacer discípulos. “No temas”, le dice a Pedro, “desde ahora serás pescador de hombres”. La reacción temerosa de Pedro es normal, y la respuesta de Cristo no es un regaño.14
¿Cual es el final? “Dejándolo todo, le siguieron”. Cristo cumple su propósito. Su llamado es irresistible. Lucas enfatiza esta acción para que veamos la manera radical en la que los discípulos respondieron a Cristo.
La aplicación de la interpretación
Esta perícopa sigue la estructura normal del género narrativo. En el Acto I se nos presenta el escenario y los personajes. El escenario es el lago de Genesaret y la barca. Los personajes son Jesús, como quien va a realizar la acción principal; los discípulos, como participantes de la acción; y el gentío, como audiencia. Se nos muestra a Pedro haciendo lo que sabe hacer, en su área de confort, y a Cristo entrando en ella. Al comenzar el Acto II, Jesús le lanza a Pedro un mandato que lo saca de su comodidad: obedecer a un carpintero que le da instrucciones acerca de la pesca. El conflicto comienza con la leve duda de Pedro, pero de todas maneras decide obedecer, y esto nos lleva rumbo al clímax, con Pedro lanzando la red y: ¡Sorpresa! ¡La red se rompe! ¡La ayuda llega! ¡Los barcos se hunden! Y el clímax en sí es Pedro, el hombre fuerte, seguro de sí mismo, de carácter fuerte, cayendo de rodillas en completo temor, admitiendo que está frente a Alguien diferente; no tan solo un ἐπιστάτης (maestro), sino su κύριος (Señor). En el Acto III llegamos al desenlace, en el que Cristo mira a este hombre y con unas breves palabras le cambia la vida no solo a él, sino a los demás discípulos también.
¡Qué pasaje tan hermoso! Al analizarlo nos damos cuenta que el propósito del pasaje es mostrarnos la poderosa palabra del Cristo-Dios,15 a quien vemos cumpliendo la misión de reclutar discípulos para su Reino. Ese es el tema, por el cual corren otros subtemas importantes como la importancia de la fe o la respuesta de los hombres al poder divino de Cristo.
Si predicamos esto, estaremos haciendo justicia al pasaje, al propósito del escritor, y por ende al propósito de Dios al inspirar este texto.
Y esto nos regresa al versículo 4. ¿Por qué dice Cristo estas palabras? ¿Cuál era su mensaje? ¿Cual era el propósito? En lugar de buscar un significado místico, debemos darnos cuenta que la razón es bastante sencilla. La palabra boga quiere decir “dejar la playa para entrar a mar abierto”.16
La razón por la cual Jesús le pide a Pedro que bogue mar adentro es porque no se puede pescar en la orilla. Tenían que adentrarse al mar para echar la red y pescar los peces.17 Así de sencillo.
No está hablando de tener una comunión íntima con Cristo, aunque eso es bueno y cierto. Aunque predicar de la comunión íntima con Cristo basado en Lucas 5:4 puede traer muchas lágrimas, no se compara al poder de predicar lo que el texto, de hecho, dice.
Conclusión
Mirando atrás me doy cuenta que he cometido muchos errores como el de aquel joven predicador del que hablé al inicio. Sin embargo, mi propósito es desafiar a todos los que leemos la Palabra, y en especial a los que la predicamos, a no buscar lágrimas ni amenes, sino buscar ser fieles al texto. Si vienen las lágrimas de manera natural, son bienvenidas. Si se escuchan los amenes, gloria a Dios. Pero nada mejor y nada más emocionante que dejar hablar a Dios en nuestras predicaciones a través de su poderosa Palabra. Así que prediquemos lo que el texto dice, no lo que queremos que diga.
Por Emanuel Elizondo. Este artículo apareció originalmente en: https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/boga-mar-adentro
[1] No estoy diciendo nada en contra del carácter de dicho joven predicador. Estoy seguro que su motivación era la correcta, aunque su hermenéutica no.
[2] David Noel Freedman, ed., “Alegory”, Eerdman’s Dictionary of the Bible (Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 2000), mi trad. De aquí en adelante las citas que traduje serán marcadas con un *.
[3] Ibid.
[4] “La interpretación alegórica puede ser encontrada en los primeros Griegos que leyeron a Homero y otras de las epopeyas como alegorías” Chad Brand, et. all., editors, “Allegory”, Holman Bible Dictionary (Nashville, Tennessee: 2003), 10.*
[5] Christ-Centered Preaching (Grand Rapids: Baker Academic, 2005), 32.*
[7] Aunque hoy en día acostumbramos enseñar de pié, sobre todo desde el púlpito, Cristo enseñó sentado en varias ocasiones (e.g., Mat. 5:1; Jn. 8:2).
[9] La palabra es ἐπιστάτης.
[10] Leon Morris, Luke: An Introduction and Commentary (TNTC 3; Downers Grove: InterVarsity Press, 1988), 133.*
[11] Los oráculos de maldición algunas veces comienzan con la palabra “ay”. El Señor Jesús lo usó varias veces en Mat. 11:21; 23:13-29; Luc. 6:24-26; 10:13; 11:42-52;
[12] “Él [Pedro] ahora usa kurie con el significado de divino Señor así como los apóstoles y luego la iglesia regularmente vinieron a llamar a Jesús. Es verdad, kurios era usado como un simple título de respeto como nuestro ‘mister’ o ‘sir’. Pero ese uso común no aplica aquí debido a las acciones de Pedro y el contraste con ‘hombre pecador’” R.C.H. Lenski, The Interpretation of St. Luke’s Gospel (The Wartburg Press, 1946), 282-83.*
[13] La expresión kurios o theos aparece más de 1,000 veces en la LXX.
[14] De hecho, “Estas palabras tranquilizadoras eran parte frecuente de una teofanía” Robert H. Stein, Luke (NAC 24; Nashville: Broadman Press, 2003), 170.* Stein cita los siguientes pasajes como ejemplo: Luc. 1:13, 30; 2:10; 8:50; 12:32; Hech. 18:9; 27:24. Lenski comenta que cuando el presente imperativo se usa de manera negativa tiene la connotación de que dicha acción no debe continuar (Lenski, 284).
[15] “Este es el propósito del milagro: una demostración ocular del invisible poder y éxito de la Palabra” Lenski, 276.*
[16] ἐπανάγω, BDAG, 358.
[17] Por supuesto, este mandato tiene un significado profundo. Pedro es el experto pescador, y han pasado toda la noche pescando sin éxito. El mandato de Cristo parece casi absurdo. Además, de acuerdo a Lenski, los peces se pescaban mejor no en lo profundo del mar sino en lugares no tan profundos, y no en el día sino en la noche (Lenski, 279). Veamos la traducción de LBLA: “Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar”. Esta traducción más llana ayuda a entender que el significado no es alegórico o místico, sino literal. “Boga mar adentro” suena más lírico, pero significa simplemente: “sal a la parte más profunda”.
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